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Tres universidades, según el informe final del Consejo de Evaluación y Acreditación de la Calidad de la Educación Superior (CEAACES), son las únicas que consiguieron la calificación “A” entre 54 instituciones.
La evaluación del CEAACES dependió de la investigación científica que realiza cada universidad, del nivel académico de los docentes, del número de profesores con títulos de posgrado, en especial doctorado, de la cantidad de información propia que producen catedráticos y estudiantes y de los salarios que se pagan a esos profesores.
Y si de 54 apenas tres cumplen todos esos parámetros estamos hablando de que el Ecuador podría estancarse en sus grandes proyectos, propuestas y planes (por ejemplo, el del cambio de matriz productiva) por la falta del esencial acompañamiento de la universidad al proceso de desarrollo y al cambio de fondo que se intenta hacer en el país.
Lo mismo podemos afirmar, quizás con mayor preocupación, de lo que está pasando en las facultades y escuelas de periodismo y/o comunicación social.
Si en otras disciplinas académicas hay descuido, falta de profesores calificados, ausencia de docentes que hayan practicado la profesión, logística rudimentaria, equipamiento improvisado, ¿cómo será en la enseñanza de periodismo y comunicación social?
Es otro tema de enorme importancia para el país, porque así como la producción, la economía, la industria, necesitan un acompañamiento inteligente, propositivo, proactivo, el Ecuador también requiere, hoy más que nunca, que su proceso social vaya acompañado de una formación pedagógica integral para los futuros periodistas.
La información es un derecho ciudadano sobre todo porque quienes somos parte de la sociedad requerimos, demandamos y exigimos que se nos comunique con calidad, con verosimilitud, con ejes por donde circulen los grandes intereses nacionales y no lo que conviene a pequeños grupos encerrados en sí mismos vigilando que la prensa sirva a sus objetivos egoístas y excluyentes.
Los miles de estudiantes de periodismo y/o comunicación de las universidades del país deben exigir una enseñanza de alto nivel para servir a la sociedad con ese mismo nivel pedagógica, crítico y reflexivo.
Las costosas maestrías de periodismo –apenas dos que se hacen en el país- tienen deficiencias que van desde la mala atención al estudiante hasta la caprichosa elaboración de mallas curriculares poco útiles para servir a los ciudadanos y al país.
Y de esas maestrías, una la dicta un centro superior de élite (en especial por el altísimo costo de su matrícula) ubicado en la categoría “C” y otro calificado como “D”, es decir, en peligro de desaparecer.
¿Qué se está aprendiendo en esas dos maestrías? Aparte de tener en los próximos meses una centena de periodistas con título de cuarto nivel, ¿con qué fin se permite que funcionen? ¿Sus mallas curriculares están a la par de las necesidades del país?
¿Cómo aquellos futuros “magísteres” aportarán en lo concreto y específico a construir un periodismo democrático, contemporáneo, inteligente, plural, incluyente, reflexivo?
¿Cuál será el destino de esas dos maestrías si el proceso de calidad de las dos universidades tiene cada vez calificaciones más deplorables?
Hoy, más que nunca, es necesario un periodismo de alta calidad porque un desbalance entre el crecimiento productivo y el estancamiento o el retroceso mediático puede generar terribles distorsiones de la realidad.
O puede provocar que la prensa convencional que abiertamente se opone al cambio persista en sus intentos de manipular los hechos cotidianos para recuperar el terreno perdido, en su lucha por aferrarse al obsoleto “cuarto poder” del que tanto tiempo gozó.
Pero la recalificación deja cosas positivas: en las tres de categoría “A” entendieron la necesidad de sostener y mejorar sus estándares de excelencia.
Y de ellas, por tanto, hay que esperar ese buen periodismo, en el caso de las que lo tengan, y aquel esencial acompañamiento al proceso de cambio que vive el Ecuador, que es obligación moral de todas.
Lo mismo de las “B”, que avanzan con proyectos importantes y novedosos y que están formando profesores y alumnos que han asimilado el golpe, han leído con acierto cuál es la época que vivimos y han puesto la vara en lo más alto con el deseo explícito de llegar a saltarla y superarla.
Pero las “C” y “D”, con poquísimas excepciones, y con el agravante de que muchas de ellas son particulares (es decir, pagadas) no han sido proactivos para abrir un urgente espacio autocrítico, en especial aquellas que cayeron del nivel “B” al “C”.
En lugar de hacerlo, proponen actos de “defensa institucional” o de “amor por tu universidad”, mientras exclaman que la recategorización es “política”. Argumentos demasiado simples para una respuesta que debiera ser más compleja.
¿Será “política” la recategorización si en la “A” se ubica, por ejemplo, una universidad con claras posiciones liberales y no socialistas ni progubernamentales, pero con un claro sentido de la excelencia?
Ya es hora de tener la certeza que los mártires y las víctimas forjados solo existen en la imaginación de quienes se autoedifican como tales.
Porque, en realidad, son incapaces de admitir que estamos en un nuevo siglo y en un nuevo proceso de la sociedad.
Y que así como otros obsoletos poderes ya no tienen influencia, las universidades sin autocrítica ni procesos sistemáticos de constante mejoramiento, incapaces de hacer una lectura acertada del momento histórico, están, igual que los medios tradicionales y convencionales que no abren espacio para la reflexión ni el pluralismo, condenadas al olvido.
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Twitter: rd_bui
Ilustración de Adrián Markis