Holocausto III
Un monstruoso ataque de los judíos sionistas de Israel está acabando con ustedes, niños que tuvieron que nacer en esa especie de campo de concentración en el que los encierra Israel.
Sepan, niños, que los están exterminando uno a uno porque sus almas, sus corazones y su espíritu de resistencia significan para el mundo mucho más que el odio destructor del sionismo y que ningún ejército, por más poderoso y sofisticado, por más “prestigio” que tenga de ser el más letal del mundo, podrá vencerlos.
Hace más de 50 años, cuando Estados Unidos (aliado de Israel porque, entre otras, los sionistas financian buena parte de la economía norteamericana) bombardeaba sin misericordia Vietnam para “acabar con el comunismo”, lo hizo con todo su poder bélico y toda su crueldad, incluso utilizando armas químicas prohibidas por las convenciones internacionales, como el napalm, una especie de combustible que quemaba los cuerpos y los extinguía en vida.
Cuando a Lyndon B. Jhonson, un político estadounidense mediocre que llegó al poder gracias al oscuro asesinato al presidente John F. Kennedy, un periodista le preguntó por qué tanto encono y tanta odio contra los niños vietnamitas, las principales víctimas de esa guerra, Jhonson, sin inmutarse, sonriendo desde su atril en la Casa Blanca, dijo una frase que hoy la aplica el monstruo Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel: a los enemigos hay que exterminarlos en el vientre de sus madres o cuando son muy pequeños, para evitar que crezcan y se unan a quienes nos combaten.
Por eso la masacre apunta más a ustedes, los más pequeños, los más indefensos, aunque el cínico de Netanyahu diga que “buscan a los terroristas de Hamas y que no dejarán de atacar monstruosamente hasta acabar con los túneles por donde transportan las armas”.
Más del ochenta por ciento de víctimas mortales de la masacre son niños. El resto, ancianos, mujeres y un reducido grupo de combatientes de Hamas.
Entiendo el dolor inmenso, inconmensurable, que ustedes, sus padres y sus hermanos estarán sufriendo estos momentos.
Entiendo cómo el genocidio israelí los asesina porque, en el fondo, quiere desaparecerlos de la faz de la Tierra y ocupar el pequeño territorio de Gaza, donde ustedes, desde que están en el vientre de sus madres, viven en una suerte de gigantesca cárcel con gruesas y enormes paredes limítrofes reforzadas con alta tensión y vigiladas desde cámaras conectadas a satélites para dispararlos en caso de que quisieran huir de ese campo de concentración, porque los límites de Gaza, perteneciente a Palestina, son muros, muros, muros y mar.
Pero esto, niños, no será para siempre. El mundo está cambiando y ni las Naciones Unidas (que fue la organización que en 1948 creó Israel y dispuso la ocupación inmoral e ilegal del territorio palestino) ni Estados Unidos ni la Unión Europea ni el Vaticano ya no son lo que fueron.
Hoy, recuérdenlo siempre, todos ellos son cómplices de los sionistas y apenas si alcanzan a una “exhortación por la paz” sin tener la entereza de decir basta a Israel. ¿Por qué, sino, el presidente Obama, que si tuviera sangre en la cara debiera devolver el premio Nobel de la Paz que se le entregó apenas asumió el poder hace cinco años, sanciona con dureza a Rusia por el conflicto con Ucrania y a Israel no se atreve ni a llamarle la atención?
Les decía, niños de Gaza, que las cosas están cambiando y que las relaciones de poder ya no son las de antes. Ya no es el mundo unipolar y vertical que nos impuso Estados Unidos a raíz de la caída de la Unión Soviética.
Ahora el poder lo estamos construyendo nosotros, niños, desde nuestra solidaridad, desde nuestra indignación, desde nuestra intolerancia a la violencia genocida, desde nuestra rabia contra los asesinos, desde la unidad latinoamericana que va sumando acciones concretas como retirar a los embajadores de nuestros países de la capital de Israel.
Ya lo han hecho Ecuador, Brasil y Perú. Y otros países los seguirán en las próximas horas. Pero si nuestros gobiernos son dignos y solidarios, deben romper relaciones con el Estado de Israel. Por asuntos menos graves Ecuador lo ha hecho con otras naciones. Bolivia acaba de dar un gran ejemplo: declaró a Israel “Estado terrorista”.
Pero, de cualquier manera, son los primeros indicios de que el sionismo cada vez es más rechazado, un sionismo que reparte sus capitales y sus inversiones en todo el mundo, incluido en nuestro país, con sus oligopólicos negocios de centros comerciales, cadenas de cines, ferreterías y supermercados.
La historia cambiará, niños de Gaza. Y el sionismo, así como un día les tocó a los nazis acabar con toda su locura expansionista y su soberbia seudofilosófica, pronto tendrá que responder por sus crímenes de guerra y su asalto histórico al territorio palestino. Pronto tendrá que prescindir de su viejo pretexto de que, según la Biblia, son “el pueblo elegido de Dios (¿del “Dios” de ellos?)”.
Los sionistas no aprendieron la lección que les dejó la historia en la Segunda Guerra Mundial. No se volvieron más seres humanos ni más sensibles pese a la persecución y a la feroz e implacable matanza que les hiciera Hitler.
Hoy ya no tienen derecho a hablar del “holocausto nazi” y victimizarse en las películas de Hollywood financiadas por el sionismo: están repitiendo paso a paso lo que hizo Hitler y hoy son los perpetradores del holocausto de Gaza.
Nosotros, desde donde estemos y en la forma cómo podamos combatirlos, aunque sea desde la palabra, aunque sea desde las marchas y concentraciones callejeras en todo el mundo, aunque sea boicoteando los negocios sionistas sin comprar ni acudir a sus locales, estamos con ustedes.
El equilibrio geopolítico mundial está cambiando. Estados Unidos ya no manda en el planeta por sus propios errores, por las bestias guerreristas que ha creado y por sus espantosas tibiezas al momento de usar su poder e influencia para frenar el genocidio.
Poco a poco, la balanza empieza a ser horizontal y pronto seremos miles de millones de ciudadanos del mundo los que exigiremos cuentas a los asesinos sionistas. Y les aislaremos como ahora ellos los aíslan a ustedes para tenerlos de blanco fácil y bombardearlos y matarlos.
El sionismo israelí no tiene piedad. Ya no hay dónde esconderse en Gaza. Apunta y destruye escuelas, hospitales, mercados, casas humildes. Mata a los niños con especial énfasis.
Eso no se quedará así, hermanos pequeños nuestros, hijos del dolor y de la tristeza y de la soledad.
El holocausto de Gaza lo recordaremos para siempre y nada impedirá que el sionismo un día, muy pronto, tenga que pagar caro por todas sus atrocidades.