Shannon Bonatakis Kindred

Son miles. Y Ella es una de las que se suman y se multiplican.

Están entre los 20 y los 40 años de edad y ya no solamente se reúnen cada jueves por la noche, el clásico día que cafeterías, bares y restaurantes dedican a mimar a las mujeres con ofertas de dos tragos por el precio de uno, en especial cocteles.

Es el gancho. Porque el resto es consumo puro. Consumo de café, de té, de alcohol, de trocitos gourmet, de tablitas de quesos y jamones, pero también de ideas, de novedades, de rumores, de chismes, de sorpresas y asombros.

“Ladies night” no es un lugar específico ni es un sitio que se repite.

Es el espacio femenino esencial para mujeres que necesitan decirse cosas que en otra situación y con otras personas jamás lo harían.

Es el espacio para dejar a un lado los prejuicios y las subjetividades y hablar y hablar y hablar y hablar…

Es el espacio para desfogarse, para soñar en voz alta, para expresar esperanzas y frustraciones, para compartir alegrías y penas, para comparar ropas y estilos de moda, para consejos, para estrategias, para diseñar tácticas acerca de la última conquista o para olvidar, definitivamente,  al amor imposible.

Los temas de los que hablan las “Ladies night” dependen de la edad promedio del grupo, pero, casi siempre, son asuntos que, de preferencia, ningún hombre podría o debería escuchar, porque se rompería el encanto del secreto compartido, susurrado, pícaramente revelado.

Escuchan música, por supuesto, pero que combine con los temas de la charla o que se conviertan en la banda sonora de los sentimientos particulares y colectivos.

En un bar de clase media alta es fácil escuchar a los mexicanos Lucía Méndez (“para qué/ me haces llorar,/ que no ves/ que más no puedo”) José José y sus decenas de canciones de amor y desamor, Ana Gabriel y sus himnos, entre ellos el legendario “Simplemente amigos”.

La charla, que suele durar muchas horas, casi hasta la medianoche, puede derivar también en hablar los objetos del deseo: los vestidos, los viajes, los accesorios de belleza, los zapatos, los almacenes que tienen la mejor ropa de temporada.

O también sobre los perfumes, que se detectan justo el momento del saludo. Las amigas tienen un muy particular sentido del olfato y suelen detectar, con inusual facilidad, cuando algunas emanan una nueva fragancia.

Si el grupo gira entre los 30 y los 40 años también es probable que hablen de cirugías plásticas, liposucciones, balanzas, libras ganadas o perdidas, gimnasios, la dieta que está en boga y que (esta sí) da resultado inmediato sin sacrificar demasiado la buena mesa.

Hay cuarentonas que se jactan de sus aventuras con chicos de 20 años o, al revés, veinteañeras que sacan a relucir su orgullo por haber conquistado a un hombre de 40.

“Ladies night” no es un lugar específico, como repiten ellas, y por eso se lo hace no solo en sitios públicos sino en casas, departamentos, suites.

Y lo hacen casi cualquier día de la semana, excepto lunes, porque el jueves, solo el jueves (como era el hábito) ya es insuficiente para tanto que hay que decirse, tanto que hay que compartir, tanto que hay que contarse a voz en cuello.

En restaurantes y bares exóticos, donde cada copa tiene un alto precio y donde el noventa por ciento de las mesas están ocupadas exclusivamente por “Ladies night”, al visitante le parecería mirar un capítulo de la famosa serie televisiva “Sex and the city”.

Porque hay tipos de mujeres. Las reinas. Las súbditas. Las líderes. Las depres. Las liberadas. Las autosuficientes. Las recientemente abandonadas. Las que no quieren saber nada de compromisos. Las que de pronto se encuentran en la soledad más abrumadora. Las que reniegan de su pasado. Las que viven un presente monótono. Las que odian a los hombres. Las que esperan un futuro, cualquier futuro que sane las heridas de cualquier presente.

Algunas son irreverentes. Les importa un rábano la moral, la ética, la prudencia, la discreción, los convencionalismos, el qué diran.

