Zhang Linhai

Arrogantes y obnubilados, cuando atraviesan graves conflictos internos los directivos de las empresas llegan a concluir que el problema no son ellos, es decir su estructura, su visión de la compañía, su responsabilidad social, el trato de que les dan a los empleados, la poca perspectiva en función de sus objetivos y la nula visión de su futuro.

Por el contrario, y gracias a la habilidad del gerente general deTalento Humano y los cientos de manuales que circulan por ahí (“Diez lecciones para convertir a la empresa en un templo del trabajo”, “Cinco formas seguras de hacerles poner la camiseta”) , los defraudados empresarios –no con cierta profunda pena en su bolsillo- dicen sí y aplauden al gerente cuando este concluye que el único problema es que “el personal está desmotivado”.

Claro que antes de que digan sí y aplaudan, el gerente de Talento Humano ha tenido que­ realizar una exhibición, en power point o prezi, acerca de cuáles son los principales indicativos del malestar generalizado y de los chismes de pasillo entre los empleados.

¿Malestar por los salarios? No, imposible. Ja, ja, ja, ríe el Patriarca. Esta es una de las empresas que en el país paga los mejores sueldos a sus colaboradores, dice (aunque no dice que los millonarios ingresos que recibe le permitirían remunerar muchísimo mejor).

¿Impuntualidad en el pago? Ja, ja, ja, ríe el Patriarca. Si algún día nos hemos atrasado 96 horas, máximo, ha sido porque la ayudante del gerente de Talento Humano, experta en roles, no tuvo el talento (humano) de armar a tiempo los listados con las respectivas multas y sanciones económicas a la mayoría de empleados.

¿Olvido en cancelar las horas extras? J,a ja, ja, ríe el Patriarca. De ninguna manera. El tradicional reglamento de la empresa aclara que se cancelan todas las horas extras siempre y cuando el Patriarca obligue explícitamente a los empleados a quedarse haciendo otro tipo de tareas que no le atañen.

¿Recarga de trabajo diario? Ja, ja, ja, ríe el Patriarca. Si la empresa le pide al empleado que haga la labor del colega que está de vacaciones o de quien dejó una vacante que no se llenará nunca más, lo que está haciendo en realidad es darle a ese empleado la posibilidad de que se capacite en segmentos laborales que él no domina y que, algún día, sea fuera o dentro de la empresa, le servirán de mucho.

¿Malos tratos o mala vibra del jefe? Ja, ja, ja, dice el Patriarca. En esta empresa se hace honor a la meritocracia y, por tanto, quien llega a ocupar una jefatura pasa por rigurosos exámenes patológicos, peripatéticos, bipolares, paranoiquicos, psicológicos, psicóticos y psiquiátricos, además de someterse a un polígrafo sobre su lealtad con el Patriarca y a exámenes de cálculo elemental.

Y entonces llegan los aplausos del Patriarca y los directivos al gerente general de Talento Humano.

Descartada la penosa coyuntura de que las empresas, el Patriarca o los directivos tengan la mínima culpa en torno al pésimo clima laboral que se vive allí, no falta el ejecutivo protector, quien, para evitar la desesperación de que al gerente general de Talento Humano le pregunten “si nosotros no tenemos la culpa, ¿qué podemos hacer con esta pobre gente?”, propone la idea más genial que se haya escuchado durante el medio siglo que ha cumplido la empresa:

-¡¡¡¡¡Un curso de motivación!!!!!

La intensidad de los aplausos que recibe el gerente de Talento Humano se duplica, como se duplicarán los bonos que le pagan por debajo.

Pero, claro, dirá el Patriarca, ¿cómo no se nos ocurrió antes?

Los directivos, entonces, integran una comisión bipartita, integrada por el Patriarca y el gerente general de Talento Humano, para que ellos presenten, en la reunión del próximo lunes, tres nombres de posibles motivadores.

Cuando llega la sesión anunciada, la comisión bipartita pone sobre la mesa los tres candidatos:

Juan. Mountain climber. Experto en llegar a las más altas cumbres, aunque sea en helicóptero, pero llega.

Gervasio. Chess Player. Experto en perder partidas que ya las tiene controladas, pero que para no sentirse prepotente prefiere dejarse ganar.

Antonio. Puenting man. Experto en amarrarse a los parantes de hierro de un puente, sea urbano o rural, colocarse sobre los ojos una cinta negra y gruesa que no le permite ver nada, lanzarse al vacío y llegar al objetivo.

El Patriarca, los empresarios, los directivos y el gerente general de Talento Humano resuelven sin dudarlo: Antonio será el motivador de todos los trabajadores y empleados de la compañía (excluidos los directivos que, por supuesto, no le necesitan).

Antonio representa, para ellos, la esencia de la misión y la visión de la empresa, una empresa que desde hace muchos años se ha puesto una cinta negra, muy negra sobre los ojos, que no ve nada y que se lanza al vacío sin medir las consecuencias pero que, prevalido de una intuición metafísica-laboral, llega al lugar exacto donde se propone llegar.

Sííííííí, corean todos. De hoy en adelante, todo aquel que trabaje en la compañía o que pretenda entrar a ella deberá compartir esta filosofía.

Así, la próxima vez que se detecte un mal clima laboral o rumores de pasillo contra la empresa, o si las ganancias anuales o las utilidades o las acciones en la bolsa de valores continúan siendo negativas, ningún empleado o trabajador podrá culpar por las malas cifras al Patriarca o a los accionistas.

Será, a partir de los cursos de motivación de Antonio, una responsabilidad plenamente solidaria de unos y otros y todos recibirán lo que les corresponda, o sea, bastantísimo para los accionistas y poquísimo para los trabajadores..

Será, además, una innovación digna de pasar a la historia, pues, por primera vez, el trabajador y el empleado compartirán plenamente la ceguera de sus directivos y, al igual que ellos, se lanzarán al vacío sin saber que Antonio logra su objetivo solo porque en su traje aerodinámico lleva un GPS secreto, de altísima precisión.

____________________________

Ilustración de Zhang Linhai