Francois Benveniste
El taxista guayaquileño Franklin López, que confiesa ser barcelonista de corazón y guayaquileño ciento por ciento, pasó del anonimato a la fama (¿) gracias a una presunta proeza sexual que contó a un cliente, este le grabó y subió a las redes sociales.
Según la grabación, tuvo relaciones carnales con una pasajera, quien lo sedujo y consintió el encuentro, y fue a ella a quien, en lenguaje machista, le dio “tres garrotazos” en el asiento de atrás del vehículo.
La inmediatez y viralización de las redes sociales hicieron el resto del trabajo.
López se convirtió en un héroe para muchos y en un villano para otros, en especial para quienes no profesan el machismo y, por supuesto, para miles de mujeres ecuatorianas que se enteraron de la historia.
La súbita popularidad del taxista de los “tres garrotazos”, que según confiesa le costó que su esposa lo sacara de la casa, fue aprovechada de inmediato por medios de comunicación que, casi sin excepción, obviaron la reflexión social sobre el reflejo de la descomposición de una sociedad bombardeada por la TV, el cine y las redes sociales con este tipo de contenidos, sino como un episodio humorístico, picarezco, para ser difundido a la audiencia.
Radio DiBlu de Guayaquil, por ejemplo, lo hizo en un programa en el que un panel de hombres y mujeres aprovecharon para hacer los chistes más burdos y hasta ofrecer a las chicas la dirección, el teléfono y cómo una chica o un señora puede localizar a López en caso de necesidad…

¿En qué anda la gente, de qué está hablando el país? Tomando un chocolate en una librería-cafetería del norte de Quito, me sorprendió que en la mesa de al lado, siete altos ejecutivos (afuera tenían choferes y guardaespaldas) hablaban del éxito de sus empresas, bebían vodka Finlandia y dedicaron al menos una media hora de su charla, entre chistes y suspicacias, al tema del “Tres garrotazos”. Lo hacían junto con una socia, amiga, esposa o compañera de uno de ellos, que callaba y sonreía con esfuerzo.
Se entiende, entonces, que la presentación que hizo DiBlu fuera como si quien llegara a los estudios fuera una estrella internacional. “¡Aquí está, lo prometido, el taxista de los tres garrotazos!”. Aplausos y risas en el estudio.
López habló de que las mujeres “andan atrasadas” y que él es solo un representante más del hombre (y sin Viagra, aclaró el panel), pero que él no se propuso hacerlo.
¿Cómo reaccionó cuando su esposa se enteró? Le dijeron. El taxista respondió:
“Como todo varón, negando todo hasta el último. Pero me maleteó (lo sacó de la casa)”.
Quizás eso de “varón” (macho o semental), fue lo que hizo que el expresidente Abdalá Bucaram, tan proclive a autodefinirse como un Adonis, enviara un mensaje a López, que se difundió en YouTube y en medios de comunicación.
“Te felicito, hermano, así hay que tratarlas, como varón. Cuando esté en Ecuador para darnos un fuerte abrazo”.

El Noticiero Uno, sin embargo, fue prudente. Uno de sus reporteros, Christian Arias, explicó a la audiencia que tomaron la decisión de abordar el caso y difundirlo porque ya era inevitable hacerlo. Entonces, dijo, no convenía callar, sino contextualizar. Un aplauso para Arias.

Arias explicó que el audio del “Tres garrotazos”, es como la gripe: hoy todo el mundo lo tiene. “Aquella grabación de audio se propagó como virus por Guayaquil y el mundo y es la descripción de una supuesta aventura vivida por un taxista, copiada, reenviada, criticada y censurada por unos, gozada y aplaudida por otros… Pero escuchada por la gran mayoría de usuarios de las redes…”.
Según una experta entrevistada por el reportero, cuyo nombre no pudimos registrar, es el peor reflejo de la consumanía.
La prueba: López ha recibido muchas ofertas para que haga publicidad. Una concesionaria le ofrece un auto, pagándole la entrada, o una cadena hotelera le pide promocionar sus habitaciones a cambio de importantes sumas de dinero.
Arias, a diferencia de DiBlu, explicó:
“López pasó de una desatinada voz que hacía reír a sus compañeros. Un compañero lo escuchó y lo subió al YouTube. Arias contextualizó con otros casos en el mundo de cosas sorpresivas”.
Orgulloso y convencido de su hazaña (que nadie la ha comprobado, pues es su historia, sin nombres), López expresa, quizás sin proponérselo, el machismo más simplón, burdo y masivo al que el ametrallamiento de símbolos y signos y sugerencias está sometida la sociedad: más hombre eres mientras te acuestas con más mujeres. Y, supongo, más aún si les has dado “tres garrotazos”.
López, talvez confundido por esa extraña fama de quince minutos, explica que en el audio habla de una sola mujer, que no la nombra, y que solo les contó a un “pana” y a un cliente de confianza, a quien atribuye haber subido a las redes el audio.
Eso es lo que pasó -afirma- y pido disculpas si las mujeres ecuatorianas se han ofendido.
La sociedad, atiborrada de tanto mensaje y contenido sexual, aceptará las disculpas y “Tres garrotazos” quedará, finalmente, como una anécdota.
Lo grave es que algunos medios mitifiquen esos actos, los vuelvan objeto de chisme comunicacional colectivo y vuelvan héroes a estos personajes.
Lo grave es volver a “Tres garrotazos” un referente para los hombres y, en especial, para los jóvenes.
Lo grave es que lo entrevisten decenas de medios, sin reflexión ni autocrítica ni diálogo moral posibles, en un marco de presentar a quien acaba de realizar una hazaña de la cual el país debe enorgullecerse.
Lo patético es que los políticos feliciten esta forma de actuar.“Así hay que tratarlas”, dice Bucaram.
¿Qué dirán, en silencio, otros políticos, otros ciudadanos, otros hombres, otros machos como los ejecutivos de la cafetería-bar que gozaban con la historia?
¿Qué o quiénes están detrás del taxista? ¿Hay alguna estrategia perversa que utiliza a Franklin López? ¿Algún poder que quiere utilizarlo en el momento justo? De no ser así, López es igualmente manipulado por su propia conciencia y es resultado del exitismo machista por sobre los afectos y los compromisos.
Mario Benedetti decía: “Qué complicado es el amor breve/y qué sencillo el largo amor”.
En la historia de “Tres garrotazos” es todo lo contrario: lujuria brutal llena de adrenalina por sobre el amor de pareja.
Así se propagan los antivalores de una sociedad cuyos valores han entrado en estado de descomposición.
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Ilustración de Francoise Beneviste