José Luis Serzo
Era medianoche cuando lo atacó la nostalgia y se le ocurrió que debía decidir si esta soledad era obligada o voluntaria.

Solía jactarse de esos conceptos con los amigos, con la pareja –antes de que ella resolviera dejarlo–, con los compañeros de trabajo, pero siempre lo hizo con distancia, en un tono poético o fabulador que manejaba bien, pero que no era auténtico.

Él mismo no lo sentía parte de su naturaleza. Y ahora que estaba solo, vacío de afectos y relaciones, ni siquiera tenía quien escuchara su retórica.

Enfrentado al insomnio acusador, a la culpa que ya no podía ignorar, a la incertidumbre y, sobre todo, a la nada que súbitamente lo asaltó, debía resolver un enigma que hasta entonces había creído ajeno (un problema que en realidad no le afectaba, un asunto que nada tenía que ver con su vida, un tema que para los demás –no para él– era un conflicto interno).

Quería pensar. Había resuelto no encender el televisor ni la radio porque la luz de la pantalla lo agotaba y la música no lo dejaba concentrar.

Lo único que escuchaba era el rumor de su propia respiración, mientras desde afuera llegaba, lejana, la queja de algún perro callejero.

Parecía tonto aferrarse al objetivo de querer saber inmediatamente cómo llegó a este momento de su existencia. En qué instante la soledad apuntó hacia él con sus dardos inesperados. Parecía tonto pero lo sentía necesario. Esencial. Urgente.

Había desconectado sus dos teléfonos, el convencional y el celular. Quería evitar una debilidad, un gesto frágil, una boya o un salvavidas: generalmente se busca en el prójimo un pretexto para armar exculpaciones, proclamar inocencias o argumentar ingenuidades. Es el reingreso a la normalidad por la puerta falsa.

Y ahí estaba, buscando el punto más negro y brillante en la intensa oscuridad de la habitación, quizás para caer dentro, perderse, desaparecer. Buscaba un mecanismo furtivo y disfrazado que le permitiera evadir un autojuzgamiento implacable.

Todo por la soledad. Por esta indefinible sensación de vértigo y vacío, por esta mancha espesa que corroe el corazón o el alma o el espíritu (depende del espacio interior donde uno intenta renovar la vida cada día).

¿Soledad voluntaria u obligada? Analizó la dimensión de la pregunta y a ratos le pareció confusa, casi inútil y hueca. ¿Qué tan importante era definir el carácter de la soledad que esta noche lo derrotaba? ¿No era más oportuno entender el proceso que condujo a esta exasperación?

Lo cómodo era concluir que se trataba de una soledad voluntaria.

Cómodo si no optaba por entender el proceso, por admitir errores, por ceder posiciones en el combate contra sus egoísmos, sus prioridades individuales, su tendencia a ignorar todo lo que no fuese parte de su proyecto personal, porque a partir de esa definición podría compadecerse, justificarse, dejar atrás este profundo bache anímico. Incluso perdonarse.

Pero a veces él mismo se sorprendía de los caminos que tomaba: de pronto definió su soledad como obligada, forzada, tormentosa. Y entonces resolvió asumir las culpas por el manejo de sus afectos y de su relación.

Rápidamente encendió la luz, conectó el teléfono, marcó un número. El timbre sonó repetida, insistentemente. Pero al otro lado de la línea, hacía tiempo, la persona que estaba allí dudaba si la reconciliación debía ser obligada o voluntaria.
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Ilustración de José Luis Serzo