sismos en Quito III
Estoy en la planta baja del Quicentro, en los almacenes Paco. Antes que el movimiento empiece a sacudirme me conmueve el miedo de una niña cuyo padre le dice: “Mija, Adri, no pasa nada, solo es un temblor”.
Adri se aferra a su padre y todos en el almacén vibramos. El temblor es largo, muy largo. Se supone que si continúa con esa fuerza y esa intensidad podría empezar un terremoto.
Las dos cajeras se miran. La una se cubre el rostro con las manos. Quizás llora. Quizá reza. La otra se pone pálida, se pone de pie, se sienta, se pone de pie, se sienta.
Ya está pasando, ya está pasando, dice el padre de Adri, más como consuelo para su aterrada hija que como realidad: parece que son dos sismos en cadena.
Sigue temblando todo. O el edificio. O la naturaleza. O la vida. No sé. Pienso en mi esposa y lamento que no esté conmigo, que se haya quedado en su oficina, en el tercer piso de un edificio vetusto de la avenida Mariana de Jesús, con escaleras estrechas y un ascensor donde solo caben tres personas.
Aún tiembla cuando mi esposa me llama. Respondo el celular. Está muy asustada. Quería saber cómo estoy. Yo quiero saber cómo está ella. El servicio telefónico es pésimo. No se escucha con claridad. Se corta la llamada. Volvemos a hablar. Nos consolamos. Acordamos vernos en casa en una hora.
El twitter está que revienta. Datos equívocos, confusos, nerviosos. La mayoría de mensajes dicen lo que ya todos sabemos: “Temblor en Quito”. Algunos aconsejan qué hacer. Otros publican mapas de los sitios seguros.
En otros tuit siguen las especulaciones. Los periodistas tratan de ser precisos. Otros tuiteros solo expresan sus emociones.
Unos dicen que el sismo fue de 5.2 en la escala de Ritcher. Otros, de 5.1. Otros, de 4.7. Me inclino por creer la primera versión, porque los temblores de 4 grados no tienen esa fuerza y en Quito se los siente con frecuencia.
Una señora joven, con un pequeño niño de pelo rubio y ensortijado, se dirige a mí y comenta que “siempre hay temblores en agosto”. No falta otra señora, mayor, que repite aquella teoría descartada hace mucho por los científicos: “Es el cambio de clima”.
Julio ha sido un mes particular en la Capital. Mucho sol. Muchísimo. Como un verano en la mejor temporada de playa y mar. Y agosto, de pronto, empieza a ponerse frío, a forzar que la ropa sea menos ligera, a sorprenderse con una o dos lluvias imprevistas en esta época.
Decido tomar un café en el mismo Quicentro. Me acerco, hago el pedido, voy a sentarme a la espera de que me llamen para retirar la orden.
En la mesa de al lado, un hombre de tez blanca, de unos 60 años, con una laptop encendida, habla por su celular: sí –dice en un tono que no quiere guardar las apariencias-, me asusté mucho. Acá en el internet dice que el epicentro fue en Quito, que en el norte hay casas caídas, que hay un nueve de polvo, que el nuevo aeropuerto está cerrado, que hay gente que está encerrada dentro de los aviones que estaban por despegar.
En otras latitudes, pienso, a nadie le importa lo que ocurre acá. Un sismo. O dos seguidos. Eso en Japón o en Chile es pan de todos los días.
En medio de tanto tuiteo local, alguien escribe que Estados Unidos envía 100 aviones de combate al Golfo Pérsico. El presidente Obama quiere exterminar en Irak al “Estado islámico”. No porque le incomode lo que pasa allí, sino porque las fuerzas rebeldes están a punto de controlar el principal centro petrolero iraquí.
Pocos hablan ya de la masacre de Israel a Palestina. El plan del sionismo da resultado: inflexibles y crueles hasta el sadismo, el llamado “mejor ejército del mundo” va borrando del mapa a la Franja de Gaza y el mundo va olvidando la rabia. Hay miles de muertos. En especial niños. Duro decirlo, pero puede ser a propósito: exterminan hoy la posibilidad de otra guerra en el futuro: esos niños que han muerto por miles ya no son peligrosos. Ni para ahora ni para mañana.
Casi dos horas después de los dos primeros sismos en cadena se produce una réplica. Alguien escribe que fue de 3.7 grados. Ya estoy en casa. Se escuchan sirenas. Muchas sirenas. Quizás no tengan nada que ver. O no sé. De repente recuerdo que cuando crucé a pie la avenida Seis de Diciembre, por la vía del Trole, el asfalto era negro, irregular, lleno de fisuras. Un niño, de la mano de su padre, le pide a gritos que no le suelte.
Talvez una relación de imágenes sin enganche, pero así es el miedo.
Sigo solo. Mi esposa no llega. La llamo. Me dice que en media hora más ya estará aquí.
¿Habrá terremoto en la noche? Alguien escribe que es probable. Los grandes sismos se producen cada siglo en las zonas del cinturón de fuego y en Quito ya han pasado más de cien años de la última catástrofe.
En las radios ya se escuchan informes más precisos: hasta esta hora, casi seis de la tarde, se han producido cuatro temblores en Quito, el más reciente de 3.3 grados.
Según el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica, la fuente más confiable, y la Secretaría de Riesgos, hay dos muertos y tres personas atrapadas en las canteras de Pomasqui, ocho heridos, 64 casas afectadas, familias en refugios, derrumbes, inmensas nubes de polvo que vienen desde el norte. El epicentro fue en la nueva vía de entrada al aeropuerto.
