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Cuando faltan pocas horas para que se inaugure el Mundial Brasil 2014 parece que no cabe seguir en el papel de aguafiestas.
Algunos lectores de mi blog me lo han pedido de manera cordial y otros han sido más claros: “Usted es un amargado que no sabe nada ni de la vida ni del fútbol, así que no hable”.
Estas semanas, por tanto, trataré de contribuir a olvidar los problemas sociales y aportar al optimismo pelotero.
A los fanáticos, en especial a los ecuatorianos que confían en que su selección logrará clasificar a instancias semifinales, por lo menos, debo desearles suerte.
Por estos días se los ve tan emocionados, tan expectantes, tan seguros, tan firmes en sus convicciones de que el equipo nacional alcanzará las metas que se ha propuesto, que no cabe cumplir el rol de amargado.
¿Qué sentido tiene explicarles, de nuevo, que el fútbol como espectáculo masivo es el nuevo opio del pueblo?
¿Para qué volverles a contar que alrededor de los impresionantes estadios donde se jugarán tres o cuatro partidos y luego quedarán para el olvido, existen cientos de miles de personas que no tienen empleo, que no tienen casa ni tierras, que no tienen atención en salud pública, que no tienen acceso a una educación de calidad, que no tienen servicios básicos, que no tienen lo elemental para vivir con dignidad?
No, no es justo amargarles la fiesta. No es justo reflexionar que aquel fanatismo del que hablamos puede llevar al embrutecimiento de las conciencias, a la insensibilidad de los espíritus, al quemimportismo de lo que ocurre en la realidad cotidiana.
El gobierno brasileño ha gastado en la organización del Mundial una cantidad de dinero casi similar al presupuesto anual de un país pobre, una cantidad de dinero que pudo servir para paliar las necesidades de decenas de millones de habitantes (¿recuerdan en qué quedó el plan “Cero Hambre” de Lula?).
Que se emocionen los futboleros, los hinchas, los seguidores, los apasionados, los que nunca se pierden un partido de los tantos campeonatos y torneos que abundan en Europa y América Latina, en especial, y que implican alianzas de grandes capitales con poderosas empresas privadas y cadenas internacionales de televisión.
Que gocen, que lloren, que rían, que vibren con cada gol, que si es necesario dejen a un lado el trabajo o cualquier responsabilidad diaria para ver las decenas de partidos que se jugarán en un país donde el llamado “rey de los deportes” gana por goleada a la miseria.
Que los fanáticos lo dejen todo, porque el Mundial de Fútbol es un espectáculo que se repite solamente cuatro años, mientras la pobreza está presente todos los días, por todas partes, y no está mal olvidarla –para quienes no la sufren- al menos por un mes.