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Si alguien dudaba de la grandeza humana del maestro Miguel Donoso Pareja, aqui está una evidencia de su extraordinaria sencillez. Al lector que no ha leído el libro quizás le sorprendan los últimos párrafos de esta crítica, pero es que, en realidad, “El Hombre Inacabable”, sobre el que escribí una de las crónicas del libro, es él, es Miguel Donoso Pareja. Su fantástico juego entre mi descripción y su percepción se resume en la principal característica que como creador lo ha acompañado durante toda su vida: su humildad para la autocrítica y su rigor para mirarse a sí mismo son inmensamente sorprendentes.

“Batallas personales”, de Rubén Darío Buitrón

En la compilación de sus textos, el autor convierte batallas personales en las de sus lectores desde los términos en los que interpreta la realidad. Para el escritor Miguel Donoso, las palabras de este trabajo están cargadas de humanidad.

Por Miguel Donoso Pareja

Especial para El Telégrafo

Batallas personales, crónicas y perfiles (Gania Ediciones, Guayaquil 2013), prólogo de Javier Darío Restrepo y epílogo de Miguel Angel Bastenier, es un libro que hay que abordar con cuidado, sobre todo por su presentación exterior que visibiliza, en sus 196 páginas, un prólogo y un epílogo, lo que a groso modo puede parecer excesivo.

Y no hay tal cosa porque el prólogo (de apenas 10 páginas) es un texto inteligente del escritor y periodista colombiano quien, con lenguaje preciso nos explica algo fundamental en la narrativa de Rubén Darío Buitrón.

Citando a George Steiner, subraya que “sin interpretación no habría cultura sino un silencio sin eco”; de inmediato agrega: “el que interpreta logra el prodigio de convertir a sus lectores en sujetos de la historia” y un periodismo que solo cuenta hechos tiene pocos años de vida por delante”.

Luego afirma: “La interpretación exige un conocimiento de los antecedentes de los hechos, una sensibilidad para lo humano: Notarán la enorme carga de humanidad que hay en cada capítulo de este libro y cómo todos son una batalla personal para el autor”.

Es así que, este libro-reportaje es apenas la banda sonora de una voz que se subdivide en el número de personajes que la encarnan y a su vez se refieren a una fragmentación mucho mayor que es la voz de todo un país, reconocible en el epílogo (de apenas 6 páginas), lo que hace decir a Bastenier “hoy creo saber mucho más del Ecuador por el placer que he experimentado escuchando un libro”.

Con esta tesitura, esta fuerza, esta manera de morder la realidad transcurre este libro de Rubén Darío Buitrón y justo por los términos de su interpretación de la realidad, convierte sus batallas personales en batallas personales de sus lectores.

Así padecemos los mismos horrores que él, los mismos miedos, igual horror del mundo, esas crónicas y perfiles que somos todos, ni más ni menos que la prole fantasmal que nos rodea buscando un cronista que los diga, que trace un perfil que los defina, una interpretación que no solo les dé vida sino que les permita trascender, ir más allá, dotarnos de existencia.

Y por ahí va la palabra interpretadora de Buitrón, “tras el parabrisas” donde cada noche al llegar a casa, “la nostalgia y el olvido son más difíciles de transportar “, “los retratos entre la lluvia”.

“Alguien desde su desamparo espera que cese la tempestad, mientras “los volcanes cuentan historias de amor”.

Cabe aclarar que los volcanes no cuentan historias de amor sino que lo practican. Así, el Cotopaxi y el Chimborazo se sacaron la cresta por la bella Tungurahua, con la que este se casó y tuvieron un hijo: el Guagua Pichincha.

El Cotopaxi a su vez fue bígamo y engañó a la Mama Tungurahua con Tionilsa (el Iliniza menor) llamado Catsungumbi. Por su lado, la bella Tungurahua era amante de Cilcay (El Altar).

Y así va la palabra interpretativa de Buitrón, cargada de humanidad, seriamente comprometida, convertida en memoria “porque el dolor se vuelve música como en música se convierten la tristeza, la nostalgia, el paisaje, el clima, el amor y la alegría…”.

Hasta ahí iba muy bien Rubén Darío Buitrón, pero de pronto se abre con un delirante texto sobre un supuesto “hombre interminable”, es decir imposible, cuya víctima, ya al borde de la muerte, lee y comenta con bochorno:

“Me gusta esta invención”.

“Soy un hombre imposible”, dijo, observándose a sí mismo. “Eso me gusta”, repitió.

Y se ve en otro momento de su muerte. Alcanza a dar un abrazo a cada uno de sus pupilos- Con la voz lejana les dice adiós.

Antes de perderse por un corredor en oscuro, comenta:

“Si no fuésemos inconformes, seríamos lineales y aburridos. No tendríamos nada de qué escribir”.

Agrega, sin embargo:

“Solo escribimos preguntas. Un solo libro de preguntas. Un libro inacabable de preguntas”.

Nunca más se oyó hablar de él.

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Publicado el lunes 5 de mayo de 2014

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