pellizcoflamenco.es II

Hacía frío en la noche quiteña y un vientecito de invierno rodeaba el teatro nacional de la Casa de la Cultura, en Quito.
Faltaba una hora antes de las ocho y media y ya había en el ambiente una emoción como preparada, como lista, como cuando sabes que vas a disfrutar con intensidad lo que has esperado tanto tiempo y que, hoy lo sabemos, nunca se repetirá.
Pero nada sustituye a lo que en realidad sucede en el aire, en la atmósfera, en la luz y en la no luz cuando el concierto empieza a correrte por la sangre y nada sustituye a la fiesta de sonidos que te queda hasta el día siguiente, hasta los muchos días siguientes, porque nada más que eso te devuelve el sentido de la historia.
Era sábado y había llegado el día 26 de octubre. Paco de Lucía (Francisco Sánchez Gómez, nacido el 21 de diciembre de 1947 en Algeciras, Cádiz) nos esperaba como nosotros esperábamos a Paco de Lucía. O, quizás, nosotros más. O él más.
¿Podría existir un Paco de Lucía sin un público que ame a Paco de Lucía?
¿Podría existir un público sin un Paco de Lucía que ame a su público?
En el escenario, atrás, unas palmeras que recordaban el mar y la playa y la arena que tanto ama Paco de Lucía.
El resto del mar, del otro lado de esa playa imaginaria, un mar de miles de cantaores, bailaores, guitarreros, percusionistas, tocadores de armónicas y de bajos y de palmas y de chasquidos de dedos y de tacos de zapatos alrededor de Paco de Lucía y frente a Paco de Lucía.
Era él y éramos nosotros y eran ellos.
Ellos con el ritmo y la vitalidad y el sentimiento de su flamenco contemporáneo y nosotros con las emociones respetuosas, maravilladas, confundidas con otras emociones de gestos torpes, como las de quienes en Quito van a los toros a recuperar el complejo de superioridad.
Eran los que gritaban ¡óle! como si estuviéramos en la plaza sin el garbo del torero y sin la dignidad del toro, eran lo que pretendían que el ritmo inútil del golpeteo de sus palmas descompasadas acompañasen a Farru, Antonio Fernández Montoya, el bailaor, el vigor, la intensidad y el rigor de su taconeo y sus movimientos, eran los nostálgicos de su presuntas raíces ibéricas y de su imaginario ADN español.
Era como si eso importara, como si se tratara de asistir a un espectáculo para reencontrar las supuestas raíces y no para llenarse el corazón del cante hondo y conmovedor de David de Jacoba con sus ojos árabes y de Antonio Flores Cortés con su pelo rubio ensortijado, sus voces profundas y melancólicas como si vinieran de lo más profundo de quienes conquistaron a los que después nos conquistaron.
Pero ellos allá, no eran parte de nuestro mar, eran otras aguas ajenas, porque nosotros estábamos con la adrenalina de los acordes perfectos, de las armonía y la fuerza de las cuerdas del maestro, de la cuasi perfección de Antonio Sánchez Palomo en la guitarra que resonaba como un eco de la de Paco de Lucía, eran Alian Pérez en el bajo y era Piraña, Israel Suárez, con el cajón peruano o el cajón flamenco, qué importaba de dónde fuese, y era Antonio Serrano Dalmas con su armónica tan cantaora y guitarrera como los dedos de Paco.
De Lucía -así lo llamaron desde pequeño porque su madre se llamaba Lucía- nos deja envueltos en el calor de una fascinación que tardará mucho tiempo en dispersarse, aunque sería mejor que no se dispersara nunca, tanta falta que nos hace el otro, el mar del otro, la identidad del otro para afirmar la identidad de uno, más indio ahora, más mestizo ahora, más cholo ahora, más diverso ahora, más salvaje ahora, más universal ahora en la apasionada danza del alma.
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Fotografía tomada de pellizcoflamenco.es

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