Jordi Guzmán
Si a alguien le conviene que la reciente publicación del periódico The Washington Post caiga como una bomba y haga pedazos las hoy bien reconstruidas relaciones entre los gobiernos de Quito y Bogotá, es al expresidente colombiano Álvaro Uribe.
Uribe, pieza maestra en el ajedrez geopolítico de los Estados Unidos en la región, representa la tendencia más extremista y nefasta de la derecha en su país y en América Latina.
Por eso no tiene problema en admitir (aunque, ojo, este reconocimiento también es parte de su táctica mediática) que es cierto lo que afirma el diario The Washington Post respecto a que la CIA norteamericana participó de manera proactiva en el bombardeo a territorio ecuatoriano en Angostura, donde murió el jefe guerrillero Raúl Reyes el 1 de marzo de 2008.
Con el reciente “golpe de estado” al alcalde izquierdista de Bogotá, Gustavo Petro, a quien destituyó gracias a las gestiones de un alto funcionario seguidor de la doctrina belicista del expresidente, Uribe ya lanzó su nuevo misil ideológico contra su exaliado, el presidente Juan Manuel Santos, al crear más opinión pública en su contra, a la que se suma su permanente crítica a las negociaciones de paz promovidas por Santos con la guerrilla de las FARC en La Habana, Cuba.
De hecho, Petro dijo que el intento de destitución que sufre es un golpe a la paz interna en Colombia porque pone en duda aquellas negociaciones.
Pero ahora, con la habilidad que le caracteriza para manipular los contenidos de los medios locales e internacionales, Uribe arroja rápidamente un segundo misil, esta vez en contra de algo que ha costado mucho reconstruir: las históricas relaciones diplomáticas entre dos pueblos fraternos, Ecuador y Colombia.
No importa que en su tuit hubiera aclarado que el ataque a Angostura sí se hizo con la ayuda estadounidense pero que se lo realizó “con soldados colombianos”.
Lo que le importa es sembrar la suspicacia y la sospecha y, al menos por ahora, contaminar, con su conocido veneno, el esfuerzo conjunto de los regímenes de Santos y Rafael Correa por llevar adelante una relación que si bien no empata en lo político sí lo hace en lo social, comercial y empresarial.
Bajo mi responsabilidad fueron los operativos militares con hombres y equipos nuestros. Estados Unidos ayudó para detectar ubicación de narco-secuestradores“, añadió en su cuenta de Twitter.
La reacción de Uribe, quien debe estar satisfecho con el bombardeo ideológico en su nueva guerra mediática a escasos meses de que se elija presidente de la República en Colombia (y en la que él no quiere la reelección de Santos), ocurrió tres días después de que el periódico estadounidense The Washington Post publicara un informe que supuestamente revela (como si no lo hubiéramos sospechado) que la CIA ayudó a Colombia con un programa secreto de inteligencia para localizar y matar a líderes de la guerrilla.
Según las noticias de cable, el presidente Rafael Correa calificó el lunes pasado de “gravísimo” este informe.
El mandatario, con razón, señaló que estas revelaciones “afectan las relaciones” de Ecuador con EE.UU. y Colombia, y, “sobre todo, el proceso de paz” que lleva a cabo desde hace un año el presidente Juan Manuel Santos con las FARC en Cuba.
Al leer el comentario del mandatario ecuatoriano, el perverso Uribe estará frotándose las manos porque, justamente, eso es lo que quiere: echar abajo el proceso de paz en Cuba y deteriorar las relaciones de Ecuador con Colombia.
El ministro y excomandante Homero Arellano ha sido agudo: “No sé si la noticia tiene que ver con alguna coincidencia que quiera obnubilar los espacios de gran camaradería y excelentes relaciones con Colombia”.
Sí, tenemos que ser suspicaces y apelar a la memoria.
Recordemos, por ejemplo, cuando se utilizó a una reportera del diario El País de Madrid para publicar “una profunda investigación” (entre comillas”) en la que el título, a dos páginas, aseguraba que “Ecuador es el santuario de la guerrilla colombiana”.
En ese entonces, la publicación de El País, que no tenía ni un solo vocero ecuatoriano y, además, se basaba en “fuentes anónimas”, fue decisiva para que la imagen internacional de Uribe creciera y para que una parte del mundo creyera que el gobierno ecuatoriano era “aliado de las Farc” (lo cual ha quedado sin piso tras la serie de enfrentamientos de nuestras tropas con los irregulares colombianos e, incluso, la muerte de algunos de nuestros soldados en esos encuentros armados).
Las fuentes de aquel reportaje de El País fueron, en especial, “voceros del ejército colombiano que no quisieron identificarse”. Es decir, ¿fuerzas de inteligencia militar de Uribe aliadas con un sector de la influyente prensa internacional?
O cuando el diario El Tiempo de Bogotá exhibió, en portada, una fotografía “equivocada” del ministro de Gobierno ecuatoriano de ese tiempo, Gustavo Larrea, con Raúl Reyes, imagen que no correspondía a la realidad.
¿Quién proporcionó esa foto al diario El Tiempo? No hay que dudar demasiado para saber de dónde salío esa foto.
La nueva guerra mediática de Uribe ha empezado.
Es un halcón. No le gusta que Petro dirija Bogotá, que Santos mantenga excelentes relaciones con el presidente Correa y que Colombia esté caminando en su diálogo de paz, aunque las tres sean decisiones democráticas del pueblo.
Por eso, Ecuador debe estar alerta y prepararse para cualquier evento -incluso el aparentemente más improbable- que en secreto estén diseñando, desde el Pentágono, los políticos guerreristas estadounidenses, la industria bélica norteamericana, la CIA, la NSA y la fanática extrema derecha colombiana.
_____________________
Twitter: rd_bui
Ilustración publicada por Jordi Guzmán