Xochitl Espinosa Flores

“Las personas se hacen cosas horribles las unas a las otras”, cuenta el fotógrafo de guerra estadounidense George Guthrie en el libro ‘Night and Day’, del periodista Tom Stoppard.

El texto trata sobre las experiencias de los corresponsales extranjeros en sus coberturas más difíciles y arriesgadas, pero las reflexiones que deja el libro se aplican a cualquier situación y coyuntura.

Aquellas cosas horribles que ven los reporteros tienen que ser contadas porque, como concluye el propio Guthrie, “no existe nada peor que el silencio”.

Una omisión permite que la oscuridad caiga sobre los hechos, los envuelva en sombras y los oculte para siempre. “Duela a quien le duela –solía decirme un maestro del periodismo- tienes que publicar la verdad”.

Cuando en determinadas situaciones históricas se habla de que la prensa podría desaparecer -por circunstancias políticas, económicas o financieras, o por la competencia cibernética-, es esencial tomar en cuenta quiénes serán los afectados por la potencial ausencia de información noticiosa de calidad.

La sociedad depende de lo que le digan o no le digan los periodistas en los que confía.

Los ciudadanos toman decisiones con base en lo que les cuentan los medios (por eso los medios deben ser éticos y entregar información, no versiones distorsionadas ni interesadas) y la incidencia de lo que les dicen los periodistas tiene que ver con un amplio abanico de posibilidades.

Una persona busca los medios de comunicación para conocer asuntos que van desde lo más simple (cómo tomar un bus para ir a determinada dirección, cómo hacer una gestión tributaria) hasta lo más doloroso y complejo.

En palabras sencillas, tendríamos que concluir que los periodistas tenemos el deber de repartir luz sobre la nación, sobre nuestros lectores, sobre nuestro público.

Pero ese es, justamente, el cuestionamiento y la autocrítica que nos corresponde hacer para cumplir con nuestra principal obligación.

¿Repartir luz? El desafío es gigantesco, porque demanda que los periodistas tengamos conciencia de que cada palabra que escribimos tiene un peso específico y que cada idea que exponemos puede ser la chispa que enciende la pólvora o el agua que calma la sed.

¿Cómo asegurarnos de que somos capaces de repartir luz o, por el contrario, cómo escapar de los engranajes de una enorme maquinaria que arroja sombras sobre la realidad? Tenemos que asumir que los hechos desaparecen de la conciencia colectiva si no se publican y, por tanto, nuestra prioridad es contarlos.

Los testimonios que aparecen en ‘Night and Day’ llevan a Tom Stoppard a una conclusión: los periodistas, además de ser útiles y dar servicio, deben escribir sobre asuntos duros o reveladores.

Y aunque esa narrativa sea incomprendida por quienes cierran los ojos a la realidad o atacada por quienes se sienten descubiertos, la sociedad la necesita para mantenerse lejos de lo oscuro.

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Ilustración de Xóchitl Espinosa Flores