Una primera pincelada sobre el 23F F

Aclaro que este artículo fue escrito el viernes pasado, bajo el silencio electoral, en medio de la sed por la ley seca y con las tensiones en su máximo nivel.
¿Quiénes ganaron? ¿Quiénes perdieron?¿Cambió la correlación de fuerzas políticas luego de los resultados?
Un día después de que los ciudadanos asistieran a las urnas y depositaran su voto, entiendo que el chuchaqui será fuerte para unos y la algarabía intensa para otros.
Pero ahí no está la clave de lo que habrá sucedido ayer. Todos los partidos y candidatos, incluidos, por supuesto, los de PAIS, tendrán que mirar ahora las cifras con serenidad, con inteligencia, con calma y, sobre todo, con visión de futuro.
Lamentarse o sentirse triunfalista no tiene sentido para el proyecto -aunque parece que a algunos no les gusta la palabra- que los ecuatorianos estamos obligados a construir para mejorar nuestra vida, colectiva e individual, en los próximos años.
Lo que correspondería a un político responsable y a sus equipos de estrategas, comunicadores, asesores, colaboradores y militantes es entrar en un proceso autocrítico muy riguroso, aunque él hubiera ganado los comicios y, mucho más, si los habría perdido.
Pero no seamos ingenuos. Eso no lo van a hacer todos los políticos.
Lo harán únicamente quienes en realidad aman a su nación y a su ciudad y a su gente, quienes realmente hacen militancia ideológica porque creen en la necesidad de aportar y contribuir para el cambio profundo de todo lo que está mal en el Ecuador contemporáneo.
Estas preguntas son las que los ciudadanos de a pie esperamos no solo de quienes fueron nuestros electos sino de todos los que hacen política:
¿Qué aprendimos de este proceso electoral que acaba de terminar?
¿Qué tanto fuimos capaces de entender las necesidades de la gente común?
¿En qué medida nos dejamos llevar por los consultores, encuestadores y mercadólogos en lugar de seguir nuestras intuiciones y, sobre todo, escuchar de las personas sus reclamos, esperanzas, malestares y necesidades concretas, específicas, mediatas e inmediatas?
¿Hasta qué punto nos equivocamos al sobrevalorarnos o minimizarnos antes y durante el proceso electoral?
¿Por qué no fuimos capaces de diseñar una campaña basada en lo que hablan las calles, en lo que clama la gente, y no en lo que nos dicen u ordenan las tácticas no siempre objetivas y no siempre basadas en la “realidad real”?
Los políticos responsables deben hacerse estos y otros cuestionamientos. Aprender de ellos. Madurar estratégicamente. De lo contrario, cada elección será una repetición de la anterior. Y ya sabemos que los errores se pagan en las urnas. Y que es el país el que sufre las consecuencias.

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Fotografía de Olivier Valsecchi