BRAZIL2014MANAUS

Ahora que viene el mundial Brasil 2014 vuelven a la memoria las razones por que las que ese deporte-espectáculo guarda para mí tanto sentimiento encontrado.

En 1978 aún era demasiado inocente para entender que la vida tiene silencios y entrelíneas.

En ese año de luto para millones de latinoamericanos que sufrían bajo dictaduras perversas se jugó el Mundial en Argentina.

Y pese a la presencia de poderosas selecciones como Brasil y, especialmente, Holanda, el dueño de casa quedó campeón luego de llegar al partido decisivo tras una sospechosa goleada de seis-cero a Perú, que era la sensación del torneo.

Mientras se jugaba aquel mundial, el general Jorge Videla, cruel dictador de extrema derecha que recibió la comunión del papa “san” Juan Pablo II, apoyado por Estados Unidos y grandes empresas como la Mercedes Benz y la Ford, arrasaba ciudades y pueblos y barrios y casas con comandos militares encapuchados que en vehículos obsequiados por esas empresas secuestraban a militantes de izquierda, los torturaban y asesinaban en 500 centros clandestinos de detención.

Videla, en su obsesión nazi, ordenó quemar en un terreno baldío un millón y medio de libros confiscados y arrebatados a la gente de izquierda y llegó a confesar, cuando fue juzgado, que “no sabía que hubo muertos, pero sí unos 70.000 “desaparecidos, porque mientras estén desaparecidos no se les puede calificar ni de vivos ni de muertos”.

Sobre esos dolores, sobre esas penas, sobre esa impotencia, millones de argentinos vieron desangrar a su patria, pero enmudecieron y aplaudieron cuando Videla alzó la Copa Mundial de fútbol y la entregó al capitán de la selección argentina.

Los más tenebrosos dictadores y asesinos de la historia del poder político en el mundo han intentado, mediante el uso del deporte, que el pueblo olvide las masacres, se enorgullezca de su presunta superioridad y se sienta orgulloso de sus gobernantes.

Basta recordar los juegos olímpicos de Berlín, en 1936, presididos por Hitler.

Hay que ser sinceros: siempre quedará en el aire la suspicacia de la ilegitimidad de un campeonato mundial logrado por futbolistas argentinos que nada dijeron de la horrenda represión precisamente en esos años y de los miles de cadáveres de sindicalistas, obreros y militantes de izquierda que la dictadura iba apilando en el camino.

Por eso, si el principal beneficiario de la copa fue un general enloquecido y criminal como Videla, que sembró odio y muerte allí donde los incautos creían que solo se jugaba fútbol, dudo de la inocencia de aquel triunfo y dudo de la supuesta imparcialidad de la FIFA.

Lo dudo por los grandes intereses geoestratégicos que se manejan en las llamadas “citas deportivas ecuménicas” y por las grandes inversiones que reciben los jerarcas del fútbol mundial (900 millones de dólares del poder oligárquico televisivo mexicano para el mundial 2014 o los miles de millones en derechos de transmisión, sin contar la publicidad).

Cabe, por tanto, preguntar cuáles serán los ejes políticos y tácticos de la FIFA y del gobierno brasileño mientras se desarrolle el mundial.

¿Será capaz la presidenta Dilma Rosseauf de reprimir y callar a la población herida y resentida, a la heroica gente que sale a las calles a mostrar la miseria de millones de personas que sobreviven alrededor de monumentales y multimillonarios estadios?

El periodismo deportivo debería explicarnos todo eso, mostrarnos los contextos y contarnos los entrelíneas. Investigar. Indagar. Provocar reflexiones, al menos.

No conformarse con las desgastadas fórmulas inmediatistas, triunfalistas y simples que, al final, no nos ayudan a construirnos como espectadores, peor como ciudadanos conscientes de lo que significa, o puede significar, todo lo que se esconde detrás de un mundial.

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Nuevo estadio de Manaos (fotos FIFA)

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