Dueño del medio

Es primero de mayo, Día Internacional del Trabajo, pero a un grupo de reporteros, editores, fotógrafos y diseñadores les toca laborar este día porque los periódicos en el Ecuador nunca descansan.
Un empleado de la redacción, al que por proteger su identidad llamaremos Juan, regresa de sus vacaciones anuales justo ese día. No alcanza a sentarse en su puesto. Lo llama, urgente, el dueño del medio.
Con rostro poco amable, casi inexpresivo, le dice que tome sus cosas, que hable con el departamento de Recursos Humanos y que está despedido. Según el dueño y empleador, “ha terminado el ciclo” de Juan luego de una década de trabajar en ese medio.
El diseñador pide alguna explicación pero no recibe ninguna. Simplemente, “se ha cumplido su ciclo”.
Responde que se quedará los quince días que da la ley y el dueño le repite que “el ciclo ya se cumplió”, así que no quiere verlo más por allí y no necesita que se quede quince días. Que por favor se vaya ese instante.
Juan se dirige a su puesto y empieza a poner en una funda sus cosas personales frente a la inquietud e incredulidad de sus compañeros o, a partir de ese momento, ex compañeros.
Se sentía bien trabajando allí y había logrado sobrevivir a una serie de tsunamis laborales propios de ese medio.
¿Por qué nadie le explicaba qué estaba pasando? Cuando terminó de recoger sus cosas se despidió de los compañeros y se fue.
Juan no tuvo ninguna libertad de expresión para recabar las razones que habían llevado al dueño a tomar aquella decisión.
No tuvo ninguna libertad de expresión para argumentar a su favor en caso de que la resolución se habría debido a un malentendido. El dueño ni siquiera quiso escucharlo: el propietario tiene libertad, el empleado no.
Lo liquidaron bien, cuenta, pero lo liquidaron mal en otro sentido.
Salió con una cantidad de dinero que le da respiro hasta encontrar otro empleo y a condición de que no diga nada públicamente, pero, precisamente, aquel “encontrar otro empleo” es lo que lo atormenta, además de la enorme frustración que siente porque estaba haciendo bien las cosas, porque era responsable, porque era puntual, porque era creativo, porque obedecía todas las líneas editoriales y de diseños y de imágenes que le imponía el dueño, pese a que algunas de ellas no lo convencían ni eran de su agrado.
Hoy atraviesa una fase depresiva fuerte. No sabe qué hacer. Dónde pedir trabajo. No sabe si el dinero que le quede después de pagar todas las cuentas pendientes le sirva para seguir manteniendo a su familia.
No sabe a quién acudir. ¿Existe alguna ley laboral que proteja al empleado de esa libertad de expresión del dueño, de esa libertad de dejar sin trabajo a quien le da la gana, de esa libertad que ejerce a plenitud justamente uno de los dueños de los medios que se quejan en grandes comunicados públicos de que en el país ya no hay libertad de expresión, de que, en general, ya no hay libertades?
¿Existe en la Ley de Comunicación algún capítulo o numeral que lo proteja? Revisa la Ley. No, no hay. Le parece que la normativa debería ser más clara en ese tema.
Mientras tanto, el dueño del medio ejerce a plenitud su libertad: dos días después publica en primera página que “Hoy, 3 de mayo, se recuerda el Día de la Libertad de Expresión, una libertad” que, según dice, “cada vez es más difícil ejercer en el Ecuador”. ¿Tan difícil como dejar a un gran colaborador sin empleo en el medio que es de su propiedad, simplemente porque le dio la gana?
Juan, en cambio, siente sobre sus espaldas el enorme peso de tener que callar, no criticar, no decir nada, no quejarse públicamente, hasta tener la certeza de que algún dueño de otro medio, tan libre como el anterior, ejerza su libertad –aquella que también dirá ya no tenerla- y lo contrate.