23 de febrero

Votar porque hacerlo es un compromiso moral, como decía Sócrates.

Votar porque, según Platón, el deber del ciudadano es la participación en los asuntos de la “polis”.

Votar contra el viejo poder conservador, ese viejo poder que celebra el naturalismo social del neoliberalismo. La reinstalación de valores trucados, el dinamismo conmovedor, la religiosidad pueril (…), una manera de que la horda estreche sus filas (…)”, como afirmaba Jean Baudrillard.

Votar contra quienes contaminaron la historia y se alinearon con Ignacio de Vintimilla y Gabriel García Moreno, incitaron al asesinato del general Eloy Alfaro, boicotearon la revolución popular de mayo del 44, utilizaron y maniataron cinco veces a José María Velasco Ibarra, ascendiéndolo al poder hasta que ejecutara sus designios y derrocándolo cuando ya no les era útil.

Votar contra quienes fueron cómplices de las dictaduras militares de los años 60 y 70, estimularon “la mano dura” del más nefasto presidente que ha tenido el Ecuador, León Febres Cordero, y aplaudieron la llegada al poder de otro nefasto régimen: el de Jamil Mahuad.

Votar contra quienes hasta ahora representan o fueron parte de esos dos gobiernos que destruyeron sueños y que fueron una pesadilla para millones de ciudadanos cuya vida se volvió gris.

“En todas las épocas y en todas las latitudes, la (derecha) ha apostado siempre al analfabetismo, a la ignorancia, a las tinieblas (…). Está convencida de que cuando menor sea el nivel cultural de las clases populares, menos incentivos hallarán éstas para las luchas reivindicativas, para la rebeldía”, señala el periodista mexicano Carlos Fazio, experto en estudiar la construcción social del miedo en México por parte de una derecha que controla el país desde hace un siglo.

Votar contra las obsoletas líneas editoriales de los medios de comunicación tradicionales, dirigidas desde la arrogancia de los grandes poderes económicos.

Votar para no volver al país donde por muchas décadas triunfaron las ocultas alianzas golpistas o manipuladoras y los intereses particulares a nombre de una “libertad de prensa” y “libertad de expresión” que la ejercieron a su antojo.

 Votar por una permanente rendición de cuentas a los ciudadanos y por la transparencia y la honestidad de los líderes.

Votar con la certeza de que quienes nos gobiernan son seres humanos que pueden equivocarse, pero que desde su ética más profunda pueden y deben ser capaces de asumir un riguroso proceso autocrítico que los obligue a cambiar lo que estén haciendo mal.

Votar contra las máscaras reinventadas y los nombres reciclados.

Votar por un país que no retroceda a sus peores años.

Votar por un país independiente, autónomo, libre del perverso juego de ajedrez de las grandes potencias mundiales.

Como cuenta Eduardo Galeano, alguna vez leyó en un muro que hay que votar contra quienes “se morirán de nostalgia, pero no volverán”.

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