vene

El verdadero horror en Venezuela es no tener certeza de lo que realmente está ocurriendo en sus calles, en sus barrios, en sus ciudades, en sus estados, en su país. ¿Una “brutal represión gubernamental”? ¿Un “levantamiento popular” auténtico? ¿Una “sublevación” ciudadana cansada de los errores de sus gobernantes? ¿”Un plan desestabilizador”?

El verdadero horror en Venezuela es que nos encontramos ante el poder de una prensa con alcance mundial que nos dice cualquier cosa, que nos informa o nos “informa” cualquier cosa, que nos pone fotos trucadas o de otros incidentes en otros países, que habla de muertos, heridos y detenidos pero no quiere, no desea, no le importa, no le conviene explicar por qué, cómo, cuándo, cuántos, quiénes, de dónde salen los disparos, a qué sector le conviene la crisis. Una prensa reflexiva, analítica y equilibrada nos daría la pauta. ¿Es tan temerario pedir algo tan sencillo o es que en Venezuela se juega el futuro de la izquierda y de la derecha en América Latina?

El verdadero horror en Venezuela es la guerra mediática que se basa en la manipulación, en el lavado de conciencias, en el sensacionalismo, en la polarización, en la imposibilidad de saber qué porcentaje de lo que nos dicen es verdad y qué porcentaje es mentira.

“En la práctica, más allá de su color (blanca, gris o negra), el 95% del contenido del contenido de la propaganda eficaz en verídica. El propagandista espera que el resto, ese 5% vital, oculto por una espesa capa de verdades evidentes, se lo trague el destinatario”, explica el periodista mexicano Carlos Fazio (2013).

La guerra psicológica –añade- utiliza una caracterización simplista y maniquea (bueno/malo, negro/blanco) para describir al enemigo. El propagandista debe utilizar las palabras claves capaces de estigmatizar al contrario y activar reacciones populares (…). Uno de los objetivos de la propaganda de guerra es sustituir el razonamiento por las pasiones y convencer a la población de la necesidad de participar en una misión purificadora, reinvindicadora o justiciera”.

En su libro “Cómo funciona el mundo”, Noam Chomsky también advierte sobre el perverso juego de los grandes medios de comunicación del planeta cuando quieren masificar un mensaje o crear situaciones de horror colectivo: “Siempre hace falta algo para asustar a las personas, para evitar que presten atención a los que les está pasando en lo concreto. Hay que encontrar la manera de sembrar el miedo y el odio para canalizar toda la furia…”.

¿Son los poderosas cadenas de televisión estadounidense y las grandes agencias internacionales de noticias las que nos están marcando pautas de lo que debemos pensar acerca de la situación venezolana?

Todo hace pensar que sí, con el agravante de que en nuestros países es, justamente, esa información y no otra (la de las cadenas de TV alternativas, por ejemplo) la que nos llega con más impacto y frecuencia y costumbre, con el propósito de amoldar nuestra conciencia, nuestros pensamientos, nuestras creencias y nuestros puntos de vista a lo que interesa geopolíticamente a Washington.

¿Cuánto debemos, entonces, creer a CNN o a Televisa o a Univisión o a la ultraderechista Fox News? Quizás poco, quizás nada.

O, mejor, creerles al revés, es decir, concluir precisamente todo lo contrario de lo que esas cadenas pretenden que concluyamos.

La Casa Blanca, opina Chomsky, es experta es crear enemigos: “El propósito social de los medios es defender los intereses económicos y políticos de los grupos privilegiados que dominan la sociedad y el estado en Estados Unidos”.

¿Les importa, por tanto, a esos medios, bucear en las raíces del conflicto, ser equilibrados y justos, decir toda la realidad y no retazos de ella, contar los hechos o alterarlos a su conveniencia?

No, responde Chomsky. “Lo que en realidad les importa son los deseos de las personas que poseen y controlan los medios de comunicación”.

