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Vi en la pantalla de mi celular un número desconocido. Un simple número. ¿Respondo o no?

La intuición esta vez funcionó. Una voz femenina, claramente de tierras azuayas, se identificó: es Brígida Sanmartín, de diario El Mercurio, de Cuenca.

Un poco fría, en principio, me comunicó que uno de sus editores le había encargado que hiciera la entrevista al autor de un libro que ese momento había llegado a manos de Brígida: “Batallas personales”, de Rubén Darío Buitrón.

A usted solo lo conozco por fotos, me dirá mucho después.

El día de la llamada acordamos que me telefonearía en una semana, aunque se demoró algunos días más.

Luego entendí por qué: como periodista responsable, había decidido leer todo el libro y con sumo cuidado.

Quería hacer una muy buena nota.

Y solo así se hace una buena nota sobre un libro, leyéndolo con sumo cuidado, subrayando las cosas sobresalientes,  observando sus matices, dejándose llevar por sus ritmos, tachando frases innecesarias, cuestionando párrafos que pudieron ser mejores (o peores) .

Finalmente, cinco días antes de su publicación, la misma voz dura, de reportera cuajada en el oficio, volvió a llamarme. Esta vez yo sabía que era ella porque ya había puesto el nombre a su contacto.

Yo rogaba para que la entrevista saliera un domingo, porque El Mercurio tiene miles de lectores ese día, más que el promedio usual de lunes a sábado, y porque si sus editores habían tenido la generosidad de decidir tomar en cuenta al libro, lo ideal era que saliese en el mejor espacio posible.

Mi idea tenía y tiene un fundamento, producto de mi propia experiencia: si la prensa no para bola a un libro, a una obra de arte, a un ciudadano que hace cosas distintas, a cualquier persona que lucha por su vocación, simplemente esa obra no existe, simplemente esa persona queda invisible, simplemente en las librerías famosas tu libro pasa casi directo a la bodega.

Brígida leyó, se preparó y se lanzó. Le dieron un espacio de 3.000 caracteres, un poco chiquito para conversar más, pero le dieron el domingo 27 y ella se lo tomó muy en serio.

Así fue cómo aparecí en el espacio dedicado a la entrevista sobre temas de Cultura.

Y así fue cómo Brígida, quien en nuestras conversaciones telefónicas y cibernéticas me ha mostrado humildad y tesón para ejercer el oficio, puso en escena una entrevista en la que ella preguntó, yo respondí y su resultado queda en manos de los lectores.

Dicen que tiene unos cuarenta años. Que tiene la tez blanca, el cabello rizado. Que es pequeña. Que tiene ojos pequeños. Que su carácter es enérgico pero que cuando redacta es feliz. Y canta.

Quizás así, cantando, escribió esta entrevista. Disfrútenla. Critíquenla. Infórmese un poquito más sobre mi reciente libro. O, bueno, hagan lo que quieran con ella. No me enojo.

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Rubén Darío Buitrón

“Hay muchas historias por contar”

Llevar una libreta y un lápiz es la mejor manera de aprehender la realidad, plasmarla y convertirla en una crónica.

Rubén Darío Buitrón ha publicado su libro “Batallas Personales”.

Recoge 27 crónicas y perfiles redactados desde hace cinco, cuatro, tres, dos años.

Aunque antes ha publicado otros libros, como “Absurdos Cotidianos” o “Esencias del Apocalipsis”, a su nuevo libro, “Batallas Personales”, lo siente como un paso a su madurez personal y profesional.

-¿Cómo es el batallar de Rubén Darío en cada una de las propuestas periodísticas?

-Lograr la empatía y la conexión con la gente no siempre se da. No siempre se puede lograr que la gente confíe en uno. Puede decir esta persona que está aquí es una intrusa, una forastera, ¿por qué tendría que darle información? Sin embargo, uno va desarrollando cierta capacidad profesional, humana y sensible para acceder a las personas y simplemente decirles que les vamos a acompañar en unos momentos de sus vidas cotidianas.

Porque lo que ocurre con este libro es que tanto las crónicas como los perfiles son acompañamientos a las personas que aparecen en cada una de las crónicas.

Yo trato de contar lo que veo, lo que sienten, cómo son. Intento -espero lograrlo- hacer lo que recomendaba el maestro polaco Kapuściński: contar la realidad desde los zapatos de la gente.

-Los campos de batalla son diversos: el Guasmo, Nueva Orleans, Quito. ¿Cómo es explorar estos espacios a través del personaje?

-El personaje es múltiple. Pero el personaje no soy yo sino la gente y la única intención que tengo es escribir esas batallas personales de cada ser humano y de cada pueblo.

