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En la reciente Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Denver, Colorado (EE.UU), los dueños de los medios privados más poderosos del continente, como siempre, han hablado de lo que no practican (la democracia interna, el pluralismo, la libertad de expresión, la objeción de conciencia).
Por eso no han tocado un tema del cual en este blog habíamos advertido que no se hablaría: la complicidad de la prensa chilena con los sectores más antidemocráticos de sus países, con los gobiernos de EE.UU. y con las oscuras golondrinas de la CIA.
Por el contrario, y quizás como parte de una estrategia perversa de revertir los conceptos de víctimas y victimarios, el uruguayo Claudio Paolillo, del semanario uruguayo Búsqueda y presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP, ha “advertido” que el último ha sido “el peor semestre” en los últimos cinco años para el periodismo de la región.
Según agencias de prensa, Paolillo, al hablar ante unos 300 participantes de la Asamblea, sostuvo que los ataques a los medios en los países latinoamericanos forman parte de un plan “de demolición de las democracias” para reemplazarlas por “líderes mesiánicos que quieren perpetuarse en el poder”.
Esos ataques –ha dicho Paolillo- incluyen la compra de medios privados en varios países por parte de testaferros e incluso de familiares de los gobernantes y el uso de presiones económicas ilegales para que los medios se autocensuren.
Paolillo, por supuesto, hace un hábil intercambio de roles y deja entrever que ahora (no antes) está en peligro la democracia (la democracia entendida desde los intereses de los grandes poderes fácticos, de los dueños de los medios y de los grandes amigos y de los grandes socios de los grandes dueños de los grandes medios).
¿Demolición de las democracias?
¿No ha sido eso eso lo que han venido haciendo la CIA y otras agencias secretas estadounidenses en nuestros países desde la guerra fría y, con más énfasis, desde la revolución cubana?
¿No demolieron la democracia en los años sesenta con dictaduras de oficiales aprendices y luego volvieron a pisotear los escombros de aquella democracia con los ya mejor entrenados dictadores militares de los años setenta en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y muchos otros países americanos?
¿No demolieron la democracia, como se sabe ocurrió en el Chile del socialista Salvador Allende, “con líderes mesiánicos que querían perpetuarse en el poder”, como, por ejemplo, el general Pinochet, que gobernó con manos ensangrentadas su país durante 17 años, apoyado por los medios y la censura que estos ejercieron sobre muchos de sus periodistas?
¿Olvida Paolillo el papel que en aquel entonces cumplió la cadena de periódicos de El Mercurio en Chile, con el magnate Agustín Edwards y el insólito “premio Nobel de la Paz(?)”, el golpista estadounidense Henry Kissinger?
¿Olvida el silencio que se impuso a la prensa libre en el Cono Sur?
¿Olvida cómo el último dinosaurio peruano, Alberto Fujimori, y su hombre de confianza Vladimiro Montesinos, compraron medios de comunicación y periodistas y fundaron periódicos “chicha” o sensacionalistas para atacar y desacreditar a sus críticos, mientras la “prensa seria” –con una o dos excepciones- hacía mutis?
¿De esa demolición habla Paolillo, miembro del mismo periódico donde uno de sus principales directivos es Danilo Arbilla, expresidente de la SIP y “periodista” que fue secretario de prensa de la Junta Militar que asoló Uruguay y formó parte del plan Cóndor (con el argentino Videla y el chileno Pinochet) para “exterminar comunistas y opositores”?
Paolillo y los centenares de asistentes a la asamblea de la SIP en Denver, Colorado, no debieran haber perdido tan pronto la memoria.
Tendrían que recordar que los objetivos de la SIP son, según sus propios estatutos, no ser aliados de la CIA ni alinearse con la más rancia derecha de la región, sino “defender la libertad de prensa, la dignidad y los derechos de los periodistas y promover un mayor intercambio de información entre la sociedad”, entre otros postulados.
Tendrían que recordar que representan a más de 1.300 periódicos y revistas del continente y que la amnesia es un grave delito social cuando es parte de una estrategia de envenenar el presente, edulcorar el pasado e incendiar el futuro.
Juan Alberto Bozza, profesor de la Universidad Nacional de La Plata, asegura que la SIP fue una trinchera anticomunista en los años 1970 y que estuvo aliada con los gobiernos norteamericanos. Y que recibió críticas además por su papel tras el golpe de Estado en Honduras de 2009, donde a la SIP -cuyo supuesto papel es defender los derechos humanos de los periodistas- se la acusó de pasar por alto la muerte de más de 23 periodistas.
El periodista argentino Mariano Saravia recuerda que en los tiempos de Danillo Arbilla y la dictadura uruguaya desapareció Julio César Castro, director del Semanario Marcha (actual Brecha) y tuvieron que exiliarse grandes periodistas como Eduardo Galeano y Juan Carlos Onetti.
Durante la dictadura y como resultado de la gestión de Arbilla, precisa Saravia, se clausuraron cerca de 180 medios, se allanaron las redacciones de los medios y se arrastró a palos a los periodistas a los calabozos de la dictadura.
En realidad, “la historia de la SIP en América Latina es la historia de los golpes de estado contra los gobiernos constitucionales en los que estuvo involucrada”.
“Se la presenta como la “junta calificadora” de la libertad de expresión en el continente, cuando su papel real era y es destruir todo intento de rebelión contra los intereses de Estados Unidos.
“En todos los documentos desclasificados sobre las dictaduras de América Latina surge la complicidad y apoyo de la SIP a los dictadores y los ataques y maniobras contra los gobiernos populares y democráticos”.
Eso sí puede llamarse, eso sí es, “demolición de las democracias”.