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La noticia sorprendió a muchos. ¿Un reconocimiento de la Asamblea, firmado por la vicepresidenta Rossana Alvarado, a quien ganó “Yo me llamo”, el reality show de Teleamazonas?
¿A cuenta de qué uno de los máximos organismos del Estado, representante de todos los ciudadanos, premia a alguien que se convirtió, que tuvo que disfrazarse del cantante venezolano Ruddy La Escala y que, según la página oficial de Teleamazonas, fue premiado en el programa “por su parecido físico y su voz”?
Error monumental de los asambleístas de mayoría oficial, en especial de quien lo propuso, el legislador Mauro Andino (paisano del ganador), y de quienes, la mayoría de la Asamblea, lo aceptaron.
Un organismo del Estado no puede degradar los reconocimientos y esta mayoría parlamentaria no puede caer en contradicciones flagrantes como esta.
¿Es la misma Asamblea que defiende a muerte la soberanía nacional, la identidad patria, que no permite intromisiones extranjeras y apoya con determinación la Ley de Comunicación?
Si es la misma, ¿por qué galardona a alguien que no hace mayor mérito que imitar y por qué no reconoce el enorme esfuerzo que están haciendo los artistas, compositores e intérpretes ecuatorianos para crear nuevas canciones, darles contenidos musicales a las radios y cumplir la obligación de la Ley para que se cumpla el “uno por uno”, es decir, que se difunda una canción extranjera y una canción nacional”?
¿Si es la misma, ¿por qué premia a un programa que ni siquiera es ecuatoriano, sino una franquicia internacional de mala calidad, ni educativa ni cultural, solo para ganar audiencia, es decir, justamente lo que proclama la Ley de Comunicación?
La contradicción, insisto, es flagrante. Un error político. Un guiño populista innecesario.
Se trata de un desliz legislativo cuyas argumentos van en contra de todo el discurso ideológico de la mayoría oficialista en la Asamblea.
Y apoyo a quienes, como Troy Alvarado y otros cantautores, han protestado por la designación, cuyo texto, reproducido por Teleamazonas, hasta tiene visos de surrealismo:
La Asamblea Nacional felicitó al talentoso artista riobambeño Jhonny Galarza, ganador de “Yo Me Llamo” como imitador del cantante Rudy La Scala.
En un acuerdo, la Asamblea reconoce la participación de Galarza en la segunda temporada de este programa donde proyectó su vocación para el arte musical.
La Asamblea “hace público el reconocimiento a tan destacado artista por su expresivo e inspirador mensaje musical”…

¿Inspirador mensaje musical? ¿En serio son “inspiradoras” las canciones de Ruddy La Escala? ¿Hacen reflexionar a quien las escucha sobre el amor, la paz, la solidaridad, la justicia, la igualdad? ¿Hay poesía en sus letras? Si es así, ¿por qué de una vez no invitaron al cantante “original” para condecorarlo?
Farandulizar la política puede traer simpatías, adherencias y réditos inmediatos. Lo peligroso es que eso se vuelva, en el futuro, un boomerang en contra de quienes ahora frivolizan los símbolos de esa política.
Con el permiso de mis lectores, reproduzco a continuación un artículo que publiqué hace dos meses sobre el tema.

