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Jefferson Ramírez Puma estaba solo.

Sentado, como al disimulo, esperaba los treinta minutos que faltaban para que empezara el partido entre las selecciones de Ecuador y Uruguay por las eliminatorias al Mundial Brasil 2014.

Dijo que no alcanzaba a volver a su casa en Carapungo, porque había tenido que hacer un trabajo de plomería al otro lado de la ciudad, en San Bartolo, pero sus ojos y su manera de justificar expresaban otra cosa.

A él, que tanto le apasiona el fútbol, nada le parece más alucinante que ver a su selección en las pantallas de esos televisores gigantes que exhiben en el elegante almacén Samsung de la planta baja del centro comercial Quicentro.

Estaba sentado al borde de una tarima donde se exhibía un flamante auto cinco puertas, rojo, que se encontraba en alguna promoción, quizás una promoción más de aquellas en las que no sabes realmente si lo que te rebajan en cuotas a cuatro o cinco años representaría el costo de comprar otro auto.

Pero esa cuestión del auto es absurda para el caso de Ramírez Puma, que cada día cruza la ciudad en atestados y contaminados buses cuidando que no le roben lo único que le protege del desempleo: la pesada caja grande y gris, manchada con grasa, donde lleva y trae sus herramientas (la llave inglesa, el soplete, los alicates, la cinta métrica, la sierra para cortar tubos, las cintas, los cáñamos, el taladro, los destornilladores…).

Estaba sentado,  calladito, como queriendo que nadie lo tomara en cuenta, así que lo dejé allí, mientras, a su lado –y ya faltaban menos de 15 minutos para que empezara el partido- un par de amigos de unos sesenta años, unos cuatro jovencitos afro, tres mujeres con sus pequeños niños, se sentaban junto a Ramírez Puma con cierta vergüenza en el rostro.

En Samsung pregunté los precios de los celulares, pero debía saber en qué condiciones estaba mi línea: en el tumulto de las afueras del Estadio, donde hacía un trabajo de reportería, me robaron el teléfono.

Entre indignado y resignado me dirigí al local de servicios de Movistar en el segundo piso, al otro lado del centro comercial,  para pedir que bloquearan el “chip” y, por lo menos, los ladrones no pudieran hacer llamadas ni usar mi información.

Veinte minutos después volví a la planta baja con la información que requería de Movistar.

Me extrañó ver que alrededor del auto, al borde de la tarima, ya no estaban ni Jefferson Ramírez Puma ni quienes llegaron después a sentarse a su lado.

Cinco o  seis policías recorrían el pasillo que daba a Samsung y en las vitrinas de este almacén no había fútbol por ninguna parte, pese a que calculé que, al menos, el partido iría por el minuto 15 o 20 del primer tiempo.

Con la información que traía de Movistar ya tenía una idea más clara de qué tipo de celular podría elegir.

Pero, más que el celular, me interesó saber qué pasó con aquellos siete u ocho privilegiados hinchas que se aprestaban a mirar el partido en un improvisado palco y casi a hurtadillas.

En voz baja, uno de los muchachos que me atendieron me contó que “por orden superior” (¿las autoridades del Quicentro, talvez?) no pusieran en los televisores gigantes, esos fantásticos LED de 80 pulgadas donde el fútbol parece ser más fútbol, donde brilla intensamente la señal del partido.

Los señores dueños de la promoción del auto rojo temían que su carro se ensuciara, quizás, o, en alguna descabellada presunción, que alguien robara algún accesorio del vehículo.

En las pantallas de los televisores gigantes pasaban DVDs de conciertos de música con artistas famosos. Nada nuevo. Adentro, casi al fondo y clandestinadamente, los chicos del almacén veían el partido en una pequeña laptop mientras atendían a los poquísimos clientes que estábamos ese rato allí.

Minutos después, Ecuador hacía el gol que le dio la victoria. Una veloz y precisa incursión de Antonio Valencia y el toque de Jefferson Montero.

Algunos gritamos gol, con un poco de miedo.

Miré hacia afuera y no, nada de que apareciera el tocayo del goleador.

¿Dónde iría a ver el partido? ¿Estaría en alguna parte del centro comercial disfrutando, también clandestinamente, del gol y de la victoria?

¿Habría salido del Quicentro a buscar alguna otra vitrina con televisor de pantalla gigante?

¿Lo habrán sacado del otro lugar también, por sospecha de posible mancha o suciedad de los nítidos objetos que se exhiben en los malls?

“Si hay algo que es democrático es el fútbol”, había oído decir hace pocos días a un locutor deportivo que se alegraba por la noticia de que la señal de la transmisión sería abierta “para todos los ecuatorianos”.

Mentira. Pura mentira. Tan mentira que solo sé que un pequeño grupo de ecuatorianos venció a otro pequeño grupo de uruguayos.

No sé si eso signifique democracia.

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Fotografía tomada de terra. com.ec