Corcovado

Cuando Jesucristo vigila el Mundial de Fútbol los fieles creyentes se sienten más seguros.

Ahí está el Corcovado, máximo ícono de la mayoritaria religión católica brasileña, no solamente blindado por su amor a la humanidad sino también por temor a que la protesta social impida aquel “Mundial de la Paz” que prometió el expresidente Lula Da Silva cuando se firmó el acuerdo entre el gobierno de Brasil y la mafia de la FIFA para hacer el torneo “ecuménico” en este país.

¿Jesucristo o el Corcovado bendicen el Mundial o lo rechazan?

¿Entienden que en una nación de 200 millones de habitantes son tantas las necesidades básicas (salud, transporte, alimentos, educación) que es absurdo gastar más de 16 mil millones de dólares en estadios del futuro mientras cientos de millones de aquellos habitantes viven en condiciones del siglo XIX?

Hoy se inaugura el Mundial.

Los periodistas aseguran que “el mundo está pendiente del balón”, pero están equivocados: el maestro Kapusinski cuenta cómo mientras se jugaba en España el Mundial y supuestamente todos los ojos del planeta estaban dirigidos hacia allá, en Ruanda había una feroz matanza de de personas en una guerra civil irracional.

¿Alguien puede creer que aquellos africanos, que murieron de manera atroz en un número aproximado a las 100 millones, miraban plácidamente el Mundial de España? No. Absurdo.

¿Lo mirarán en Ucrania, en donde está a punto de estallar una guerra de invasión o un enfrentamiento fratricida entre ucranianos a favor y en contra de anexarse a Rusia?

¿Lo podrán disfrutar en Afganistán, en Irak, en Israel, en Palestina, en Venezuela?

Por favor, al menos no digamos falsedades ni lugares comunes.

Por distintas circunstancias, porque están e guerra o porque son extremadamente pobres y analfabetos o porque, como en Canadá o en Cuba, gustan muchísimo más de otros deportes, no engañemos a la gente, no la hagamos creer que la selección nacional es de todos (¿de todos?) o que esta vez sí lograremos la “hazaña” de pasar a octavos de final y hasta ahí nomás, suficiente para sentir “la piel del país”.

Miren una y otra vez la imagen del Corcovado sin sus bendiciones ni su paz características, con armamento de policía antimotines.

El máximo ícono del catolicismo en Brasil convertido en guardia de seguridad a poca distancia de un maravilloso estadio alrededor del cual cada vez hay más casitas de cartón y lata llenas de familias que no tienen empleo ni ningún tipo de satisfacciones elementales.

Vivan el Mundial, disfrútenlo, gózenlo, pero no olviden que Jesucristo, representado en el Corcovado de Río de Janeiro, talvez en esta ocasión no esté feliz, talvez esté pensando cómo terminar con la mafia de la FIFA o cómo apoyar para que las conciencias rebeldes no cesen en sus reclamos a favor de los pobres durante y después del Mundial.

Jesucristo blindado. Qué vergüenza en el país más católico de América Latina.

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