JUAN PABLO II Y LFC

¿Cuál es el verdadero milagro que hizo el Papa Juan Pablo II para ser elevado, en un proceso vaticanista inusualmente acelerado, a la categoría de “santo” de la iglesia católica, justamente cuando la ONU pide a la jerarquía que deje de encubrir a los curas pederastas, que en tiempos de este inminente “santo” disfrutaron de una impunidad sin límite?

¿Por qué la entronización se la hará en dúo, junto al papa Juan XXIII, este sí un ícono de la nueva iglesia, un líder que impulsó el concepto de la vocación por los pobres mediante el apoyo a la Teología de la Liberación, luego perseguida y confinada al olvido por Juan Pablo II?

Algunos jóvenes que lean este post no recordarán a Juan XXIII, pero sí a Juan Pablo II.

Y es lógico: el primero, además de su modestia y su manera prudente y humilde de conducir a los católicos, nunca buscó protagonismo político ni mediático. Y estuvo al frente del Vaticano hace ya cincuenta años.

Al segundo, sí, por las dos cosas: por el influyente actor político que ayudó en su plan de echar abajo el muro de Berlín y contribuir a la desaparición del socialismo del este europeo, y por el personaje global-mediático que la prensa fortaleció y le dio un carácter de “incuestionable” líder espiritual e ideológico del mundo.

¿Esta dualidad será producto de la habilidad del papa Francisco de bajar el perfil de las posibles críticas a la santificación del polaco Karol Wojtila, casi inmediatamente después de poquísimos años de su muerte, con el emparejamiento ceremonial junto al papa de los pobres, Juan XXIII?

Yo creo que sí. El pontífice Francisco es un político que sabe moverse en los pantanosos territorios de las cuestiones políticas terrenales.

Pero, ya lo hemos dicho, Wojtila es una eminencia imposible de olvidar no solamente por su rol geopolítico clave, ligado a las estrategias del presidente norteamericano Ronald Reagan para desaparecer del mapa a “los comunistas”, a la Unión Soviética y a sus países aliados, sino porque nosotros los periodistas, contribuimos sin reflexión ni contexto ni discernimiento a la mitificación y mistificación de Juan Pablo II.

“La Curia tiene un defecto: es vaticano-céntrica. Ve y se ocupa de los intereses del Vaticano y olvida al mundo. No comparto esta visión y haré de todo para cambiarla”. Lo ha dicho el papa Francisco.

¿En cuánto contribuimos los medios y los periodistas, durante el extenso papado de Juan Pablo II, a esa mirada egoísta e interesada del Vaticano (todo lo contrario de lo que pregona el catolicismo), a esa mirada sobre todo política, económica e ideológica del mundo, a esa mirada corrupta y psicótica que desató la pederastia en miles de curas sobre niños inocentes?

Me parece que en mucho. Basta revisar lo que hicimos en 1985 en el Ecuador cuando vino Wojtila, justamente en el gobierno de uno de los más nefastos, violentos e intolerantes mandatarios que ha tenido el Ecuador: el presidente León Febres Cordero, a quien el papa le dio la comunión.

¿No se supone, en la mitología dogmática católica, que quien recibe la comunión es aquel que no ha pecado o ha sido perdonado por un sacerdote, a nombre de Dios, luego de la confesión de sus culpas?

¿Tendríamos que asumir que Febres Cordero no se consideraba culpable o que fue absuelto por Wojtila, pese a que condujo un gobierno donde hubo muertos, perseguidos, torturados y acosados?

¿Recuerdan, quienes vivieron aquel tiempo, los amplísimos despliegues periodísticos, con los detalles más ínfimos, de la presencia de aquel pontífice en el Ecuador?

¿Recuerdan cómo actuamos en la prensa escrita, la radio y la televisión?

¿Recuerdan el silencio sobre las denuncias de abusos sexuales de sacerdotes a niños?

¿Con qué veneración o con qué ninguna crítica cubrimos todo lo que hacía el papa, incluida aquella entrega de la hostia al presidente de entonces?

Fuimos, además, cómplices del juego de convertir en líder mundial a Wojtila, nombrado papa justamente cuando se necesitaba un “líder espiritual” que empujara la caída de la estancada Europa marxista.

¿En cuánto contribuimos los medios y los periodistas a esa mirada del mundo por parte de nuestras audiencias y los ciudadanos?

¿Tendríamos que asumir también que Pinochet o Videla no se consideraban pecadores?

