BP BP 2

Por Rubén Darío Buitrón

En la última semana de mayo de 2010, la chef Susan Spicer no pudo más.

Su famoso restaurante de mariscos empezó a perder clientes y ella tomó una decisión extrema.

Spicer, una estadounidense de 56 años, es propietaria del restaurante Bayona.

El lugar, ubicado en el histórico barrio French Quarter, del sector más antiguo de Nueva Orleans, ya no puede ofrecer, como lo hacía siempre, lo mejor de su cocina tradicional.

“Ya no hay peces, ostras ni camarones”, dice la chef.

Y por eso no pudo más: al quedarse sin la materia prima de su trabajo decidió poner una demanda legal contra la plataforma Deepwater Horizon , propiedad de Transocean y alquilada a British Petroleum (BP).

Las dos empresas tienen responsabilidad directa en la catástrofe del 20 de abril del 2010, cuando estalló una torre de perforación petrolera marina en el golfo de México.

Desde esa fecha, cada 24 horas se vierten sobre el mar unos 60 000 barriles de crudo, la quinta parte de lo que el Ecuador producía diariamente en ese año.

Por las desoladas playas de Grand Isle, a dos horas de Nueva Orleans, Kirk Cheramie, líder de la nación Houma (un pueblo ancestral asentado en Louisiana antes de la conquista del oeste), confiesa preocupado: “Hay mucho petróleo regado en la bahía”.

Dean Bonano, jefe de seguridad de la zona, admite que la situación es deprimente: “Todo lo que va más allá de las salchichas está contaminado”. Bonano dice algo muy grave, porque las salchichas (tuberías móviles de tela y plástico que sirven de barreras para evitar la propagación del crudo) se extienden por toda la playa y detrás de ellas están el mar, la fauna, la flora, el turismo, la pesca…

En el Louisiana Universities Marine Consortium (LUMCON), un centro de investigaciones marinas financiado por las tres principales universidades del estado de Louisiana, el científico Alex Kolker recibe cada día a decenas de colegas que llegan de otros estados y países.

Todos ellos quieren conocer de cerca los resultados de las investigaciones sobre el impacto del derrame petrolero, pero Kolker aún no tiene respuestas.

Vestido con una camiseta sencilla, un jean y sandalias, el investigador, de 49 años, responde con amabilidad, pero con firmeza: “No soy perito en asuntos energéticos y no puedo opinar sobre lo que no tengo mayores certezas”.

Explica, sin embargo, que la destrucción de los ecosistemas en el mundo siempre tiene que ver con razones humanas.

Mostrando un mapa de Louisiana, donde existen grandes extensiones de pantano, explica que la producción petroquímica impide que se formen sedimentos.

Esto, a su vez, hace que se hunda lo que fue tierra firme.

En una presentación en power point, Kolker muestra resultados de sus primeros estudios, siempre con su actitud prudente: “Lo único que puedo asegurar hasta ahora -dice midiendo cada palabra- es que los equipos de científicos que están investigando el caso ya advierten que un primer efecto nefasto podría ser la extinción de las ostras, cangrejos, peces y camarones”.

Si se escucha con atención a los especialistas, las preocupaciones de la chef Susan Spicer y del mesero Abraham García parecen tener sustento. Tan es así que la propia BP, sobre la cual se han disparado todas las críticas por la catástrofe ecológica, busca, como parte de sus planes de remediación ambiental, expertos en rescate y transporte de animales silvestres, profesionales que conozcan del cuidado de aves, especialistas en plantas acuáticas…

Kirk Cheramie, el líder Houma, agradece al doctor Kolker y sale del edificio del LUMCON con tristeza y dolor.

Afuera llueve. Son los rezagos del huracán Alex, que ha devuelto a las playas la contaminación que se había limpiado.

El derrame, hasta ahora, es de 3,5 millones de barriles. Mientras los encargados de la limpieza prevén terminar su trabajo en seis semanas, la mancha aceitosa sigue expandiéndose. Y nadie puede predecir hasta dónde llegará. Ni hasta cuándo…

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‘En la Amazonía fuimos víctimas de algo similar’

Desde hace 25 años el petróleo es parte de la vida del líder cofán Hermenegildo Criollo. Él, motorista de botes sobre los ríos orientales, es el líder de la comunidad cofán, asentada en la Amazonía.