Esas crónicas que pueden ser del Guasmo, Chordeleg, Zuleta, Jaramijó, son producto de mis emociones y sensaciones, son producto de lo que veo, de lo que observo, de lo que creo y considero importante contar. Siento la urgencia de comunicar a los lectores que este tipo de personas, situaciones y cotidianidades existen y que tienen unas vidas interesantes, dignas de que todos las compartamos.

-¿Cómo se enfrenta a esos personajes?

-Lo que hago con los personajes y comunidades que aparecen en mis libros, en especial en “Batallas Personales”, es ir preparado para lo que voy a indagar e investigar y para lo que quiero contar.

Pero cuando estoy con ellos lo que más me importa no es lo que he leído en las enciclopedias o en el Google o en Wikipedia sobre cómo es el lugar o cómo es la gente, sino sus gestos, costumbres, hábitos, conductas y maneras de ser, justamente lo que no está en ninguna de las enciclopedias.

Lo hago también porque siento que al periodismo le hace falta contextualizar, profundizar, narrar, contar.

Creo que la mayoría de periodistas del Ecuador hemos olvidado a la gente, hemos olvidado las historias que la gente vive cada día, hemos olvidado las cotidianidades extraordinarias que aparentemente pasan por nuestro lado y no significan nada para nosotros.

Hay muchas historias por contar en la ciudad, en el país, pero por pereza o vagancia, por estar atrapados en el día a día, por sentarnos detrás de un escritorio a mandar u organizar procesos, no somos capaces de contarlas. Y ahí es cuando el lector se aleja de nosotros.

-¿Cuál es el espacio que da a la observación para hacer su trabajo periodístico?

Llevar unas libretas y unos esferos es la mejor manera de aprehender la realidad, plasmarla y convertirla en una crónica.

Yo trabajo con entera libertad, con todo lo que sale de las conversaciones, formas, gestos, olores, sensaciones y hábitos. Miro a la persona cómo se mueve y cómo camina, le pregunto qué le gusta y qué no le gusta, con entera libertad.

-¿Cómo maneja el recurso del tiempo en las propuestas?

-Trato de manejarlas exactamente el momento en que ocurre el hecho. Si en la crónica de Elena, por ejemplo, la amiga que se entera que tiene cáncer, ella llama ese momento, yo lo cuento así, como que ella me llama en este momento. Así es como se cuenta lo de Esperanza o lo de los migrantes que viven en Estados Unidos y que sufren ese doble maltrato. Es decir, la historia está contada como si ocurriera el día de hoy. Esa es la esencia de la historia, para que el lector la sienta muy cercana.

-¿Cómo selecciona las voces de Leonardo Tejada, Miguel Donoso o Jorge Enrique Adoum, cómo elige las comunidades sobre las cuales va a contar?

-Cuando cuento de comunidades es porque creo que la comunidad es más importante que el individuo. Cuando cuento de un individuo es porque creo que tiene una trascendencia esencial para la comunidad.

Este país tiene mucho de qué enorgullecerse. En “Batallas Personales” me esforcé por presentar lo sorprendente, lo maravilloso, lo plural, lo democrático, lo diferente que es nuestro país en relación con otros.

¿Habrá otro libro donde seguirá mostrando la dinámica de su trabajo?

A partir de “Batallas Personales” ya no descanso. Ya me he tomado demasiadas vacaciones vocacionales, si cabe llamar así a mis tiempos de “puro periodista de escritorio”.

Voy a hacer todos los libros que sean posibles hasta el último día de mi vida y todos serán crónicas e historias sobre el Ecuador.

Como seguramente me preguntará qué nuevo libro estoy escribiendo debo contarle que es otro de crónicas y perfiles, pero esta vez con realidades más urbanas y más políticas, en sintonía con los tiempos que vivimos. Además estoy escribiendo una novela sobre los poderes en declive en el Ecuador y tengo listo un libro de poemas.

¿Qué publicaré primero? No me lo preguntó, por suerte. La mayor seducción, después de las crónicas y los poemas, es la novela. O al revés.

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Más tarde, luego de escribir la primera versión de esta crónica, Priscila Castro, también de El Mercurio, me envía esta foto, por si acaso no haya visto la entrevista en papel y por si acaso solo la haya chequeado en internet. Gracias, Prisci, le escribo.

Y pienso que así, doblado, un poco arrugado, ajado, es como se lee un periódico.

Y este es el que me envía Priscila (cronista de 25 años, estatura mediana, cabello rizado, tez morena, ojos pequeños, alegre y risueña pero, a diferencia de Brígida, muy seria cuando redacta).

Supongo, por la imagen, que es un ejemplar todavía con olor a tinta y que deja manchas en los dedos.

Y supongo que es una suerte que yo aparezca allí. Yo, con mi eterno olor a tinta y con manchas en los dedos.