Alberto Royo Mejía, en su blog Iglesia en el Mundo, dice que “Mijail Gorbachov, el líder soviético encargado de completar el trabajo, no tuvo reparos en reconocer públicamente que la intervención de Juan Pablo II fue decisiva en los acontecimientos que culminaron, en noviembre de 1989, con el derribo del muro de Berlín y con todo el sistema comunista en Europa”.

La periodista Vicky Peláez, de La Prensa, es mucho más contundente y nos ahorra argumentos:

El mundo católico no para de llorar por la muerte de Juan Pablo II. El lamento por su desaparición ha resonado en todo el orbe al punto que ya se alzan voces proponiendo se santifique a Karol Wojtyla por su obra mundial.

“Pero una cosa es estar triste y otra cosa es cerrar los ojos a hechos no tan santos como cuando dio su respaldo a los dictadores de turno de América Latina y le volteó la espalda a hombres como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, que denunciaban la matanza de los desposeídos de su pueblo.

“¿Quién no se acuerda de sus fotos hablando amenamente con Augusto Pinochet, bendiciéndolo en abril de 1987 y posteriormente saliendo con el dictador al balcón del Palacio de la Moneda donde murió trágicamente Salvador Allende? También los archivos guardan la felicitación personal del papa a Pinochet con motivo de sus bodas de oro”.

En 1999 abogó por la liberación de Pinochet cuando fue detenido en Londres. Mientras que sus relaciones con el jefe de la junta militar de Argentina, general Jorge Videla eran cordiales, jamás quiso recibir a las Madres de la Plaza de Mayo que anhelaban pedirle ayuda para saber sobre sus hijos y nietos, según se quejaron siempre ellas.

Alfredo Stroessner, de Paraguay, y Alberto Fujimori, de Perú (otros dos sangrientos y corruptos dictadores), también fueron recibidos y bendecidos por el pontífice.

El expresidente de Argentina Carlos Menem reveló el apoyo que dio “su santidad” a su decisión de indultar a los ex dictadores Videla, Massera y a muchos de sus seguidores.

Vicky Peláez dice que la publicación del libro de Bruno Passarelli y Fernando Elenberg, Il Cardinale e I Desaparecidos, sobre el Nuncio Pío Laghi, implicó el rol de la iglesia católica en una de las mayores tragedias de Argentina donde más de 30 mil personas fueron asesinadas y desaparecidas.

Las Madres de la Plaza de Mayo, los familiares de los desaparecidos en Chile y en El Salvador, etcétera, no estarán de acuerdo en que Juan Pablo II sea santificado.

El 24 de marzo se cumplió el 26 aniversario del asesinato de Monseñor Romero y entre los recuerdos del calvario se habla de aquella vez cuando el sacerdote salvadoreño llegó hasta Roma para pedirle ayuda por la represión sangrienta a la población, incluyendo el asesinato de sacerdotes por la junta militar en el poder, que era apoyada por EEUU.

“Después que le habían negado una y otra vez una audiencia, Romero lo había interceptado en la catedral de San Pedro, y Juan Pablo le atendió unos minutos. Según relato del propio Monseñor Romero a su asistente, el Papa se había enojado por la cantidad de fotos de asesinados y documentos.

“Ya hemos dicho que no vengan cargados con tantos papeles”, le había dicho el Papa. ‘

“Mataron al padre Octavio, Santo Padre, diciendo que era guerrillero, pero yo mismo lo ordené y era un sacerdote piadoso que solo ayudaba a los pobres’, le dijo mostrándole una terrible foto del cadáver aplastado por una tanqueta.

Juan Pablo II le había contestado fríamente: “¿Y acaso no lo era? Si Ud. superase sus diferencias con el gobierno, trabajara cristianamente por la paz. Su deber es tener como amigo al gobierno de su país”, y había terminado con la reunión. Meses después Romero fue asesinado mientras daba la misa.

No es un secreto el carácter visceral anticomunista de Juan Pablo II. Desde esta perspectiva muchos lo comparan con Pío XII, el Papa que dio el visto bueno a las atrocidades de Hitler y de los fascistas, porque ‘representaba la barrera de choque de la Cristiandad contra la Unión Soviética de Stalin’. El paralelo es la relación de Juan Pablo II con Ronald Reagan.

En junio de 1982 ellos conformaron ‘la alianza secreta más grande de todos los tiempos’, según el ex asesor de Seguridad Nacional de Reagan, Richard Allen, refiriéndose a la creación de la campaña clandestina para ‘hacer caer el comunismo’ que ambos planificaron. Desde aquel momento el dinero empezó a llegar a raudales al movimiento Solidaridad de Polonia y posteriormente a los disidentes de Checoslovaquia, Hungría, Alemania Oriental etc., etc.

