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El periodista David Jiménez ha cubierto cinco terremotos, dos tsunamis y una decena de guerras.
Pese a tanta experiencia cercana al dolor, la muerte, la incertidumbre y el infierno, el español David Jiménez tiene miedo. Diario El Mundo de Madrid lo envió a cubrir los efectos del terremoto y del tsunami en Japón, ocurridos el viernes 11, hace tres años.
Pero Jiménez se encontró, de frente, con una realidad inédita: la crisis nuclear. “Las balas, al menos, se oyen o ven -cuenta en una de sus crónicas desde Tokio-, sin embargo, la diferencia es que en las guerras uno decide si mantenerse a distancia o acercarse de manera imprudente”.
Pero la radiación ni se ve ni se huele, comenta el periodista: “Porque puede estar o puede no estar aquí, porque es probable que ya seas una de las víctimas y ni siquiera darte cuenta”.
¿Qué manual de periodismo se debe aplicar cuando se siente miedo? ¿Qué manual se debe aplicar cuando uno se siente golpeado por la vida? ¿Dónde quedan la pasión por el oficio, el fuego interno, el riesgo, el cumplimiento del deber, el jugárselo todo por hacer la mejor reportería de tu vida?
En su libro ‘Mujer en guerra’, la periodista Maruja Torres testimonia la intensidad del horror fratricida bajo un cruento e interminable enfrentamiento en Líbano.
Pero han pasado más de 25 años, y aunque el texto de Maruja Torres es un libro de culto, ella confiesa ahora que no estaría dispuesta a volver a vivir esa experiencia: “Un día decidí abandonar la parte salvaje del periodismo, que consiste en ir buscando el peligro cada vez en una dosis más alta”.
Decidió que era una locura ver, por ejemplo, a un desconcertado cronista recoger un casquillo de bala, ponérselo en un bolsillo y llevárselo de recuerdo.
David Randall, el famoso reportero británico que escribió el inolvidable libro ‘El periodista universal’, reflexiona sobre las supuestas temeridad y audacia de quienes ejercemos este oficio.
Randall ironiza: “Como todo el mundo sabe, los buenos reporteros son duros, cínicos, fríos, calculadores e, incluso, un poco crueles. Son esa clase de personas capaces de mirar de hito en hito un cadáver y sonreír…”.
Pero eso no es cierto. Así como decenas de periodistas de todo el mundo han abandonado Japón luego de sufrir ataques de pánico, Randall precisa que los presuntos “nervios de acero” no nos funcionan a la hora de convertirnos en testigos directos de un hecho que produce espanto.
No creo que deba existir un manual para enfrentar semejante situación. Y ojalá jamás se escriba ese manual, para que sigamos sintiéndonos y siendo gente común.
Aunque suene ridículo decirlo, los periodistas somos humanos, como cualquier individuo que ejerce cualquier oficio.
Somos personas que sufrimos, que lloramos, que reímos, que llevamos traumas en nuestro inconsciente, que luchamos contra las injusticias, que amamos y desamamos, que nos sentimos orgullosos de nuestro oficio y nos indignamos frente a la humillación.
Que si las cosas nos salen mal sentimos el sabor amargo del fracaso, que si cometemos errores –grandes o pequeños- o somos víctimas de emboscadas periodísticas, tenemos la dignidad de asumir el error como nuestro, sin culpar a la perversidad ajena, y levantarnos.
Todo eso afina sensibilidades y sentidos para no dejar de luchar ni un solo día, conscientes –a plenitud- de nuestras humanas fragilidades.
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