Son casadas, divorciadas, viudas o solteras militantes. Dicen que les gusta el sexo sin ataduras, sin el tradicional “cuándo nos volvemos a ver”.

Están orgullosas de que nunca “hacen el amor”, sino que, simplemente, tienen sexo: conquistan, logran su objetivo y nunca regresan. En su lenguaje, la filosofía sagrada es “picaflorear”.

Algunas, porque les cuesta aceptarlo, dicen en voz alta que jamás permitirían que un hombre les quite su libertad, pero sufren en silencio su soledad.

Mireya J., casada con un francés, tiene dos hijos adolescentes. Ella parece feliz, lo tiene todo (dinero, lujo, comodidades) pero se siente vacía: va a los “Ladies night” porque ya tiene cincuenta años y tiene terror a la vejez. Y por eso se desfoga con cualquier hombre coyuntural.

“Son vaciles nomás, loca”, le dice, mientras brinda una copa de vino a la amiga que le pregunta por qué no volvió a ver a su última conquista y por qué no es sincera con el esposo.

Las hay de aquellas que sienten un deseo terrible de tener pareja y lloran cuando se toman un trago. Sus sabores y combinaciones favoritas en cocteles son Cosmopolitan, Medias de Seda, Margaritas, Tequila, Bailys…

Si no toman alcohol, al menos beben jugos cítricos con granadina, lo más parecido al sabor de los licores. El ritual siempre tiene que ver con la bebida. Sea lo que fuera.

Están las competitivas, aquellas que a pesar de que están conscientes de que se reúnen con sus amigas más queridas, no dejan de compararse: no se visten para ellas ni para sentirse bien con ellas mismas, sino para alardear frente a sus amigas de la calidad de ropa que usan (los mejores zapatos, la blusa más fina, el blue jean más “nice”.).

¿Y los celulares? Ocurre algo mágico: casi ninguna los usa en las reuniones, porque en el espacio donde se encuentran los temas son tan importantes o interesantes que no hay tiempo para distrarse con chatear, revisar el twitter o “whatsappear”.

¿Quién podría perderse el último rumor sobre el jefe, sobre la oficina, sobre la nueva pareja en el trabajo, sobre los extraños vecinos, sobre la secretaria que huyó con el gerente?

Si están en un sitio donde hay personas extrañas en otra mesa o ambiente, por supuesto que hablarán de alguno de esas personas.

Las observarán con atención, con agudeza, con suspicacia, con ganas de liberarse de todas las vergüenzas y abordar, ese mismo momento, a quien les atraiga.

Mariela G. tiene 32 años y es soltera. Arma las conversaciones casi siempre sobre el tema de los “cachos” que les ponen los hombres o de la escasez, cada vez más dramática según ella, de hombres sinceros, tranquilos, caballerosos.

Pero una de ellas le hace notar que las propias mujeres, en muchas ocasiones, se ponen una máscara de independientes o liberales y ahuyentan a los hombres.

Y ahí están la gordita, la chiquita, la flaquita, la cholita, la blanquita. La elegante, la hippie, la informal, la sobria, la fuera de tono.

Cas no mezcladas, porque para pertenecer a un grupo “ladies nigth” deben tener algo en común: secretarias, vecinas, relacionistas públicas, marqueteras, excompañeras del colegio o universidad, funcionarias estatales, publicistas, ejecutivas privadas, visitadoras a médicos.

Pero todo cambia, al menos por unos días, cuando llega una noche que Ella ya no va al encuentro sin advertencia previa.

Habrá decidido cambiar de rumbo, conocer a una persona buena, estabilizarse, encontrar el reposo espiritual, quizás tener un familia.

Es el momento en que quedan atrás los chismes, las bromas de doble sentido, las largas conversaciones y dudas, los amores de barra.

Para Ella, quizás ahora sí, ha terminado definitivamente el picafloreo.

Y el “ladies night” pasa a ser su nostalgia esencial gracias a la cual aprendió a enfrentarse a ella misma.

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Shannon Botanakis, Kindred

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