Según los periodistas Carl Bernstein y Marco Politi, John Paul II and the Hidden History of our Time, el director de la CIA William J. Casey y el embajador especial de Reagan, ex general Vernon Walters, estaban en permanente contacto y coordinación con el pontífice para hacer caer al socialismo.

Lo irónico de todo esto, explica Peláez, fue que después de la disolución de la Unión Soviética, el Papa proclamó en 1991 en su encíclica Centessimus Annus que “el comunismo tenía semillas de verdad”.

También es cierto que en sus últimos años denunció a la globalización económica, abogó por la reducción económica de la deuda externa de los países en la vía de desarrollo y condenó el empobrecimiento de la mayoría de la población de nuestro globo terrestre.

Sin embargo, jamás se atrevió a presionar a la única superpotencia del mundo para aliviar la situación de los millones de desposeídos. Más bien obedeció sus dictados silenciosamente. En 1998 anunció que en 1999 cumpliría la meta más grande de su vida haciendo el peregrinaje al lugar de nacimiento de Abraham, el pueblo Ur (Irak), tal como lo hicieron casi todos sus antecesores. No lo hizo porque el departamento de Estado norteamericano no le dio la autorización.

Desde el comienzo de su liderazgo, Juan Pablo II mostró total rechazo a cualquier movimiento progresista, y fue pieza vital para frenar los cambios sociales que hubieran creado condiciones para una justa redistribución de la riqueza, erradicando la explotación y la injusticia.

En 1983 se opuso tajantemente a la Teología de la Liberación que, de acuerdo a uno de sus creadores, padre Gustavo Gutiérrez, proponía utilizar el evangelio para ‘liberar al hombre de todo lo que lo deshumaniza y le impide vivir según la voluntad del Padre’. Pero Juan Pablo II denunció sus postulados como ‘una desviación peligrosa’.

Así ordenó el silenciamiento del Segundo Concilio del Vaticano y las Proclamas de Puebla y Medellín que acordaron ‘La iglesia para los Pobres para la creación de una sociedad nueva’.

Acalló a los padres Leonardo Boff y Hélder Cámara de Brasil; Leonidas Proaño, de Ecuador; Gustavo Gutiérrez del Perú, Samuel Ruiz García de México, Ernesto Cardenal de Nicaragua, Tissa Balasuriya de Sri Lanka y todos los sacerdotes que proponían liberar al hombre, creando una sociedad nueva más justa y armoniosa’. En Argentina y otros países se prohibieron los libros de la Teología de la Liberación. Boff, Proaño y Gutiérrez fueron encausados por el Santo Oficio del Vaticano”.

Los expertos dicen que nadie discute hoy que sin los viajes del Papa a Polonia no se podría haber puesto en marcha el llamado «efecto dominó», que, partiendo del ejemplo polaco, contagió a las demás naciones marxistas del entorno, incluida la Unión Soviética, y terminó con el derrumbe socialista.

En el primer viaje de Juan Pablo II a Polonia, poco después de ser elegido Papa, el 2 de junio de 1979, animó a sus compatriotas a plantarle cara al tirano.

En septiembre de 1981, no por casualidad y gracias al apoyo moral y económico del Vaticano, se podía celebrar en los astilleros de Gdansk el primer congreso de un nuevo sindicato, original y extrañamente libre dentro del férreo mundo marxista. Había nacido «Solidarnosc», «Solidaridad».

Era una experiencia tan espectacular para la Polonia marxista como para el Occidente, que contemplaba asombrado cómo los obreros iban a misa y confesaban en público mientras hacían huelga para defender sus derechos.

Más aún, desde aquí se veía con ojos escépticos que la Iglesia no era allí, en el «socialismo real», el «opio del pueblo», sino un motor de cambio, de revolución, de lucha por la justicia sin olvidar en ningún momento la paz ni el mensaje de la no violencia activa. Aquel fue el principio del fin del marxismo europeo.

El día en que los obreros marcharon contra los teóricos defensores del proletariado se acabó la falacia. Lo extraordinario, lo que rompía todos los esquemas hasta el momento incontestables, fue que lo hicieron entonando himnos a la Patria, a Dios, a la Virgen.

