Feeling
La voz suena tímida, como un susurro, distante. Tras el saludo, ocurre el tradicional cruce de frases. Adivina quién soy… No, no sé… ¿Me has olvidado?… Tengo una idea, pero dime quién eres…

Él reconoce la voz. Una voz del pasado. De hace 20 o 25 años. Una voz de hace tanto tiempo que ahora está aquí, al otro lado del teléfono.

No es necesario nombrarla. Él recuerda que se trata de Elena y ella estimula su imaginación.

Bastan una pincelada, un boceto: la hermana del compañero más querido del colegio, las calles nocturnas del antiguo barrio, el coqueteo que nunca se atrevió a romper los límites de la timidez y el rubor, la amistad intermitente pero memorable.

Elena recuerda y él también recuerda. Cuatro, cinco cosas. “Nunca he olvidado que fuiste mi mejor amigo –dice ella–. Y aunque me costó varios meses saber dónde estabas, al fin te ubiqué para decirte adiós”.

El silencio se vuelve demasiado largo. Él, finalmente, lo rompe con dos frases directas, secas: ¿Te vas de viaje? ¿Adónde?

Elena ríe, casi imperceptiblemente. No lo dice, pero en sus palabras evidencia que no está jugando. Ya no es una adolescente. Ya no es la chica tímida que no sabía cómo enfrentar la vida. Ya no busca la clave de su existencia. Tiene a sus hijos de 17, 16 y 14 años. Tiene a su esposo. No necesita nada más.

Después de otro largo silencio, él percibe que no debe preguntar de nuevo lo del viaje. Piensa que el adiós y la despedida podrían ser una metáfora, una manera de decir algo que duele decir, una forma de neutralizar cierto sabor amargo que se aproxima.

Ocurrió hace un año y medio –dice la voz de Elena–. Y no puedo esperar para contarte, aunque sea inoportuna o no tengas tiempo para escucharme. La voz ahora suena apacible, reflexiva.

Desde hace 18 meses, Elena se dedica a recorrer los lugares que para ella más sentido tuvieron: el colegio de monjas donde pasó doce años, la empresa donde fue secretaria ejecutiva durante cinco años, el barrio en el que vivió hasta el día que decidió casarse, la iglesia en la que se celebró el matrimonio, la clínica donde dio a luz a sus hijos.

Desde hace 18 meses, también, se dedica a buscar los teléfonos de todas las personas –al menos, de las que recuerda con nitidez– que alguna significación tuvieron en un momento de su vida. Su alegría es encontrarlas. Reconstruir con ellas una memoria solidaria, conjunta, fraterna, ojalá infinita.

A Elena le hace feliz saber que esas personas aún siguen allí, al otro lado del teléfono, dispuestas a escucharla 20 o 25 años después. Por eso llama. Para despedirse. Para decir adiós. Porque hace un año y medio el médico, después de mirar los resultados de los exámenes, le dijo que su enfermedad era irreversible.

A los 40 años de edad es difícil despedirse, dice la voz dulce de Elena. Porque a los 40 años tienes la sensación de que todavía te queda mucho por andar.
Elena quiere ganar tiempo.
Quizás vaya al cielo.
O al infierno.
O a la nada.
Le han advertido que morirá sin aviso, sin síntomas previos, y quiere estar segura de que se irá con las imágenes y las voces que alguna vez le dieron alegría.
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Fotografía de Nicholas Garlab