Dominic Rouse

‘En cinco años todavía existirán periódicos impresos. Dentro de una década, no estoy seguro de que sigan existiendo como ahora los conocemos. Lo único seguro es que los diarios sobrevivirán en la medida en que los periodistas luchemos para que existan”.

La reflexión la hace el español José Luis Cebrián, alto y cuestionado ejecutivo de El País de Madrid, un monstruo mediático que no ha podido escapar de la doble crisis que viven los más importantes diarios en el mundo: por un lado los amenazan los graves problemas económicos y, por otro, la consistente pérdida de lectores y la expresión de nuevas tendencias, temas y protagonistas.

El maremoto financiero arrasa con centenares de empresas periodísticas. Pregunten, si no, a ciertos periódicos ecuatorianos otrora omnipotententes.

En América Latina y en nuestro país, decenas de medios intentan sobrevivir optando por reducir la cantidad de páginas o el tamaño del periódico, bajar el número de empleados con masivos despidos inhumanos, cambiar su frecuencia diaria a semanal, quincenal o mensual, volver a modelos dominicales de los años 90, repensar sus estrategias de mercadeo y aspirar a que la crisis no dure demasiado.

“El enorme crecimiento de los diarios en el siglo pasado se debió a la capacidad de comunicar –dice el investigador mediático Víctor Contreras-“.

“Hasta hace poco tiempo no había mejor manera para enterarse de la vida.

“Los periódicos eran la biblia de la democracia, pero sus lectores y sus agendas han venido envejeciendo (sin entender los cambios de la historia ni entender cómo piensan sus nuevos públicos): ahora los jóvenes disfrutan su tiempo entre pantallas y teclados y los diarios van dejando de ser los espacios para el debate social y los únicos proveedores informativos”.

Los graves conflictos financieros, por tanto, son solo una parte del problema: la otra –más grave- es su incapacidad de reinvención.

Internet está transformando la manera en que las personas se informan, se comunican, se enteran de los hechos, conocen lo que está de moda, acceden a ofertas de productos, hacen amigos, deliberan sobre los temas más diversos con entera libertad (y sin autocensuras), hacen sus propias agendas noticiosas.

¿Cuáles son las consecuencias de esta inevitable revolución digital para los diarios tradicionales?

El mundo asiste al despertar de un ciudadano crítico y muy enterado, que no pide más información (porque ya la tiene) sino mejor información: sobre todo, analítica e investigativa, que dice ya basta al acuerdo tácito entre editorialistas con el mismo discurso del siglo pasado, que quiere una prensa cuyo rol social sea dar luces para que la sociedad tome decisiones, que no quiere una prensa que se crea capaz de controlar el mundo.

En un reciente taller de periodismo, una preocupada reportera preguntaba cuáles son los derroteros del oficio. Otra consultó “qué deberíamos hacer para salvarnos”.

Muchos dueños de medios, que durante décadas disfrutaron de las mieles de su cuarto poder, viven esa angustia y no encuentran respuesta: creen que alguien les quitó la hegemonía y, por tanto, ellos no tienen la culpa por su estancamiento.

¿Mártires de las circunstancias y la coyuntura?

El camino es ser consecuentes con la esencia del oficio.

Como decía el dramaturgo Arthur Miller: “Un diario es una sociedad hablándose a sí misma”.

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Ilustración de Dominic Rouse

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