Nula libertad II Xochitl Espinosa
Esperaba que la cajera le devolviera el cupón de descuento y terminara de verificar la validez de la tarjeta de crédito cuando escuchó que una mujer susurró algo así como: “Dios mío, solo tengo 13 dólares”.

No entendió por qué le llamó la atención: quizás por su costumbre de evadir su propia existencia y hurgar en las situaciones ajenas, de escuchar con atención fragmentos de vidas para imaginar la totalidad de ellas, de protegerse de un vacío desolador donde no pueda sentir nada real ni imaginado.

Firmó el comprobante por 49 dólares, recogió su paquete y dio vuelta para marcharse. Pero en ese momento algo lo impulsó a escuchar más, a fingir una dificultad con la funda que contenía los artículos comprados.

Quiso saber algo adicional de ese pedazo de historia que tenía a su lado, una pequeña hija que intentó tomar un peine que se exhibía en el escaparate contiguo y una madre que inmediatamente -con miedo y pudor- le exigió que no tocase nada.

Él no debía quedarse más porque carecía de razón para hacerlo. Podrían tomarlo como indiscreto o mirón. Podría despertar alguna sospecha innecesaria. Y esas cosas él no podía permitirse.

Mientras empezaba a caminar escuchó a la cajera pedir a la mujer el cupón de descuento y que esta respondía que no, que no lo tenía, y luego a la cajera decir que el par de zapatos para la niña costaba 14 dólares con noventa centavos y que sin aquel cupón era imposible hacer una rebaja. Lo último que alcanzó a oír fue, de nuevo pero con más énfasis, “Dios mío, solo tengo 13 dólares”.

Lo que sucedió después fue, para él, consecuencia del riesgo de acercarse al prójimo más allá de lo prudente.

Salió del local en busca de un taxi y de repente le obsesionó la idea de que había actuado de manera insensible en un lugar público, lo cual era una vergüenza: la niña seguramente necesitaba con urgencia esos zapatos para ir a la escuela y su madre no habría podido comprarlos porque le faltaron un dólar con noventa centavos. Y él no había mostrado ningún interés.

Imaginó el llanto inconsolable de la niña, su pena o rabia o vergüenza cuando el lunes asista a clases con zapatos desgastados o inservibles. Imaginó también la frustración de la madre, una mujer humilde que talvez gane poco, como empleada doméstica o como vendedora de frutas en el mercado cercano.
Avanzaba en el taxi con dirección a su casa y empezó a atormentarlo una creciente condena a su presunta (o real) apatía.

Resolvió pedir al taxista que regresara al almacén. Allí buscaría a la mujer y le diría que él podía ayudarla con el dólar y los noventa centavos, o que le cedía el cupón de descuento para pagar sin recargo el valor de los zapatos, o simplemente -para sentirse bien consigo mismo- le preguntaría si logró resolver el problema.

Pagó al taxista y entró rápidamente. Se detuvo en la mitad del almacén para ubicar a la mujer y a la niña. Dudó. Se preguntó si era pertinente lo que estaba haciendo. Se preguntó si la mujer sentiría una invasión a su intimidad o una afrenta contra su orgullo. Se preguntó si lo que él en realidad intentaba era tan solo lavar su sentimiento de culpa.

Pero no tuvo respuestas. La mujer y la niña ya no estaban allí y él ni siquiera consideró la idea de preguntar a la cajera. Podría tomarlo como indiscreto o mirón. Podría despertar alguna sospecha innecesaria. Y esas cosas él no podía permitirse.
_______________________
Nula libertad. Ilustración de Xóchitl Espinosa