gelman juan

Con la muerte del argentino Juan Gelman no desapareció solo un tierno y sorprendente poeta, sino un aguerrido periodista que dedicó su trabajo de reportero a desnudar el tenebroso poder del Pentágono, de la CIA y de la Casa Blanca para tratar de controlar el mundo y destruir todo aquello que Estados Unidos considera su enemigo.

Desde el día que Gelman murió, el pasado lunes 12 de enero, la prensa local y mundial se ha centrado, quizás por omisión o desconocimiento, en uno solo de los ejes que conformaron la singular vida de este extraordinario personaje: su poesía, quizás la más importante del mundo, en lengua castellana, durante las últimas décadas.

EL POETA Y EL MILITANTE

Pero no fue solo un poeta capaz de escribir los más bellos versos. Tomemos al azar algunos de sus más exquisitos:

“todo lo que me digo es silencio de vos/ pájaro que no vuela/ buey que no ara/ mar que no mara/…”

“el que no anduvo su pasado/ no lo cavó/ no lo comió/ no sabe el misterio que vendrá/ nunca puso su vida/ para el misterio que va a venir/…”

“esperarte es un niño/bajo la lluvia/…/ oye el silencio/ de todas tus criaturas”…”.

“no sé nada de mi corazón/ no sé si se detuvo en mi pecho/ o vaga alrededor de vos/…”.

Fue un guerrillero, un militante, un padre -porque no pudieron matarlo a él- que perdió a su hijo y a su nuera en la sangrienta represión de la dictadura argentina de los años 70 y 80.

EL ERROR Y LA CONSECUENCIA

En una entrevista evocativa, Gelman admitió y advirtió que si la guerrilla argentina perdió en ese largo y desigual combate, fue porque la izquierda subestimó a la derecha y a los poderes fácticos, porque esa izquierda no dimensionó que aquella derecha no tendría un milímetro cúbico de piedad para borrar del mapa a quienes consideraba los temibles adversarios que querían hacer la revolución.

De esa guerra, donde pelearon el sentimentalismo y el idealismo contra un poder que no se dejaría arrebatar nada y que para eso utilizaría toda su capacidad de violencia y crueldad, todas sus armas físicas, psicológicas y de fuego para “extirpar el cáncer marxista”, como decía Pinochet -el vecino, colega y coideario del general Videla-, quedaron más de 70 mil muertos y miles de desaparecidos.

Demasiado dolor, diría alguna vez Gelman, quien perdió a sus más queridos compañeros, combatientes que cayeron bajo las balas de los milicos fascistas o sucumbieron por el infame dolor de la tortura y se hundieron en ella hasta morir.

EL PERIODISMO NO ES POESÍA

Gelman, con el corazón agujereado y con toda la potencia de su sensibilidad en añicos, salió al exilio y desde allí pudo seguir combatiendo con su palabra desde sus dos frentes: la poesía y el periodismo.

Es a Gelman el periodista, al que fuera de Argentina pocos conocen, al que queremos poner en escena hoy al igual que él, desde el oficio, puso en escena el horror de los milicos en el Cono Sur y, luego, las desmedidas ambiciones de los Estados Unidos en el mundo.

A esos temas dedicó su trabajo en el periódico argentino Página 12. A escribir crónicas puras, es decir, textos alejados de toda poesía y cercanos a toda realidad.

En la introducción de la serie Escritos urgentes I y II (editorial Capital Intelectual,  Buenos Aires, 2009), que reseñamos en este post, Luis Gruss escribe que “los escritos urgentes de Gelman desechan lo confesional y los guiños intelectuales, para abordar de manera clara y específica la compleja situación del mundo en el siglo XXI”.

Como periodista –señala Gruss-, Gelman “no abandona la claridad expositiva, la acumulación de pruebas, el máximo rigor que exige el tratamiento de la verdad”.

EE.UU., ¿UN PAÍS PACÍFICO?

Gelman pone en duda el supuesto “ataque terrorista internacional” del 11 de septiembre de 2001 y cita a la famosa actriz Sharon Stone quien, como cientos de artistas, intelectuales, personajes famosos y periodistas de EE.UU, asegura que jamás creyó en esa historia.

Crónica por crónica, el periodista Gelman desnuda los objetivos del Pentágono, la CIA y la Casa Blanca: “la invasión a Irak y Afganistán obedeció a planes de los halcones muy anteriores al 11-9 y su olor a petróleo y a designios imperiales se extendió por el planeta”, dice en Lamento del cabrón. A propósito de los supuestos arrepentimientos de W. Bush, denuncia que en el cambio de Bush con Obama “nunca ha sucedido que el reemplazo se parezca tanto”.

Citando documentos e investigaciones minuciosas y valientes de periodistas -estos sí independientes del poder-, revela, por ejemplo, que el Departamento de Veteranos de Guerra de los EE.UU. “presta servicios de salud a 24 millones de excombatientes de distintas guerras (e invasiones) como Corea, Vietnam, la primera del Golfo, Granada, etcétera, es decir casi al 10 por ciento de la población estadounidense”. El remate de esta crónica llamada Heridos al combate es lapidario: “Hay quien duda de que EE.UU. sea un país pacífico”.

En Fin de Año, Gelman cuenta la historia de Peter Sloter, un excombatiente en Irak que vuelve a su país y no sabe qué hacer con su existencia: “Pete entró a un bar milagrosamente abierto, hombres solos allí, había leído en una revista de medicina que el 14% de los soldados y el 28% de los marines volvían de Irak con trastornos mentales, psicosis de guerra, ansiedad, depresión, pesadillas repetidas. Se volvieron drogadictos y recordaban con frecuencia que mataron niños, mujeres y ancianos, los matamos por las dudas, no eran combatientes, una epidemia de locura, eso, una epidemia”. Y, de nuevo, un final estremecedor: “Y vos, Pete, ¿qué harás?”.

En Honor y muerte, la crónica que cierra el primer tomo de Crónicas Urgentes, narra el suicidio en Irak del coronel norteamericano Ted Westhusing. “Lo encontraron en su tráiler con el orificio de un tiro detrás de su oreja izquierda disparatado por su Berettas 9 milímetros de servicio. En realidad, no se mató él: lo mató su sentido del honor militar”.

Brillante maestro de filosofía y ética militar en la academia West Point, Westhusing quiso servir a su patria conociendo lo que es el combate real. Pero llegado a Irak “se vio cercado por las contradicciones entre el filósofo que se hace preguntas y el soldado que debe obediencia”.

La carta que dejó escrita antes de suicidarse es contundente: “No puedo ser parte de una misión que entraña la corrupción, el abuso de los derechos humanos y la mentira. Estoy harto. Ya no más”.

En los mails que enviaba a su familia, Westhusing se mostraba turbado y confundido, y escribía que “valores militares tradicionales como el deber, el honor y el país habían sido reemplazados por el afán de lucro en Irak, donde EE.UU. ha llegado a depender excesivamente de los contratistas (privados) para tareas que antes hacíamos los militares”. Y en la carta presuicidio dijo: “¿Para qué servir cuando no se puede cumplir la misión, cuando ya no se cree en la causa, cuando cada esfuerzo que uno hace choca con mentiras… Ya no más. Mírense a sí mismos, comandantes. Ustedes no son lo que piensan que son…“.

Y el periodista Gelman, otra vez concluyente: “Hay desilusiones que matan”.

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Fotografía: Archivo personal

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