Hector Pineda I
¿Qué será del medio británico The Guardian, por ejemplo, sin Glenn Greenwald?
Él es un estadounidense, especializado en temas de libertades civiles y cuestiones de seguridad nacional de Estados Unidos.
Es abogado constitucionalista y autor de libros duramente críticos sobre la administración del expresidente George W. Bush.
Greenwald fue uno de los que reveló en el prestigioso (por la calidad de sus periodistas) medio inglés The Guardian el espionaje masivo de la NSA estadounidense en el mundo y es, junto con Julian Assange y Edward Snowden, uno de los íconos del nuevo periodismo informativo, no solo por su capacidad de investigar sino por su valentía al hacerlo.
El analista y periodista ahora ha decidido dar otro paso: renunciar a The Guardian porque ha llegado a la conclusión de que la prensa tradicional está perdiendo terreno y es hora de buscar nuevos espacios.
Esa reflexión hizo que renunciara a The Guardian y resolviera crear un nuevo medio de comunicación digital.
Cada vez circulan más informaciones y denuncias por internet y por las redes sociales. Pero los medios se ponen nerviosos, porque la prensa tradicional suele tener relaciones con los gobiernos, positivas o negativas, y eso les hace sentirse inseguros a la hora de publicar”.
Afirma que si gracias a la transparencia con la que ahora se pueden denunciar asuntos graves para el mundo, el periodismo está en su mejor momento, es el instante en que más hay que protegerlo.
Greenwald asegura que algo ha cambiado radicalmente en la prensa: hoy, cada buen periodista es una marca y, por tanto, un medio.
Los periodistas sí son capaces de crear sus propios espacios (blogs, sitios web), y en especial deberían aquellos que sufren por trabajar en grandes medios donde no pueden decir todo lo que conocen o son víctimas de censuras internas.
Mientras tanto, la misma NSA ratifica las denuncias de Greenwald, Snowden y Assange.
Hace pocos días la NSA aceptó que a diario hace la geolocalización de centenares de celulares en el mundo, según el diario The Washington Post, y admitió que guarda la información de centenares de millones de aparatos y que graba cerca de 5.000 millones de datos, incluso cuando los celulares están apagados.
Tiene razón Greenwald: aún hay muchísimo que decir. Por eso, hay que mantener al periodismo más vital que nunca pero, sobre todo, entender algo que muchos años los periodistas no creíamos: nosotros somos quienes hacemos al medio, no al revés.
En los medios te hacían creer que si quedabas fuera de ellos, simplemente no existías, porque, además, algunos empresarios y dueños se ponían de acuerdo para cerrarte las puertas.
Pero ahora se sabe que es todo lo contrario: el medio no existe sin el periodista, sin los resultados de sus investigaciones, sin las historias que es capaz de contar.
Muchos periodistas aún tienen miedo de lanzarse a ser (y hacer) ellos sus propios medios, crear sus portales, blogs, cuentas, porque temen quedarse en silencio, sin el paraguas del medio que les hace pensar que si no aparecen en sus páginas no existen (ponerse la camiseta, le llaman unos, ser de “la familia” del medio, le llaman otros).
Ciertos medios llegan, incluso, a invisibilizar, a censurar, a impedir que aparezcan las personas que consideran “indeseables” o “incómodas”.Son los mismos que, obedientes y sumisos, acatan las tácitas líneas editoriales que salen desde los grandes centros del poder mundial.
Es urgente, dice Greenwald, que todos los que creemos en la libertad de prensa nos unamos.
Y recuerda a uno de los padres estadounidenses, Thomas Jefferson, quien en 1804 escribió en una carta a John Tyler:
Nuestro primer objetivo debe ser dejar abiertos todos los caminos hacia la verdad. El hasta ahora más eficaz encontrado, es la libertad de la prensa. Quienes la impiden temen la investigación de sus acciones.
Esta afirmación de Jefferson añade valor a la idea de que son los periodistas y no los medios (siempre con sus intereses de uno u otro lado) quienes se juegan por revelar, denunciar, buscar la verdad.
Y dice que una cosa es otorgar cierta deferencia o presunción de buena voluntad a las autoridades políticas, pero el deseo de demostrar un poco de dignidad humana mínima debería impedir a los periodistas confesar públicamente que han sacrificado voluntariamente su independencia y autonomía en beneficio de los secretos de los que detentan el poder más grande.
Ya en el pasado, narra Greenwoold, funcionarios estatales de seguridad nacional también decretaron que “no sería de interés público” informar sobre los Papeles del Pentágono o la masacre de My Lai en Vietnam, o la red de la CIA en los que los detenidos fueron torturados, o el programa de escuchas sin orden judicial de la NSA, o los documentos que niegan las armas de destrucción masiva iraquíes, o toda una letanía que una vez llevaba la etiqueta de “alto secreto”.
De hecho, uno de los mejores periodistas del Reino Unido, Duncan Campbell, que trabajaba para The Independent, fue detenido y procesado por el gobierno del Reino Unido en la década de 1970 por el “crimen” de revelar la existencia de un organismo de espionaje.
Cuando Blackhurst se encuentre con Campbell en los pasillos, por favor que no le pregunte: “¿Quién eres tú para haber decidido por tu cuenta revelar lo que los funcionarios británicos habían dicho que debería quedar oculto?”.
Los periodistas hemos hecho siempre los medios. No nos engañemos ni nos dejemos engañar: sin el trabajo de los periodistas, ¿cómo informarían los medios?
Hoy podemos construir nuestros propios medios. ¿Qué esperamos para dejar las cadenas de la censura interna, las líneas editoriales oscuras y llenas de intereses de uno u otro lado y expresarnos desde nuestro propio blog o nuestro propio medio web?
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Ilustración de Héctor Pineda