Palestina II
No sé si usted, señor Dios, tendrá tiempo para leer esta carta, pero lo hago porque los genocidas se toman su nombre para matar a personas inocentes.
Ellos dicen que son “el pueblo elegido de Dios”.
Por eso me gustaría que me diera luces y me dijera qué debo hacer, como ciudadano del mundo, para frenar la masacre sionista al pueblo palestino que sobrevive en Gaza, ese pedazo de tierra cercado por Israel y convertido en un gigantesco campo de concentración desde donde el único aire benigno que se respira es el del mar.
Me gustaría conversar con usted, mirándolo a los ojos, para que me explique por qué los poderosos que reescriben cada día la historia nos mienten para legitimar actos que son imposibles de legitimar desde la ética, desde la moral, desde los valores, desde los principios, desde los derechos humanos, desde la paz que usted, señor Dios, dicen que predicó a través de su hijo, Jesucristo, quien nació y vivió en aquellas tierras hoy atestadas de minas antipersonas, de esquirlas de granadas, de cuerpos inertes, de huérfanos, de ancianos abandonados, de cadáveres destrozados de niños?
¿Ha observado, señor Dios, la indignación de miles de personas en diversas partes del mundo, incluso de judíos de Nueva York que exigen el fin inmediato del ataque?
¿Ha visto usted, que todo lo mira, marchas y manifestaciones en Amsterdam, París, Buenos Aires, México, Estambul, Londres, Santiago de Chile, Quito, entre otras ciudades que se van sumando?
Quiero contarle, señor Dios, que he leído los diarios locales este domingo y la noticia que más me ha impresionado es la del diario El Comercio de Quito, que se la paso para que la usted pueda verla:
El secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, calificó hoy de “infernal” la operación militar de Israel en Gaza, durante una conversación telefónica privada que escucharon los periodistas que iban a entrevistarlo. Kerry tuvo una mañana ajetreada con entrevistas en cinco programas noticiosos de la televisión estadounidense mientras seguía aumentando la cifra de bajas, en su mayoría civiles, durante la nueva ronda de violencias entre israelíes y palestinos. Poco antes de salir a cámara en el programa de la cadena Fox de televisión, Kerry mantuvo una conversación telefónica con un asesor no identificado, sin darse cuenta de que los periodistas lo escuchaban. “Es una operación infernal”, dijo Kerry a su interlocutor. “Está escalándose significativamente. Tenemos que ir allí. Pienso que deberíamos ir esta noche. Es una locura quedarse sentado sin hacer algo”.
Si hasta al mojigato omnipoder del planeta se le obliga a decir que se conmueve, ¿se imagina, señor Dios, qué debería hacer yo? ¿Qué deberíamos hacer usted y yo?
Si el irónico premio Nobel de la Paz Barack Obama, presidente del omnipoder, dice con cinismo que “Israel tiene derecho a defenderse”, ¿qué podemos hacer yo y usted, si compartiéramos la frustración por la imposibilidad de frenar la masacre?
¿Ha escuchado que el más grande intelectual vivo de EE.UU., Noam Chomsky, con toda su autoridad moral, más siete premios Nobel de Ciencias en ese país, exigen el embargo de armas a Israel?
¿Está enterado, señor Dios, de la fuerte alianza de Estados Unidos con Israel y del terrorismo de Estado que ejercen los dos gobiernos?
Solo quiero una luz, una razón, un argumento. Una luz que me haga sentir una indignación que dé frutos. Una rebeldía que tenga algún sentido. Una solidaridad que parta de mi corazón y se multiplique en todos los espíritus que, pese a todo, aún creen (creemos) en la posibilidad de que el ser humano que la leyenda habla de haber sido creado por usted a su imagen y semejanza sea, precisamente, como usted, es decir que el hombre no sea más bestia que el más depredador de los animales que pueblan este mundo.
Pero siento que no puedo hacer nada, aturdido con tanta información y tanta desinformación, desalentado por quienes piden que oremos por Palestina y, sin embargo, sentimos que usted no nos escucha, embotado de buscar la verdad entre tanta desazón informativa, entre tanta versión interesada, entre tantos odios y tantos silencios, entre tantos cómplices de la barbarie y cómplices de la necedad.
¿Está leyendo este post, señor Dios? ¿No escucha desde su ubicuidad el dolor de los heridos, el clamor por los muertos, el infame estallido de los misiles, el avance infernal de los tanques de guerra y de los aviones, el grito desgarrador de los inocentes a quienes, desde que yo era pequeño, me decían que era a los que usted más protegía?
¿Conoce, señor Dios, que a esta hora (viernes 25, 23:00), ya hay 890 palestinos asesinados y 5500 heridos, según el Ministerio de Salud de Gaza?
¿Se ha informado que Israel ataca con 680 aviones bombarderos y que Palestina no tiene ni un solo avión?
¿Ha visto que el 43 por ciento de la población de Gaza son niños de hasta 14 años?
No me molestaría, señor Dios, que me dijera que usted no puede hacer nada contra estos crímenes de guerra, contra esta masacre o, cambiando un poco de tema, contra esa guerra infame entre separatistas y el ejército, una guerra que acaba de matar a cientos de inocentes que iban en un avión de pasajeros que nada tenían que ver con ese encuentro de odios que se desarrolla allá abajo entre Rusia y Ucrania.
Quizás su respuesta sea que usted no debe intervenir. Porque creó al ser humano, pero le entregó una enorme responsabilidad: el don del libre albedrío. Y que es el ser humano, al que muchas veces no se le reconoce nada de lo que significa “humano”, el que toma las decisiones.
¿Es eso, señor Dios? Si es así, solo nos queda, con su permiso, cometer los pecados de la rabia y la furia.
Con tanta razón, Mandela, un sencillo ser humano, dijo un día: “Sin la libertad de Palestina, la nuestra está incompleta”.
Disculpe, señor Dios, que le haya quitado su valioso tiempo.