Pinochet y Kissinger

Cuando hablan de dos figuras en los sucesos del 11 de septiembre de 1973, los medios omiten (¿a propósito?) a un hombre clave en el golpe militar fascista en Chile.

Y este hombre no se llama Allende ni se llama Pinochet.

La prensa menciona al presidente socialista Salvador Allende, un símbolo de coherencia en su pensamiento radicalmente socialista y radicalmente democrático.

Y menciona al general del ejército Augusto Pinochet, un símbolo de coherencia en su pensamiento radicalmente ultraderechista y radicalmente antidemocrático.

Pero esa no es toda la verdad, porque hay otro personaje absolutamente clave en el proceso que concluyó con la trágica muerte de Allende y la recuperación del poder por parte de la extrema derecha.

De ese tercer hombre vamos a hablar, aunque los medios tradicionales argumenten que solo se menciona simbólicamente a los dos como máximos representantes de dos tendencias ideológicas y políticas que colisionaron de frente y que dejaron miles de muertos, desaparecidos, exiliados, torturados, presos.

Una colisión que dejó, además, un abismo mucho más profundo entre poquísimos ricos y poderosos y millones de pobres y desamparados.

Según publica la agencia DPA en Diario El Comercio, Chile es ahora “un país donde el 1 por ciento más rico acapara un tercio de los ingresos”.

Ese es el resultado de un proceso que comenzó hace cuarenta años, cuando una perversa campaña de desestabilización de la derecha y los militares chilenos, en el sur, y la CIA y la Casa Blanca, en el norte, decidió asaltar el poder.

Cuatro décadas después, nadie podría creer que todo lo que ocurrió en el último año de Allende (escasez de alimentos, huelgas de camioneros, aislamiento internacional) fue casual.

“No cabía el error (…), teníamos que librar a la patria del caos de Allende y del cáncer marxista”, diría años más tarde el cruel general Pinochet, según un reportaje de la periodista Paulina Abramovich, de la agencia de noticias AFP.

Y por ahí, silenciosamente, merodeaba aquel tercer hombre que al final de esta historia aparecerá.

Un Chile que quiere toda la verdad se alza ahora, justamente cuando se conmemoran los 40 años del horrendo crimen social que cometieron el pinochetismo, la derecha y el gobierno de Estados Unidos.

Sebastián Piñera, el mismísimo mandatario conservador y uno de los grandes magnates de su país, denunció este fin de semana –según cita de EFE en diario El Telégrafo- que “el poder judicial y los medios de comunicación no hicieron nada para frenar las atrocidades ocurridas en el régimen de Pinochet”.

Según la nota, la Asociación de Magistrados de Chile pidió perdón “por sus acciones y omisiones” y la Corte Suprema admitió que “no hizo lo suficiente en la dictadura”.

Pero los medios chilenos, al menos hasta ahora, no han dicho nada. Ni han pedido perdón. No han admitido que jugaron un rol clave al crear el ambiente para derrocar a Allende. Tampoco han reconocido las venias que hacían al poder de Pinochet (a quien solían llamarlo “Su Excelencia” o “S.E.”) mientras cometían graves omisiones y silencios durante las innumerables violaciones a los derechos humanos.

De esa prensa destaca ese tercer personaje o esa tercera figura que muchos medios, de ese país e internacionales, no quieren señalar.

Y es entonces cuando tenemos que acudir al fichero del documental El diario de Agustín http://www.youtube.com/watch?v=Wvo0939_bSc, del director chileno Ignacio Agüero.

Según Wikipedia, El diario de Agustín “indaga la línea editorial de El Mercurio S.A.P., de propiedad de Agustín Edwards Eastman, que produce los diarios El Mercurio, La Segunda, y Las Últimas Noticias. Agüero plantea en su filme que Edwards y a sus periódicos manipulan deliberadamente información, en connivencia con los aparatos represivos de la dictadura militar chilena (1973-1990)…

“El documental se centra en el papel de El Mercurio en los últimos 30 años de la historia de Chile, incluyendo la Reforma agraria y la Reforma Universitaria en la Universidad Católica de Chile, ocurridas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, la oposición al gobierno de Salvador Allende, la colaboración con la dictadura de Augusto Pinochet y la postura hasta la llegada de la democracia en Chile.

“El filme se basa en el trabajo realizado por seis egresados de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, quienes realizan sus investigaciones de tesis de titulación sobre El Mercurio y las violaciones a los Derechos Humanos, trabajo que fue posible gracias al financiamiento de la Fundación Ford. Agüero documentó audiovisualmente durante más de un año el proceso de investigación de los jóvenes, asistiendo a entrevistas y recurriendo a material de archivo.

“La compilación de las investigaciones escritas dieron origen al libro El diario de Agustín: Cinco estudios de casos sobre El Mercurio y los derechos humanos (1973-1990), publicado por LOM Ediciones, en donde se recogen testimonios de más de cien entrevistados, entre ellos altos ejecutivos y editores actuales y pasados del diario El Mercurio, así como miembros de su consejo editorial, periodistas, abogados de derechos humanos y sacerdotes que participaron activamente en la Vicaría de la Solidaridad, exasesores del régimen militar, entre otros.

“La mayoría entregó su testimonio on the record, es decir, dando su nombre. Se trata del primer intento por indagar en profundidad el rol, por acción y omisión, de El Mercurio en la cobertura de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet.

“El lanzamiento del libro, realizado en la Casa Central de la Universidad de Chile, fue cubierto por El Mercurio y otros medios. Al día siguiente, el diario publicó una nota sobre el evento, con una redacción de estilo irónico y distante.

“El estreno de la película El diario de Agustín se realizó en 2008, en el marco de la apertura del Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS) en la Universidad Católica de Chile, en un hecho que no estuvo exento de críticas.

“En mayo de 2010 los derechos de exhibición de El diario de Agustín fueron adquiridos por el canal estatal Televisión Nacional de Chile (TVN), los cuales caducaron el 31 de mayo de 2013, y hasta esa fecha el canal nunca transmitió el documental, lo que fue calificado como un atentado a la libertad de expresión.

“Idéntica situación ocurrió con el canal de televisión por cable ARTV, lo que provocó la renuncia de la directora de la estación en 2013, Natalia Arcos, quien acusó censura”.

El presidente Salvador Allende no solamente fue víctima de la ultraderecha y los militares chilenos.

No solamente fue víctima de la CIA y de la conspiración de los grandes intereses económicos estadounidenses.

Fue víctima, también, de ese hombre al que tantos medios y periodistas latinoamericanos rinden culto y veneran y lo ponen como ejemplo en los fastuosos eventos de los grandes gremios de empresarios periodísticos.

Se llama Agustín Edwards, director de Diario El Mercurio, acusado por ex militantes del tenebroso grupo Patria y Libertad de que fue agente de la CIA e inculpado en el documental El Diario de Agustín de que recibió ayuda financiera “especial” del gobierno norteamericano para sostener su periódico mientras esperaba (¿planeaba?), en Washington, la caída de Allende, junto al secretario de Estado, Henry Kissinger, curiosamente nombrado Premio Nobel de la Paz semanas después del sangriento atentado a la democracia chilena.

Por eso, a los periodistas nos corresponde no olvidar el nombre de Edwards y recordar siempre cuál fue su papel.

Que la desmemoria cómplice la cometan, la sigan cometiendo, quienes en nuestros países latinoamericanos han desempeñado y siguen desempeñando el mismo rol de Edwards.

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Imagen tomada de http://www.verdadahora.cl