Chema Madoz I

Es inocultable el aire de triunfalismo que circula por los grandes medios de comunicación impresos, las radiodifusoras y los canales de televisión luego de los resultados electorales del 23F.

No se va de mi memoria la amplísima sonrisa de Alfonso Espinosa de los Monteros cuando entrevistaba el domingo por la noche al tetracampeón de la alcaldía de Guayaquil. Espinosa parecía más feliz que el propio Jaime Nebot.

Leo columnas de opinión en el periódico guayaquileño pro-socialcristiano que, ahora sí, no hablan de dictadura, no hablan de control de todos los poderes, no hablan de elecciones amañadas, no. Nada de eso. Miren lo que dice uno de sus mentores:

“Las elecciones seccionales han marcado un importante paso en la consolidación de nuestra democracia (…). La convivencia de una diversidad política bajo el techo de una misma nación no es una novedad y menos el signo de un cataclismo. Todo lo contrario”.

Y veo una carta cuyo título es absurdo si repasamos el primer párrafo. Se llama “Madurez política”, pero observen lo que dice:

“Y (al pueblo ecuatoriano) los conceptos y promesas le entran por un oído y le salen por el otro. No calan. Como no ha calado el etéreo concepto de Revolución Ciudadana. Eso se llama madurez política. ¡Bravo, pueblo ecuatoriano! Viva la democracia y viva el Ecuador”.

¿”Madurez política” es subestimar así al pueblo? ¿”Madurez política” es decir, con desfachatez, que a los ciudadanos los conceptos les entran por un oído y les salgan por el otro?

¿No es eso inmadurez, infantilismo, falta de comprensión de las cosas? ¿Hay en Guayaquil una votación sumisa porque el líder local no educa al ciudadano para que reflexione, tome decisiones sensatas, se sienta dueño de su destino? ¿Votación sumisa porque los periódicos nunca han sido críticos con sus líderes y padrinos?

Un diario quiteño, con un amplio titular de tono seudo-académico, asegura que “el voto correísta se ruraliza” y, como si ya fuera una certeza, escribe en el antetítulo que “el oficialismo pierde en la mayoría de ciudades más pobladas”.

El deseo por sobre la realidad: “El revés en las alcaldías se acentúa”. Así afirma a seis columnas el otro diario capitalino al cual la fundación que dirigía el alcalde electo este domingo le hizo trabajos académicos durante los cuatro inútiles años en los que, junto al gremio de dueños de periódicos, luchaban por bloquear la Ley de Comunicación.

“Rodas abre las puertas de su casa y habla de su proyecto”, dice otro diario de tamaño tabloide. Adentro, en la página 2, un gran titular en letras de imprenta y a dos líneas resume “el proyecto” del nuevo alcalde con una frase de Perogrullo: “Lo fundamental es servir a la gente”. ¿En serio?

Y en el aquel diario seudo-académico, el remate del brillante analista monotemático: “Entender qué ocurrió el 23F debería empezar por devolver el significado a las palabras. Llamar a una derrota, una derrota”.

Pero el triunfalismo coyuntural de los grandes medios, que a nombre de independencia hacen oposición, también debería llamar a un espejismo, espejismo.

Porque ese triunfalismo sería un pasajero soplo de viento si los máximos dirigentes de PAIS, incluido el Presidente, que ahora han decidido declararse ganadores, reconocieran sus errores estratégicos, sus erradas lecturas de las encuestas, su no escuchar lo que gritaban las calles, su no oír el mensaje que le estaba dando Quito y las inconsistencias de una campaña omnipresente pero inefectiva.

Si dejaran de pensar que la socialdemocracia reencauchada en un partido que hoy se jacta de ser el segundo más votado, debió ser el aliado “natural”…

Si a este presunto partido que se proclama “el segundo más votado” y supuestamente leal al Gobierno, le restaran los votos de sus extrañas alianzas con el PRE, con CREO, con SUMA y se dieran cuenta el grave error que entraña confiar en un caballo de Troya.

La responsabilidad histórica de la dirigencia de PAIS sería fortalecer a sus mejores cuadros y hacer pedagogía ideológica con quienes estén decididos a una militancia sincera, consecuente y firme, sin fanatismos ni absolutos.

La responsabilidad histórica de la dirigencia de PAIS sería entrar en un proceso inmediato de autocrítica rigurosa para depurar el fanatismo y la arrogancia de ciertos funcionarios, ministros y militantes.

¿Todo eso quiere decir que esta vez la prensa ganó la partida? No.

Su triunfo habría sido dejar los convencionalismos y el facilismo a un lado y arriesgarse a ser distintos.

¿Qué nueva propuesta de fondo y forma hicieron durante la cobertura de la campaña como para sentirse orgullosos de los resultados, aparte de que, supongo, sentirán satisfecha una pequeña revancha ideológica?

¿Cuánto espacio dieron a los ciudadanos en relación al que abrieron para los candidatos?

¿Cuánto entendieron los medios lo que la gente de Quito y Cuenca y Guayaquil y otras ciudades más pequeñas está demandando, si realmente lo averiguaron en las calles y con la gente común?

¿Qué puesta en escena creativa y sorprendente propusieron a su público?

La prensa también perdió, porque no planteó nada distinto. Sus coberturas, las de siempre. Sus estructuras informativas, las de siempre. Sus militancias, las de siempre. ¿Serán capaces de cambiar o seguirán de espaldas a la realidad?

Al movimiento PAIS le toca una autocrítica rigurosa muy sincera, sin eufemismos. Pero también a los medios de comunicación opositores.

En la larga batalla por consolidar un proyecto de cambio profundo o de mantener el status quo, ganará quien mejor asimile sus errores y quien sea capaz de jugarse por decisiones estructurales con visión de futuro.

Así que en las salas de redacción, por favor, tampoco sonrían demasiado.

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Ilustración de Chema Madoz

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