Nicola Verlato
Imposible saber lo que hará en los próximos segundos el conductor que va adelante: quizás suba de tono la conversación que mantiene con la persona que viaja junto a él y eso provoque que súbitamente pise el acelerador, impulse el vehículo con velocidad inusitada e, inmediatamente, ponga el pie en el freno.

O quizás, mientras escucha las noticias sobre la eterna guerra de los gringos en el Medio Oriente o se deja llevar por el ritmo de algún vallenato de moda, mueva el volante hacia la derecha sin haber encendido las luces direccionales.

O quizás, inconscientemente, decida bajar la velocidad y permanecer en el carril de la izquierda, sin hacer ninguna señal que ponga en guardia al conductor del auto que viene detrás.

O quizás gire intempestivamente el volante, porque resuelve eludir al perro callejero que indiferente y suicida cruza la autopista Simón Bolívar, y eso provoque frenazos simultáneos de los autos que van detrás.

O quizás amaneció de mal humor y va despacio a propósito por el carril izquierdo, por el que sirve para rebasar, para poner del mismo mal humor a quienes van detrás, con lo cual sentirá que no está solo en el mundo de las amarguras interiores.

O quizás ninguna autoridad le haya advertido que debe ir por el lado derecho cuando circule despacio por una vía de dos o más carriles, y que solo debe tomar la izquierda para adelantar a quienes conducen con menor velocidad y luego volver a su derecha.

O quizás esté muy molesto con los que van detrás, que pitan, hacen cambios rápidos de luces y hasta sacan la cabeza por la ventana y le piden que acelere o se haga a un lado, y tanto le molesten esos actos que resuelva frenar en seco, apagar el motor, bajarse del auto y desafiar a golpes o, si es más rudo, amenazar con una pistola a quienes le exigen respetar las normas de tránsito y de convivencia pacífica.

Hay muchos quizás en el imposible conductor que va despacio, lento, desesperadamente despacio por el carril izquierdo de la Simón Bolívar.

Hay tantos quizás que lo mejor será que la próxima vez que mi carro, que va detrás de aquel automovilista, haya llegado el momento de decidir si revestirme de una inusual dosis de paciencia, para lo cual deberé entender que el tiempo que me demore en circular por la vía no será mío sino del individuo que no me deja pasar, o quizás –yo también tengo ahora mis quizás– decida convertirme en otro clon del incierto conductor (sus réplicas circulan por calles, avenidas y vías de la ciudad) y me sume –mientras me aferro a mi carril izquierdo– a este quemimportismo y a este odio automovilístico colectivo.
____________________
Ilustración de Nicola Verlato