Kevin Corrado. Un sueño desolado.

¿Cómo hacer buen periodismo en medio de una tragedia personal o colectiva?

¿Cuáles son los límites entre informar y gritar la noticia?

¿Por qué decirlo en unos casos y callarlo en otros?

¿En qué circunstancias el trabajo de la prensa pone en duda su propia actitud frente al dolor humano y la dignidad de las personas?

¿Cómo evitar que el producto informativo sea resultado de la prisa, el vértigo, el apuro y la obsesión por la primicia?

¿Pueden las fuentes aprovechar esa vorágine en su beneficio?

Parecerían demasiadas preguntas, pero todas son pertinentes después de que ocurre una tragedia.

La primera lectura es básica, pero imprescindible a la hora de la autocrítica.

El periodismo nacional no está suficientemente preparado para convertir la cobertura de una catástrofe (personal o colectiva) en un excelente producto noticioso.

¿Qué debe incluir este?

Una narración equilibrada, precisa, serena y detallada de los hechos.

Diversidad de voces.

Acceso a fuentes calificadas.

Respeto a las víctimas.

Exclusión de lugares comunes.

Verificación de datos antes de comunicarlos al público.

Contextualización.

Notas referenciales.

Seguimientos…

La segunda lectura es operativa: pese a que existen innumerables estudios sobre impactos de riesgo en el Ecuador, la mayoría de ciudadanos, incluidos los periodistas, no tenemos plena conciencia de la multiplicidad de peligros que nos acechan por golpes de la naturaleza, falta de acciones preventivas, negligencia, impasividad, imprudencia, impericia, violencia…

En lo elemental, se trata de cambiar una actitud y una disposición de ánimo propias del oficio.

Pero, en lo profundo, se trata de contar con una capacidad estratégica que permita diseñar y ejecutar proyectos de contingencia permanente para que la prensa esté lista a cumplir su deber clave: ser útil, prestar servicios, guiar, educar, orientar y hacer pedagogía para que la población sepa qué hacer en momentos críticos y cómo moverse en cada uno de los probables escenarios.

La tercera lectura es más delicada porque tiene relación con la deodontología informativa, la subjetividad personal y la sensibilidad social: los periodistas no solo requerimos habilidades técnicas específicas (solvencia, seguridad, conocimiento) sino, también, fortaleza psicológica, sentido de la compasión, ética del respeto, capacidad de empatía con las víctimas y actitud humanista.

¿Qué se debe mostrar?

¿Qué se debe decir?

¿Qué detalles se deben incluir y cuáles se deben omitir?

¿Quién debe opinar?

¿Cómo elegir la fuente adecuada?

Cubrir tragedias es uno de los desafíos más complicados para el periodismo: en medio de la perplejidad y el dolor, la sociedad hace el escrutinio, discierne, cuestiona, polemiza, exige, demanda, conmina….

Pero justo cuando el humo del más estremecedor episodio empieza a disiparse, justo cuando llega la presunta quietud, es el momento de pensar cuán listos estamos para la siguiente conmoción, cuán capaces somos de distinguir entre contar los hechos, simplemente, con serenidad y madurez, con responsabilidad, o hacer de ellos un producto mediático que venda gracias al morbo de los titulares, de las fotografías, de las historias o de distorsión o exageración de los hechos perjudicando a los deudos, a los familiares y, por supuesto, a la sociedad entera.

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Ilustración  de Kevin Corrado: “A Desolate Dream”.

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