LA IDENTIDAD ROBADA
El programa televisivo “Yo me llamo” es uno de los principales temas de conversación en los desayunos familiares, en los taxis, en las oficinas, en las calles, entre los amigos, entre los colegas.
Según la página web de Teleamazonas, “Yo me llamo” es un programa tipo reality show musical cuya primera temporada se emitió entre el 16 de septiembre y el 8 de diciembre de 2013, de lunes a viernes, en el horario estelar y los últimos cuatro domingos del mes de noviembre, “alcanzando la aceptación de la audiencia (y) ubicando a la franquicia en los primeros niveles de sintonía a nivel nacional”.
El objetivo del programa –dice el portal- “es la búsqueda del mejor imitador de su artista musical favorito: la selección de los 30 imitadores se realizó a través de audiciones y presentaciones en vivo en varias ciudades del país”.
“Para la segunda temporada del show musical de canto más grande del país se siguió el mismo proceso de clasificación de la primera temporada. “En esta segunda edición son 35 imitadores que en galas diarias lucharán por parecerse al doble perfecto de su artista favorito”.
“La cantidad de gente que asistió al casting de segunda temporada, duplicó con respecto a la primera. El éxito de YMLL (“Yo me llamo”) transcendió fronteras: aspirantes de Chile, Colombia y Perú asistieron a las audiciones en búsqueda de un puesto dentro de esta segunda temporada.
“Yo me llamo” cambió radicalmente la vida de los concursantes de la primera temporada, convirtiéndolos en estrellas del ambiente artístico nacional e internacional, añade la página.
“El lunes 17 de marzo comenzó una nueva aventura por encontrar al doble perfecto de su artista favorito, los 35 imitadores dejarán todo en el escenario por cumplir su sueño, por llegar a lo más alto y cambiar su vida, los jurados Karol Noboa, Jordana Doylet y el Maestro Alberto Plaza junto a los presentadores Carlos Luis Andrade y Andrea Hurtado, serán los encargados de llevar adelante el show y vivir junto a la familia ecuatoriana galas inolvidables, porque si te gusta el original…, ahora te gustará el doble…”.
YMLL tuvo igual éxito en el año 2012 en Colombia, donde se hizo el programa por primera vez en Caracol Televisión y logró una audiencia promedio muy alta: más de 13 puntos de rating.
Lo que ahora vemos los ecuatorianos, por tanto, no es un programa original, sino, como efectivamente dice el lema, un doble, porque se trata de una franquicia (el canal compra los derechos para convertirlo en una versión criolla de lo mismo).
El esquema es idéntico: un presentador, un artista prestigioso como el líder del jurado y dos o tres personajes de la farándula local.
Los concursantes, que deben elegir a qué cantante famoso quieren parecerse, pasan por pruebas, castings, ensayos y audiciones antes de ser seleccionados como los finalistas que aparecerán en la pantalla e irán desapareciendo conforme dicte el jurado calificador.
El participante puede decidir ser el cantante que más admira, el que tiene la voz más parecida a la suya o el que muestra rasgos físicos de alguna manera similares a la estrella elegida.
Los televidentes se sensibilizan frente al esfuerzo de quien intenta no ser él sino ser otro y ser perfectamente ese otro.
Y en este gigantesco y millonario karaoke, los concursantes ponen todo su esfuerzo, su entusiasmo, sus ganas de triunfar, pero no como ellos mismos, sino como el artista al cual imitan.
Por eso el programa se denomina “Yo me llamo”. Porque yo puedo llamarme y cantar como Óscar de León, José Feliciano, Juan Gabriel, José José, Julio Jaramillo, Andrea Bocelli, Adele, Laura Pausini, Beto Cuevas, Celia Cruz, Selena, Jennifer López…
Y en ese enorme esfuerzo por parecerse a otro dejan, al menos por unas horas diarias, de ser ellos mismos.
¿Cómo se llaman, entonces? Laura Pausini y Alejandra López, por ejemplo. Una en dos. La original y la copia o el doble.
Pero, ¿por qué Alejandra no puede llamarse Alejandra en el programa y cantar como Alejandra y, si el talento y la capacidad le favorecen, ganar el concurso como Alejandra y no como Laura Pausini?
¿No ganaría el país nuevos cantantes, nuevos artistas, nuevos intérpretes, nuevos ídolos del público?
¿No sería mejor que Alejandra dijera “Yo me llamo Alejandra” y no tuviera que fingir ser quien no es ni en la vida real ni en el escenario?
¿O es que, inconscientemente, nos da vergüenza ser nosotros mismos y es mejor aparecer con una máscara, con un disfraz, con un traje, con una forma de cantar que pertenece a otro, por más famoso y grande que éste fuera?
En este karaoke de la desmemoria, donde la televisión no le da al individuo la chance de ser él mismo y brillar desde su propio yo, la identidad del concursante se pone al límite, se cruza una delgada línea entre quién soy yo y quién pude ser o quién debí ser, una delgada línea innecesaria producto de la febril imaginación de una producción televisiva que cada vez nos distancia de nosotros y nos engaña haciéndonos creer, inútilmente, que siendo otros seremos exitosos, grandes, famosos, reconocidos por la sociedad, cuando lo que realmente somos es una pobre imitación de quien existe o existió y que no tuvo que decir “Yo me llamo” con otro nombre sino que, con orgullo y con identidad, construyó el suyo propio.
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Fotografía: blogs.udla.com

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