Juan Pablo II intervino no sólo en la gestación de «Solidaridad», sino en la búsqueda de apoyos internacionales políticos y económicos para conseguir que la experiencia naciente no fuera aplastada por el poder del Estado socialista.

Sus siguientes viajes a Polonia sirvieron para animar a la gente en la lucha que estaba comenzando. En junio de 1983 fortaleció el nuevo movimiento y esa lucha se vio apoyada por otro acontecimiento histórico, la llegada al poder en la Unión Soviética de Mijail Gorbachov en marzo de 1985.

Éste decidió, el 7 de abril de ese mismo año, empezar el deshielo con la supresión de los misiles de alcance medio en Europa.

Estaba agobiado por las crecientes dificultades económicas y, también, por los problemas nacionalistas que empezaban a surgir por doquier en la Unión. Después vendrían las reuniones con Reagan para negociar el desarme y, como una puntilla, el desastre nuclear de Chernobil en abril de 1986.

Amparándose en los nuevos aires que venían del amo, Juan Pablo II apretó el acelerador y en su tercer viaje a Polonia, en junio de 1987, reclamó ya abiertamente la democracia. El efecto que se produjo en la nación fue inmenso.

Poco antes, en enero de ese mismo año, Gorbachov había puesto en marcha la «perestroika» y la «glasnost». Desde ese momento los acontecimientos se precipitaron. En 1988 los soviéticos se retiraron de Afganistán y el 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, símbolo de un telón de acero que encarcelaba a Europa.

Ese 9 de noviembre significaba también el fin de la guerra fría.

Gorbachov, con la extensión de su perestroika (reestructuración) fuera de las fronteras rusas, fue el encargado de relajar la presión sobre los países satélites de la antigua Unión Soviética y de facilitar la apertura a Polonia y Hungría. Una política que, junto a la glasnost (transparencia), acabó por destruirle políticamente, al no contentar ni a los ortodoxos ni a los reformistas.

El golpe de Estado de 1991 fue el punto final. Admirado fuera de sus fronteras, Gorbachov recibió el Premio Nóbel de la Paz en 1990, un año después de la caída del muro. Retirado de la política, imparte conferencias millonarias en las que ofrece su visión del mundo.

Reagan, que impulsó una fuerte corriente conservadora en los Estados Unidos durante su mandato de ocho años, que acabó precisamente en enero del mismo año en que cayó el muro, contribuyó al mismo tiempo a liquidar la Guerra Fría.

Llegó a celebrar hasta cinco cumbres con Gorbachov, en las que se firmaron importantes acuerdos de desarme. Premonitorias fueron sus palabras dirigidas al primer mandatario ruso ante la puerta de Brandenburgo un 12 de junio del 87: “Señor Gorbachov, haga caer este muro”. También en un segundo plano de la política y afectado por el Alzheimer en la última década, falleció un 5 de junio a los 93 años de edad en su residencia de Los Ángeles.

Desde Polonia, dos destacadas personalidades, una política y la otra religiosa, estaban destinadas a ser protagonistas de la historia, entre otras cosas, por su influencia en la caída del muro de Berlín.

El Papa Juan Pablo II contribuyó decisivamente a la caída del muro, al respaldar en todo momento a Lech Walesa en sus aspiraciones de hacer desaparecer el comunismo de la tierra natal de ambos y las de derribar la muralla que dividía Berlín. Walesa, también premio Nóbel de la Paz en 1983, llegó a convertirse en el primer presidente postcomunista de Polonia desde 1990 hasta 1995”.

¿Lo entendimos así los periodistas cuando convertimos a Juan Pablo II en la estrella mediática del siglo, mientras él seguía, sin tregua, su cruzada ideológica, su estrategia política en beneficio de la extrema derecha mundial y mantenía silencio sobre la pederastia?

Cometimos un grave pecado social: el de la ingenuidad. Y el de la “obediencia no debida” a líneas editoriales interesadas en consolidar la recuperación del poder mundial en favor del capitalismo.

Cometimos un grave pecado social: ponerlo en lo más alto del imaginario del planeta y no criticarlo, no contextualizarlo mientras él era complaciente con decenas de tiranos y mandatarios autoritarios, muchos de los cuales se mancharon las manos y la conciencia con tanta sangre ajena que ni la comunión del estratega político Karol Wojtila los habrán salvado –ojalá- de ser condenados a lo más ardiente del infierno.

Por aquellos pecados periodísticos, que Dios nos perdone y no nos condene a pasar la eternidad junto a quienes tantas bendiciones vaticanas recibieron.