Criollo llegó a Nueva Orleans para contactar con pueblos ancestrales y pescadores que viven en los márgenes del norte del golfo de México.

Estos pueblos sufren, desde hace 85 días, los devastadores efectos del derrame petrolero que perjudica extensiones aún no determinadas del litoral de Louisiana.

Él lleva 19 años como miembro de la Asociación de Afectados por la Chevron-Texaco, una agrupación que mantiene un juicio contra esa empresa que trabajó tres décadas en la Amazonía.

La Asociación exige que se paguen los daños a la salud humana y a la naturaleza, provocados presuntamente por la desprolijidad en la explotación petrolera.

Criollo, de 55 años, tiene cuatro hijos (una mujer y tres hombres) y 19 nietos.

Todos viven en la comunidad de Dureno y hablan la lengua nativa cofán: el A’ingae.

Una periodista le pregunta los motivos de su viaje a Estados Unidos. Él  responde que ha venido para informarse del impacto del derrame.

Y precisa que se trata de un problema que conoce muy bien porque su comunidad ha sido víctima directa de algo parecido.

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Desolados paisajes humanos

Es miércoles al mediodía y volvemos a la ardiente Nueva Orleans desde la zona del derrame petrolero provocado por la explosión de una plataforma de exploración en el Golfo de México.

En el pequeño auto vamos tres periodistas.

Al volante está Dominic Howes, un estadounidense de 35 años que vive en Minneapolis. Dominic conduce bajo la implacable tormenta Alex, que ha dejado una decena de muertos a su paso por Centroamérica y se acerca a la costa de Louisiana.

A su lado va Han Shan. Tiene 43 años y vive en Nueva York. Él produce un documental sobre lo que llama la peor tragedia ambiental en la historia de Estados Unidos.

Mientras cruzamos el puente sobre el río Misisipi conversamos sobre el poco tiempo que queda para dormir.

Dominic trabaja hasta la madrugada en su video y Han repasa los segmentos de su documental. Luego suben la producción del día a sus blogs y la cuelgan en Youtube.

Los tres compartimos la habitación de una casa antigua en French Quarter, un tradicional barrio de Nueva Orleans.

El cuarto no tiene aire acondicionado, teléfono, conexión “wireless”, televisión por cable ni baño privado.

En él hay seis camas y las restantes ocupan los dirigentes amazónicos Luis Yantza, Humberto Piaguaje y Hermenegildo Criollo.

Ellos vinieron a compartir sus experiencias como afectados por la destrucción que dejó la petrolera Texaco-Chevron en el oriente ecuatoriano.

Entre nosotros los idiomas se mezclan.

Inglés y español fluyen como si fuera posible (y aquí lo es) que uno entienda al otro sin hablar su lengua.

“Es que todos sentimos lo mismo”, exclama Hermenegildo, jefe cofán. Compartimos vivencias, impresiones e información. Recordamos las incomodidades del bote pesquero y los largos trayectos en bus.

Son los paisajes humanos que no aparecen en las series de televisión o vemos pocas veces en las películas.

“Son pueblos originarios que existen a espaldas de una sociedad atrapada en su propio vértigo”, dice Kirk Cheramie, de la nacionalidad Houma.

Entre nosotros hablamos del dolor que causa ser testigos de una catástrofe ecológica (cada día, y ya van 75, se extiende la mancha petrolera y mata cangrejos, tortugas, ostras, peces, camarones, toda la riqueza ictiológica de la zona donde habitan pueblitos de pescadores de origen ancestral).

Por las mañanas preparamos algo en la cocina, comemos frutas, hacemos jugo y café.

En el improvisado desayuno armamos la agenda del día con la incertidumbre de cuáles serán los efectos de la tormenta, sin saber a qué hora podremos volver y qué otros dolorosos testimonios escucharemos en la zona del derrame.

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