Guay
Mirar la muerte directamente a los ojos es el oficio de Clemente en Guayaquil.

Cada noche camina sudoroso por las empolvadas y desiguales calles de la cooperativa Derecho de los Pobres, en el sur de la ciudad.

Como miembro de la brigada barrial, hace siete años empezó a ahuyentar sombras, a saltar abismos, a coexistir con el miedo.

Tenía que hacerlo porque dio su palabra a la comunidad –para él cada promesa es como dejar la vida– de que ayudaría a limpiar el barrio de pandillas, de alcohol y drogas, de maltratos domésticos. La comunidad necesita sembrar y cultivar la paz interna, hasta ahora efímera e huidiza, y Clemente piensa que él está para eso.

Es poco lo que recuerda de su incompleto paso por la escuela rural, cuando su familia bajó a la ciudad.

Después, en Guayaquil, demasiados vacíos, falta de concentración, cansancio luego de largas jornadas como oficial de albañilería, lustrabotas o ayudante de estibador de muelle.

Pero, de todas maneras, ha luchado por no estancarse. Su falta de educación y cultura ha intentado sustituir con la más esencial de las sabidurías: el sentido común.

Así ha llegado a desarrollar una sencilla y directa capacidad de argumentación para convencer a los vecinos de que el barrio tiene muchas prioridades, pero sin dos, que son básicas (el trabajo y la seguridad de las personas), será imposible progresar.

Él lo considera tan importante como dar una mano a la gente y hacer mingas para levantar una pared, rellenar un patio, construir una cerca, armar un gallinero, sembrar un huerto.

Ahora, gracias a la tenacidad de Clemente para integrar a los vecinos en el proyecto, la zona está bajo control en el 97%. Se han instalado alarmas en las esquinas y se ha logrado que por 50 centavos semanales cada familia pueda sentir que hoy el barrio es distinto, más sereno y menos desapacible.

Ha sido un paso esencial para elevar su autoestima. Esa autoestima evasiva e intangible que Clemente no pudo sentir desde pequeño, cuando su pobreza y su rostro de rasgos aborígenes provocaban que lo tacharan y marginaran.

Era muy niño y ya sentía látigos violentos que amenazaban su alma cuando la gente lo llamaba, despectivamente, cholo, indio o montuvio. Y él no entendía por qué el color de su piel o sus maneras de comer o hablar provocaban tanto encono.

Ahora, treinta años después, resulta difícil explicarle que debiera sentir orgullo por sus profundas herencias de ríos, esteros, montes, lagartos, caballos, cacao, caucho, tagua y plátano. Nunca habla de aquellos dolores de marginado y humillado. Mantiene oculta y silenciosa esa repetida sensación de sentirse ajeno en todas partes.

Ríe con cierto dejo de rubor cuando se le dice que la palabra montuvio implica raíz, etnia, apego, origen, ancestros, protagonismo histórico. Algo de eso ha escuchado en las radios y ha visto en los periódicos. Algo ha oído de gente blanca o mestiza –no sabe cómo precisar la diferencia– que se dedica a estudiar a los montuvios. Él no tiene tiempo de sentarse a pensar en su pasado y no le seduce aquello de bucear en su árbol genealógico. Solo espera que sus hijos crezcan sin complejos, sollozos, intolerancias y racismos.

Quizás este caminar nocturno sea, por ahora, el mejor exorcismo contra la pobreza. Y quizás algo mejor ocurra luego de que se cumplan los sueños de un señor que –según le han contado– se llamaba José de la Cuadra y soñaba con una vida digna para los montuvios.

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