hinchas tristes

No deseo que clasifique la selección al Mundial de Fútbol porque con ese poco probable “histórico triunfo” vendrán las mentiras que nosotros mismos solemos decirnos.

Vendrán  las absurdas mitologías desbordadas por cierto periodismo que, en su euforia y desde sus propios intereses, pretenderá hacernos creer que hemos arribado a los confines de la gloria, que hemos llegado al cielo y que, a partir de ese momento, nuestro país será mucho mejor porque estará “entre los más grandes del mundo”.

Pero, ¿entre los más grandes de qué?

¿De un simple campeonato de quienes mejor mueven la pelota?

¿De la maldición de “jugar como nunca y perder como siempre”?

¿De una esperanza hueca que nos tiene calculando a quién debe ganar la Tri, con quién debe empatar, con quién no puede perder, con quién debe perder, a quién más debe ganar para que la Tri no pierda?

¿De un fenómeno de masas que suele distraernos de la realidad?

Perdónenme por ser aguafiestas, pero me parece demasiado patético que al día siguiente del encuentro con Bolivia, en La Paz, una especie de absurdo luto recorriera las calles con gente triste y derrotada por un partido de fútbol “que no cuajó” (así escuché decir a un taxista indignado).

Hay que ser claros, muy claros: el fin de la pobreza o de la inequidad económica y la llegada del progreso a una nación no tienen nada que ver con un balón de fútbol.

No tienen nada que ver con pasar a la siguiente fase o, peor, ganar un campeonato mundial.

¿No se han puesto a pensar que si así fuera, Brasil, el tetracampeón, sería el país más avanzado del mundo, el país con menos pobreza, el país con mayor igualdad socioeconómica, el país sin racismo ni discriminaciones?

Y no lo es, como muestra la crisis en que está sumido hace rato y como expresaron las multitudinarias protestas de hace dos meses que pusieron en jaque a la presidenta Dilma.

El pueblo brasileño, cuatro veces rey del fútbol universal, salió a las calles masivamente para desnudar todas las miserias y desigualdades en que viven millones de ciudadanos de esa nación.

Raúl Ochoa, catedrático universitario, explicó al diario La Nación de Buenos Aires que se trata de la combinación de “factores estructurales que pegan fuerte y de los efectos de tanto tiempo con un tipo de cambio apreciado”.

“Las medidas para impulsar la industrialización no fueron suficientes. Ahora, con un tipo de cambio a 2,25 están un poco mejor, pero entre 2006 y 2011, cuando llegó a 1,56, hizo cambiar la lógica de los empresarios industriales. Esa situación le dio aire a que las empresas brasileñas se transformaran en trasnacionales: pasaron a producir y comercializar en el exterior. Al mismo tiempo, con la incorporación de más gente a la nueva clase media, el consumo siguió creciendo y se volvió más sofisticado, y si no tiene respuesta del lado local, lo buscan en productos extranjeros. Eso se aprecia claramente en la balanza: en 2012, Brasil tuvo un déficit en servicios de US$ 40.000 millones”.

Ochoa agrega que la infraestructura es otro de los grandes problemas que tiene Brasil. “Sigue siendo un trastorno sacar la cosecha y eso no tiene arreglo a corto plazo. Hay un atraso significativo. La infraestructura es un problema en sentido amplio, porque al costo del transporte público se suman los problemas en salud y educación, que son fuertemente elitistas. Aún las universidades públicas son pagas y muy caras (…)”.

Y otro ejemplo: España, actual campeón mundial de fútbol.

Lo que ocurre en el país ibérico choca con la lógica simbólica de los amargados hinchas ecuatorianos que han depositado toda su fe en la presunta importancia de clasificar al Mundial 2014, lograr el máximo cetro y ser un pueblo más feliz…

Si un campeonato mundial tuviera algo que ver con el bienestar colectivo, con el buen vivir, España estaría en su mejor momento económico, con su industria y comercio boyantes, con altísimas cifras de empleo, con bajísimas cifras de corrupción, pero en la realidad ocurre, precisamente, todo lo contrario.

Las masivas protestas callejeras, primero, y el exilio voluntario, después, de millones de profesionales jóvenes a América Latina, están desarticulando las bases estructurales de ese país.

Es decir, el campeón mundial de fútbol es ahora el último de la fila en los rubros que más interesan al ciudadano común respecto de su paz y estabilidad.

Según un estudio del colectivo español IOE, “la crisis de los últimos años presenta efectos paradójicos desde el punto de vista social: por un lado, ha provocado una fuerte destrucción de empleo, con sus efectos colaterales de pobreza y pesimismo político y económico; por otro, el decrecimiento forzoso derivado de la recesión ha puesto freno al deterioro de algunos indicadores ambientales. El pinchazo de las burbujas inmobiliaria y financiera ha supuesto, en un primer momento, una revalorización relativa de las rentas salariales y del acceso a la vivienda, pero son varios los indicadores que apuntan a una salida regresiva de la crisis, con más desigualdad social y políticas sociales menguantes”.

Así que, volviendo al Ecuador, pongamos los pies en tierra y no nos amarguemos con los mediocres resultados que está obteniendo la Tricolor en el último tramo de las eliminatorias ni suframos insomnios con la calculadora debajo de la almohada.

No vamos a ser mejores ecuatorianos porque ganemos o perdamos un partido o porque lleguemos a un Mundial de Fútbol (total, ya hemos estado dos veces y nos ha ido mal. ¿No les parece suficiente?)

Seremos mejores ecuatorianos cuando entendamos que la identidad nacional no se mide en goles ni en clasificaciones, sino cuando seamos capaces de sumarnos, decididamente, a luchar, con la camiseta amarilla puesta en el alma, por un país igualitario, por un país justo, por un país equitativo, por un país donde existir sea un premio cotidiano y no una diaria maldición.

¿Cuánto hacemos por lograr estos objetivos una vez que terminan los partidos, una vez que termina el fanatismo futbolero, una vez que despertamos del chuchaqui premundialista, una vez que dejamos en paz la calculadora y la tabla de posiciones y el calendario?

¿Acaso la alegría del pueblo se mide en goles y en puntos?  No. Se mide en sus grandes conquistas por la salud, la educación, el empleo, la estabilidad emocional individual y familiar, la esperanza de contribuir a mejorar las condiciones del país.

¿En cuánto estamos aportando cada día, desde nuestra voluntad y nuestra conciencia social, desde nuestros deberes y derechos ciudadanos, desde nuestra crítica constructiva, desde nuestro rigor personal, para sumarnos a la construcción de un país campeón de la dignidad, de una gran nación que nos enorgullezca más allá, mucho más allá, de una simple clasificación a un torneo mundial de fútbol?

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