Alexander Jansson II

Que la prensa escrita está en camino a la obsolencia se comprueba cuando se revisan cada día los contenidos de la gran mayoría de medios impresos ecuatorianos, empeñados en una lucha sin tregua por demostrar que tienen poder, que pueden hacer daño, que olvidaron la esencia de su oficio: escribir para la gente y desde la gente.

La prensa escrita, desconcertada frente a la incapacidad de reflexionar con serenidad, equilibrio y madurez acerca del rol que debe desempeñar en una sociedad que cambia de manera vertiginosa y que demanda nuevas visiones y lecturas, sirve ahora, más que antes, para ventilar odios, rencores, miedos, pasiones ideológicas, revanchas personales, intereses de grupo.

Sus autores suponen que disfrazando los textos de seudoanálisis, seudocomentarios o seudo-opiniones o seudo noticias es posible derrochar todo el encono, el odio, el no entender al otro, el tratar de imponer criterios, el convertir los espacios periodísticos en un ring donde la pelea tiene que ser a muerte y donde alguien –el otro- debe caer vencido.

Muchas de las “noticias” que leemos ya no son noticias. Son versiones personales, políticas, partidistas o empresariales de lo que esos hechos implican, en forma positiva o negativa, para los intereses de la prensa que las emite.

Quienes las escriben y las publican no son esclavos ni están sometidos ni son víctimas de un enorme poder. Si desde sus prejuicios, subjetividades y autocensuras creen eso, se están mintiendo.

Están atados a sus propias cadenas, a su propio pasado, a su incapacidad de entender lo que ahora un ciudadano-lector más consciente y más despierto exige como información que le sea útil, que le oriente, que le dé luces para reflexionar y tomar decisiones.

Están atados a su propia falta de desprendimiento, a su inutilidad para hacer periodismo de la calle y a su fijación en escribir contra el otro, en poner titulares sesgados para que les duela (¿les dolerá?) a quien ellos consideran sus enemigos, en redactar contra el que discrepa, en colocar palabras y conceptos que hieran, que maten al rival, sin darse cuenta que con esas actitudes alejan al lector y, en realidad, se están matando a sí mismos.

Grandes periodistas como Kapucinski o Natchwey han aconsejado siempre que el norte, el objetivo, la razón de ser de los periodistas es la gente común y no, en ningún caso y en ninguna circunstancia, los mismos periodistas. Nuestro oficio son los hechos tal como son, no como quisiéramos que fueran.

Estamos poniéndonos una horca alrededor del cuello si somos nosotros mismos los que escribimos para y desde nosotros mismos, si lo que nos mueve a redactar un texto son nuestros resentimientos, nuestra necedad en creer que tenemos la razón, nuestra ira porque el otro piensa distinto, nuestra incapacidad para entender que vivimos un proceso de cambio profundo, nuestro capricho para creer que ese cambio nos da derecho a decir lo que queramos -desde cualquier punto de vista-, nuestra absurda convicción de que aún es posible torcer la realidad.

Por eso convertimos los hechos en materia prima para verter en las páginas nuestras frustraciones o nuestras venganzas o, simplemente, nuestra decisión de no escuchar los sonidos que emiten los otros.

La prensa escrita se está matando a sí misma cuando sus gestores, sus líderes, sus conductores, sus comentaristas, sus editores y sus redactores muestran terror a que sea cierto que la realidad esté pasando aunque no quieran que pase y, peor, que de alguna forma los afecte.

¿Dónde quedan los discursos de que la prensa tiene un compromiso con el ser humano, con la construcción de una democracia más amplia y plural, con el respeto a la discrepancia, con el deseo de servir a los demás, con la humildad y la sencillez para decir las cosas, con la sensibilidad para entender al lector, al ciudadano y a la gente y escribir desde sus zapatos?

La sensibilidad social implica el desprendimiento personal, el cese de los egos individuales y colectivos, el decir basta a un periodismo moribundo y decadente que se empeña en morderse la cola y envenenarse.

Con escasas excepciones, eso que está haciendo la prensa escrita no parece periodismo. Parece suicidio.

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Twitter: rd_bui

Ilustración de Alexander Jansson (Sad history)