Levon Baghramyan

La primera tragedia personal de mi vida fue lo que ocurrió con mi perro Pipo.
Yo tenía nueve años y nunca había presenciado una muerte. Ni conocía de qué se trataba.
Pero esa mañana tuve que mirarla de cerca, en toda su desnudez, en todo su afán de arrancharme lo que amaba. La percibí como una fuerza omnipotente que me dejó para siempre con un vacío.
Pipo vino de la calle jadeando y con los ojos enrojecidos. Parecía haber enloquecido. Dio muchas vueltas por la casa, con desesperación, rodeó las piernas de mi atribulada madre, Beatriz, y cayó junto a ella.
No pude expresar mi dolor, mi angustia, mi desazón, mi tristeza.
Solo miraba a mi madre Beatriz, estupefacta, pálida. Miraba a mi hermana Susana, de 11 años, inundada de espanto. Miraba a Pipo, inmóvil, tenso. Un extraña espuma salía de su boca.
Minutos más tarde llegó mi hermano Ricardo. Él tenía 15 años, pero era maduro, inteligente, reflexivo. Vi las lágrimas que caían por sus mejillas, pero no le escuché ninguna maldición ni grito de ansiedad.
Aparentemente frío y sereno, Ricardo intentó explicar a sus hermanos pequeños y su madre, que en esos momentos nos hacía rezar, que lo que había ocurrido no era una maldición demoníaca ni un castigo divino.
A Pipo lo habían envenenado los vecinos, alguien de la familia Cabrera. Le habían dado un pedazo de pan con una carne mezclada con vidrio molido.
Así conocí lo que era la envidia. Pipo no era callejero, pero cuando salía con nosotros se volvía el perro más querido del barrio Argentina, la mascota preferida de muchos niños que vivían en las calles Castro e Iquique.
Era un sabueso grande y juguetón. Ágil. Nunca mordió a ninguna persona. Jamás atacó a ningún perro.
Pero a alguien de la familia Cabrera, yo supongo que la madre, le molestaba muchísimo, le daba rabia que su pequeña pequinesa llamada Linda no pudiera salir de su casa por miedo a Pipo.
Ricardo nos abrazó y nos pidió que lo acompañáramos al patio de abajo para buscar unas herramientas y un viejo palo de escoba.
Volvimos a subir, atamos las patas de Pipo al palo de escoba y cantando una melodía fúnebre salimos de casa, en medio del estupor y la pena de muchos vecinos, con dirección al Itchimbía, el cerro donde tantas veces llevamos a Pipo a saltar detrás de la pelota o permanecer junto a Susana mientras Ricardo y yo jugábamos fútbol.
Lo enterramos en un lugar donde la hierba era alta. Clavé una improvisada cruz de madera y cartón donde decía “Te amamos, Pipo”.
Ricardo pronunció unas palabras de despedida para quien había alegrado la vida de la familia durante ocho años. Susana aún no entendía por qué tuvieron que matarlo y lloraba en silencio.
Mi soledad fue devastadora. Debí hacer esfuerzos para dormir. Dejé de ir al Itchimbía a jugar fútbol. No bajaba al patio en busca de ninguna travesura. En la escuela descendió mi rendimiento académico. Comía poco.
Una noche, desde el cuarto que compartía con Ricardo, escuché que en el comedor la familia estaba reunida. Su idea era buscar la manera de que el más chiquito de la casa se recuperara.
Mi padre, Alfredo, dijo que la solución sería traer otro perro, ponerle el mismo nombre, convertirlo en un sucesor de Pipo para que llenara el vacío que había dejado, especialmente en Susana y yo.
Un mediodía llegó de la oficina y pidió a los niños que saliéramos a la calle.
Del enorme cajón trasero de su auto Opel salió un pequeño boxer, con su rabo cortado.
Ricardo y Susana se alegraron mucho, lo abrazaron. Susana lo llenó de besos. Yo miré a mi padre, intenté sonreír y decirle gracias, pero lloré, lloré mucho.
Entonces supe el sabor que tenía la nostalgia.
Le pedí a mi padre que no le pusiera de nombre Pipo. Cualquier nombre, menos Pipo.
Ninguna mascota podía reemplazar mi recuerdo. A veces, cuando bajaba hacia la escuela, distraído o desolado, miraba de reojo la casa de los Cabrera y escuchaba, al otro lado de la puerta principal, los ladridos estridentes y agudos de Linda, que nunca pudo salir a la calle.
En otras ocasiones, sentado en el borde de una acera, diseñaba en mi mente una compleja estrategia para conseguir veneno, rociarlo sobre un pedazo de carne que compraría en la tienda de al frente y esperar a que Linda saliera. Nunca lo hice, pero conocí el sabor de la venganza.
El bóxer vivió menos de un año con nosotros, pero nunca hice esfuerzos por acercarme a él ni convertirlo en mi amigo. Derrotado, una mañana de sábado mi padre tomó al perro y se lo llevó a la finca en el valle de Los Chillos.
Treinta años después, hace mucho tiempo ya, estaba sentado en un sofá de la sala del departamento.
Observé a mi hija Ana Julia jugar con un gatito siamés, que una tía acababa de dejarlo como regalo de cumpleaños.
Ana Julia, que le gustaba el fútbol tanto como a mí, me dijo que el gatito se llamaría Ronaldinho, por su color negro y por su agilidad cuando jugaba con una pelota de papel.
Ana Julia lo besaba, lo abrazaba, lo mimaba. Me pidió que la ayudara para conseguirle algo de comer y luego, con toda su capacidad de persuasión, me convenció de que la dejara dormir con él esa noche.
Una semana después, recibí una llamada de una de las neuróticas vecinas del departamento de arriba. Se quejó y gritó que los maullidos nocturnos del gato (Ronaldinho era un gatito, no sé por qué le dijo “gato”) no las dejaban dormir.
Subí despacio las escaleras y me dirigí a la habitación de Ana Julia, que seguía durmiendo con su mascota. En medio de la penumbra la miré abrazando tiernamente a Ronaldinho.
Cerré la puerta de la habitación e intuí que Ana Julia estaba en peligro de conocer demasiado temprano la muerte, el dolor, la envidia, la nostalgia, el deseo de venganza.
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Twitter: @rd_bui
Ilustración de Levon Baghramyan

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