¿Qué guerra o qué conflicto estamos viendo? ¿De qué rebelión popular, de qué represión oficial, de qué disparos, de qué muertos y de qué torturas estamos hablando si, como dice Chomsky, “para las élites, la democracia siempre representa una gran amenaza de la que hay que defenderse”.

¿Cómo defienden las élites sus espacios y cómo hacen para no permitir una auténtica democratización de la sociedad?

Según Facio, el periodista estadounidense Michael Massing atribuye “la sumisión de la prensa (norteamericana”)  a la habilidad de Washington para controlar el flujo de información”.

“El gran problema de la prensa estadounidense es su mentalidad de manada: una tendencia orgánica a no discrepar demasiado del consenso prevaleciente” (Facio, 2013).

¿Qué pasa en Venezuela, entonces? ¿Cuál es el verdadero horror? Que algunas fuerzas oscuras intentan que creamos sus artificios, sus ficciones, sus deseos de que la realidad sea como ellas quisieran que fuera y no como realmente es.

El grave problema es que los latinoamericanos queremos saber qué es lo que realmente está ocurriendo en Venezuela y no tenemos toda la información, no tenemos ni la mitad de la información. No tenemos información suficiente.

Y sin embargo nos atrevemos a juzgar. Tomamos partido. Creemos que son ciertas muchas de las fotografías y escenas que aparecen como tomadas en las calles venezolanas, aunque al menos una veintena de ellas ya se ha comprobado que fueron captadas en otros conflictos, incluso de países lejanos.

La ignorancia hace que asumamos solidaridades y posiciones políticas superficiales y equívocas en la medida en que no están basadas en el conocimiento profundo e imaginamos que es cierto o que no es cierto.

El verdadero horror en Venezuela es nuestra impotencia para conocer la dimensión de ese horror y para tener la certeza de que es verdadero.

El verdadero horror en Venezuela es el gran telón mediático que cubre lo que está ocurriendo, un telón donde la gran prensa oculta, tergiversa, cambia, altera, entrega verdades a medias y hace la narrativa de unos hechos que quizás estén ocurriendo o no detrás de ese telón.

Que quizás sean terribles y dolorosas para la mayoría de la población. O que quizás no alcanzan esa dimensión sino que son manifestaciones esporádicas donde predominan los enfrentamientos entre estudiantes y policías.

Yo no lo sé. No tengo certezas de cómo empezó todo, quiénes son los muertos. Cuánta verdad hay en las denuncias de tortura y masacre.

Y eso me horroriza.

Aparte de los fanáticos antichavistas que pululan en América Latina y los cándidos senadores de EE.UU. (sí, los amigos de los Isaías) que desde Washington piden ayuda económica para los manifestantes y sanciones económicas para el gobierno de Maduro, ¿alguien que no esté allá viviendo esos sucesos se atrevería a decir, con seguridad y con pruebas, cuál es la dimensión del conflicto, cuáles son los verdaderos mentalizadores y quién está detrás?

Les ayudo un poco.

El general en jefe del comando sur norteamericano (con base en Panamá) acaba de “predecir” la catástrofe que se viene en Venezuela. ¿Ya tiene listo a su ejército para “entrar y pacificar”, como usualmente hacen luego de provocar ellos mismos las guerras civiles?

El diputado republicano ofrece 15 millones de dólares a la “prensa independiente”, que pese a recibir ese dinero seguirá llamándose “independiente” (¿de qué o de quién?), como El Mercurio de Chile cuando ayudó a crear las condiciones para el golpe contra Allende luego de que recibió de la CIA un millón y medio de dólares en 1970?

¿Ya tienen listo el plan para imprimir portadas con la foto del triunfante ejército gringo y lanzar a la calle las “ediciones libertarias”? ¿Ya está lista la  SIP -fundada  en los años 40 junto con la naciente CIA- para apoyar “incondicionalmente” a sus miembros?

Saquen ustedes sus conclusiones.

__________________

Ilustración de Zorik Istomin