Enzzo Barrena

La siguiente historia me la contó un colega, catedrático universitario. Por respeto a las personas y a la institución no pondré nombres.

Hace un año, cuando empezó el curso básico, el colega se sorprendió de que un conocido personaje de los medios, super jefe, hiper editor y directivo, estuviera sentado en uno de los pupitres del aula de los estudiantes del primer semestre.

Mezclado con chicos de 17 y 18 años, de los cuales muchos se habían matriculado con escepticismo y pocos con vocación, la presencia de quien vamos a llamar señor Y era inusual: él rebasa los 62 años de edad.

¿Qué hacía allí alguien como el señor Y, que en su momento fue un influyente hiper director de noticias, jefe de la mesa de editores, que manejaba la información según el gusto y las órdenes de los dueños del medio donde trabajaba?

Mi colega, a ratos, tenían ganas de pedir al señor Y que las clases las diera él, con tanta experiencia acumulada, aunque con graves distorsiones en sus tesis.

Le asombraba verlo llegar puntual y mantener durante la clase una actitud humilde.

Pasó los dos primeros semestres. Obtuvo las mejores notas, cumplió las exigencias académicas, entregó trabajos bien presentados e investigados…

La curiosidad se satisfizo el último día del segundo semestre. El señor Y terminó el examen, lo firmó, se puso de pie y entregó el cuestionario lleno.

Mi colega se quedó absorto cuando el señor Y, con un tono de voz bajo, le agradeció y le explicó por qué había decidido estudiar periodismo ahora y no antes.

El señor Y pasó décadas “poniéndose la camiseta” y “sintiéndose de la familia” del medio. Incluso daba discursos a los periodistas y subalternos sobre la necesidad de sentirse “un grupo compacto” para ser los mejores del país.

Pero, de repente, cambió de manos la propiedad del medio donde laboró una década y media. Y él fue uno de los primeros en salir.

Después le sucedió algo parecido: años de trabajo, dedicación y defensa irrestricta, incluso debiendo tragarse sus conflictos éticos, hasta que también el segundo medio cambió de dueño y lo botaron.

Ahora el señor Y estudia periodismo en el umbral de los años, bajo el peso de una soledad insólita y la nostalgia de un “cuarto poder” que, a la final, resultó efímero.

En el centro de una soledad mediática y en medio de su actual incapacidad para influir en lo más mínimo en la sociedad como lo hacía cuando era el mandamás del medio, dice que está consciente de que pudo haber hecho las cosas al revés.

Primero, entender que el periodista es periodista por sobre cualquier coyuntura empresarial, política o económica. Que no debe obedecer, sino reflexionar y decidir. Que debe pensar. Que su deber no es defender al dueño del medio, sino a la mayoría de la sociedad.

Segundo, comprender que la pasión por el periodismo tiene relación con la manera en que se ejerce el oficio, no la forma cómo se resguardan y protegen las empresas del dueño, de los accionistas y de los principales anunciantes, a quienes en un medio privado siempre te instruyen que “no debes toparles ni con el pétalo de una rosa”.

Un periodista –había expuesto el otro día en una clase- es alguien que por diversas circunstancias puede estar en uno u otro medio, de una tendencia u otra, pero, siempre, está obligado a ejercer su propia ética a la luz de sus valores, moral y compromiso social, haciendo cada día el mejor trabajo posible.

Y aunque nunca más vuelva a ocupar cargos en un medio, el señor Y quiere graduarse y quedar en paz con su conciencia.

Sobre todo porque ahora, finalmente, logró entender que el periodista no debe ser perro guardián de intereses particulares.

Porque los intereses particulares, siempre, terminan dando una patada en el traste a su perro guardián una vez que a este se le desgastan los colmillos.

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Ilustración de Enzo Barrena