Kyle Thompon

Son las tres de la tarde. Se los ve cansados, irritables, apurados, atrapados en la rutina de ir a un lado y otro durante todo el día, muchas veces sin comer bien, sin descansar un momento, teniendo que asumir aquello que los inventores de la sobreexplotación llaman “reportero multimedia (que usa todas las herramientas digitales)  y 24/7 (trabajar o estar alerta y dejarlo todo las 24 horas días y los siete días de la semana)”.

El reportero multimedia hace el trabajo de tres personas, pero solo le pagan como si fuera una. Reportea, escribe, graba en video, pone el audio, twittea, tiene que conocer, algo al menos, de cada uno de los temas (a veces cinco, a veces seis diarios).

Sus jefes, que no son ni multimedia ni 24/7, tratan de convencerlos todos los días de que hacer todas aquellas tareas los convierte en multireporteros.

Pero no. Solo lo convierte en multiexplotados.

Veamos una escena cotidiana.

Listo para el metafórico fusilamiento, con cámaras que lo apuntan directamente y con potentes luces que le dificultan mirar a sus interlocutores, el personaje se sienta, saluda, explica la razón de la convocatoria y queda a la disposición de los reporteros.

La reportera que está junto a la puerta, que trabaja en un supuestamente poderoso periódico local, le pregunta justo lo que el personaje había dicho al empezar la rueda de prensa.

Conclusión: llegó atrasada. Tuvo que cubrir dos notas más antes de venir a esta. Una en el norte y otra en el centro. Llovía. Había congestión vehicular. No tiene fotógrafo pero tiene cámara. Y tiene grabadora digital y smartphone. Le toca ser multimedia. ¿Cuál es el problema?

Del otro lado, una reportera que tiene que enviar seis notas diarias a su radio interrumpe la segunda respuesta del personaje y le obliga a que la mire, pero al mirarla él queda en posición perpendicular a las cámaras de televisión.

El jefe de relaciones públicas le pide que, por favor, se ponga de frente porque está estorbando el trabajo de sus compañeros, pero ella dice que no puede, porque solo graba sus preguntas y sus respuestas. Tiene que ganar tiempo para alcanzar a hacerlo todo en el horario normal, porque no le pagan horas extras. Es semimultimedia: debe enviar por teléfono la nota para salir en vivo y luego ir a la radio, redactar, editar, poner los audios, entregar la nota.

Frente al personaje, otra reportera de otro periódico hace una pregunta precisa, clara y difícil. Sabe de lo que está hablando. No estaba previsto que ella conociera ese tema y el personaje tampoco estaba listo para responder algo así. Conclusión: es una buena periodista que, como se debe ser, se informa antes de asistir a una conferencia de prensa, a pesar de que también debe entregar mínimo cuatro notas a su diario. ¿Cómo lo hace? Trabajando diez u once horas diarias. Sin horas extras. Porque, recuérdenlo: es 24/7.

La reportera, como debe ser, se dispone a repreguntar, pero le interrumpe una colega de un canal de TV, que pasa a inquirir sobre un asunto irrelevante, que deja al personaje que respire y que le diga “cuando usted quiera, señorita, entre a su computadora y verá que nuestros servicios son absolutamente eficientes”. Ella dice “gracias” y mira el reloj. Debe salir, urgente, a otra cobertura. Y luego tiene que ir a otra. Un tema es económico, otro es municipal, otro es de farándula. Ella es multimedia, así que debe conocerlo todo.

Conclusión: ¿a los grandes medios de verdad les importa la situación de sus reporteros? No, les importa que consigan la noticia escandalosa, sensacionalista o “vendedora”.

¿En qué casos les importaría? Si afectara a la empresa, a sus accionistas o a los empresarios o a los políticos “de oposición”. No si afectara a los salarios de los reporteros, al incumplimiento de la cancelación de salarios, al pago de horas extras o a los frecuentes despidos masivos.

Pero, como no es el caso, se van, llaman al jefe y le dicen “ninguna novedad”.

No se dan cuenta que son ellos son, hace rato, sobreexplotados. O, si lo saben, no tienen salida: la falta de alternativas de empleo les obliga a resignarse a un trato inhumano y a unas condiciones precarias de trabajo.

Muchos reporteros no reciben utilidades anuales con el pretexto empresarial de que hay crisis de lectores o que “ha comprado equipos precisamente para que hagan mejor su trabajo” o que se viene un despido masivo (tan en boga en los últimos meses en los grandes periódicos ecuatorianos).

No obstante, los dueños y los super jefes les consuelan con el hecho de que son reporteros que conocen de todo. Y, lo más importante, que son multimedia. Y que, heroicos y vocacionales, son 24/7. Orgullosamente explotados.

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Ilustración de Kyle Thompson