Elena Vizerskaya

Resulta extraño, sorprendente y aterrador comprobar cada día cómo la violencia contra los niños es cada vez más cruel y más descarnada.

¿Cómo entender el caso de los tres niños de la humilde familia Logro-Choloquinga, cuyos cadáveres han sido encontrados en condiciones inenarrables?

¿Cómo entender el caso del niño asesinado hace poquísimos días en Pedernales, en un caso que incluso despertó la ira popular y provocó enfrentamientos con la Policía Nacional, que tuvo que esforzarse para controlar la indignación de la gente en contra del presunto criminal?

¿Por qué murió de esa manera Karina del Pozo? ¿Por qué desapareció el chico Diego Romo sin ningún rastro?

¿Por qué cada día los medios de comunicación tienen material para llenar sus páginas con los sucesos más horripilantes e inhumanos?

A veces tengo la percepción de que la vida es ahora más vil, más canalla, más cínica, más paranoica, más agresiva.

Pero, quizás, no se deba a esa modernidad sino a que ahora conocemos los hechos casi al instante y de primera mano, y que esta información la procesamos de manera vertiginosa y cercana, como si nos pertenecería, como si las víctimas o los agresores fuéramos nosotros mismos (y, a veces, ¿no lo somos), como si no abusáramos muchas veces de nuestras situaciones de ventaja?

Cuando uno conduce el carro, por ejemplo, se somete a la mayor violencia verbal, incluso física, de quienes por una u otra razón van en los autos de al lado, de atrás o de adelante y se sienten afectados porque uno aparentemente va más despacio o, simplemente, porque quieren abusar de su presuntamente privilegiada condición de automovilistas con un auto más poderoso o más rápido que el de uno.

Es como si, de algunas maneras, la violencia se hubiera apoderado de la sociedad, más allá de los todos los esfuerzos que hacen o que vayan a hacer las autoridades para que así no ocurra.

Pero a veces presumo que la propagación y la multiplicación de la agresividad humana tiene algo que ver con el desate del libertinaje mediático mundial, en el cine, en la radio, en la prensa, en la televisión (en especial por cable).

No es moralismo. No hay aquí una propuesta para “controlar” el cine o la televisión. No.

Es pura sensibilidad. O hipersensibilidad. Es el anhelo de que un día me despierte sin la posibilidad de aterrorizarme por la sensación de que en pocos minutos más la vida me sorprenderá con algún insoportable mío dolor ajeno.