Solo, reflexiono en muchas cosas. En un mundo en permanente guerra. En el dolor de las víctimas en Gaza, en Irak, en Siria, en Ucrania, inclusive en los soldados israelíes que mueren por la defensa del Estado terrorista.
Mientras espero que caiga la tarde miro desde la ventana el movimiento callejero tradicional de esta hora.
Pienso en el twitter ya no como un extraordinario invento deigital sino como otra arma para que los humanos sigamos cultivando nuestros odios. Cuánto veneno. Cuánta mala vibra. Cuántas víctimas y cuántos victimarios de un lenguaje y de unas ideas que se dan modos para herir, humillar, golpear, atacar, desprestigiar, destrozar al presunto enemigo.
Antes de las 10 y media de la noche, otro sismo. Entonces la fragilidad humana es más conmovedora. ¿Qué hacer en un cuarto piso, en pijama, sin poder escapar si fuera necesario? ¿Es mejor pensar en la huida que en la resignación? ¿Qué señal nos quiere dar la naturaleza ahora, justo ahora, que no podríamos hacer nada o casi nada?
Cuando llega el sueño es como una resignación. La vigilia no tiene sentido desde nuestra condición de seres mortales incapaces de saber qué nos ocurrirá el minuto siguiente.
No logro dormir. Aún tengo las imágenes de uno de los obreros muertos por los derrumbes: Manuel Collahuazo, de 54 años, hallado bajo el alud de las canteras de Pomasqui.
Las noticias de los diarios quizás son precisas, pero llevan en su esencia la frialdad de una cifra, de un dato, de una monotonía, de una rutina:
“Los obreros que trabajaban en la edificación de un puente, como parte de la extensión de la avenida Simón Bolívar, fueron afectados. El primer cuerpo sin vida se rescató a las 16:30 de ayer. El segundo, a las 08:45 de esta mañana. En total, dos víctimas fueron rescatadas del sector de Catequilla, un tercer obrero falleció en una casa de salud a la que fue trasladado luego del sismo y el menor de cuatro años que murió en el sector de San Isidro del Inca”.
Muere las personas pobres. Porque trabajan en lugares peligrosos donde otros no lo harían o porque sus casas se han construido con materiales endebles. No es “castigo de Dios”, pero sí es su indiferencia.
A las 11:00 del día siguiente, el sol también parece tenso. Lanza sus rayos con fuerza. La amiga con quien tomamos ella un capuchino y yo un café negro me cuenta que no sintió ninguno de los sismos de ayer.
Y me dice “creo que ya todo pasó” justo a las 11:23 minutos, en el café, cuando la tierra vuelve a temblar y nos desnuda: somos pequeños animalitos enjaulados e indefensos.
Este sismo, de 3,9 grados Richter, de nuevo tiene al norte de Quito como epicentro, según nos enteramos después. El movimiento es el tercero más fuerte desde el de ayer, el de 5,3 grados.
En el twitter veo fotografías de personas fuera de los rascacielos ubicados alrededor del parque La Carolina. Unas han salido por precaución. Otras porque los administradores de los edificios les han pedido evacuar, por precaución. Alguien comenta que hasta las seis de la mañana de hoy hubo más de 40 réplicas. No las sentí. Pudimos morir si en lugar de réplicas una de ellas era un terremoto.
Es viernes 15 y en las calles la gente comenta que al fin se calmó la naturaleza. En los diarios destaca la noticia de que hay más de 380 casas semidestruidas.
A eso de las cinco de la tarde estamos en el aeropuerto de Tababela a la espera del vuelo a Cuenca. Gabriela y yo dictaremos charlas de periodismo en la bella ciudad austral.
Bromeamos que lo que en realidad estamos haciendo es un intento de fuga. La vida se nos ríe: justo en esos momentos se produce un nuevo sismo. Volvemos a temblar. Mi esposa está aterrada. Le digo que esté tranquila, que solo son réplicas.
Decidimos que no estamos escapando de nada. Dejamos que las cosas fluyan. Seguimos siendo nosotros y esta es nuestra fragilidad, tan volátil, tan de un momento a otro, tan insignificante para el poder de la naturaleza.
Somos un punto en el universo infinito. Un punto absurdo, conflictivo, lleno de odios implacables entre unos y otros. El planeta, simple e incierto, capaz de decidir por sí mismo cuándo recordarnos que somos minúsculas partículas que podemos desaparecer, de un momento a otro, sin que a él le importe.
El sábado, temprano, vuelve el miedo. Desde Cuenca nos enteramos que Quito vuelve a sufrir un sismo de intensidad 4.9 grados. Luego otro, menos fuerte. Estamos lejos esta vez, pero a la distancia nos duele más el dolor de tantos corazones víctimas del miedo y la impotencia.
Los científicos y las autoridades cumplen su función: tratar de que se calme la población con mensajes tranquilizadores como que lo que está ocurriendo solo son réplicas del espantoso sismo del martes.
Pero la ansiedad y el temor van más allá de cualquier explicación fría y estudiada.
Si tuviera que calificar el mejor tuit de estos días de temblores, lo haría con uno de Alex Ron, el pionero de los grafittis poéticos en los años ochenta.
Desde su cuenta @triangulaciones, en apenas cuatro palabras y 23 caracteres, Alex resume todos los miedos, toda la levedad, toda la tensión cada día más implacable, todas las preguntas que no somos capaces de hacernos: “La tierra está cabreada”.
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Ilustración: Kyle Thompson

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