Alexander Shubin
Si al menos pudiera asirme de tus manos en la ciudad acosada de jolgorio y berrinche.

Pero ¿quién soy yo sin tus manos en la ciudad paranoica?

¿Puedes recordármelo cuando regreses de aquella vida de lejos?

¿Qué soy yo, quién, qué hago aquí recorriendo las calles donde cada diciembre, por decreto tácito o por tradición inexplicable, se supone que es un deber cívico estar felices (!) por la invasión de hace cinco siglos, por el saqueo, por el abuso, por el atropello, por la devastación, por la muerte y el infierno que trajeron los depredadores?

Camino por estas calles y la gente no me mira.

Alienada por tanta pirotecnia, absorta por tanta música que nada tiene que ver con lo que sucedió en 1534, tanto ruido de pasos de flamenco, tanto sabor a “tapas” o a “gambas”, como si la conquista hubiera sido una pacífica misa fraterna y reverencial, como si todo dependiera de cuánto torero aplaudes (el conquistador) y cuánto toro lamentas (la resistencia sometida).

Como si tus antepasados no hubieran ardido en los leños de la inquisición, la mitología y los dioses impuestos, como si en medio de las frituras y las ofertas y los saltos y las gangas y el humo quemado pudiera caber un exorcismo.

¿Y el Diez de Agosto, que fue nuestro punto de partida para la liberación?

¿Y el 24 de Mayo, que fue el momento decisivo de nuestra lucha?

¿Por qué esas fechas no se celebran con tanto bombo y tanta parafernalia?

¿Por qué esas fechas no las celebramos con el orgullo combativo de los quiteños?

¡Viva la muerte que nos parió!, parecerían gritar los celebrantes, algunos fuera de sí, otros inundados de lujuria histórica en su boba euforia.

Ritual infame de pasados criminales con anual boleto de regreso.

Escapo. Llego al refugio.

La luz hace silencio y quisiera sonreír, pero el tú no estar ahora conmigo empieza a devorarme en pedazos de múltiples farras que se reparten incoherentes, como ecos trepidantes, por toda la ciudad incomprensible.