Sarah Lee
Arrogantes y obnubilados, cuando atraviesan graves conflictos internos los altísimos de la empresa llegan a concluir que el problema no son ellos, es decir su estructura, su visión de la compañía, su tacañería, sus trampas contables, su irresponsabilidad social, el trato de que les dan a los empleados, la poca perspectiva en función de sus objetivos y la nula visión de futuro.
Por el contrario, y gracias a la habilidad de la gerencia general y los cientos de manuales que circulan por ahí (“Diez lecciones para convertir a la empresa en un templo del trabajo”, “Cinco formas seguras de hacerles poner la camiseta”, “Cómo hacer que el periodista teclee horas de horas sin quejarse”) , los defraudados empresarios –no con cierta pena en su bolsillo- dicen sí y aplauden a la gerencia general cuando concluye, con sabiduría sorprendente, que el único problema es que “el personal está un poco desmotivado”.
Antes de que digan sí y aplaudan, la gerencia general ha tenido que realizar una exhibición de diapositivas, en power point, acerca de cuáles son los principales indicativos de los chismes de pasillo entre los empleados.
¿Malestar por los salarios? No, imposible, ríen los altísimos. Esta es una de las instituciones que paga buenos sueldos a sus colaboradores, proclaman (aunque no dicen que los grandes ingresos que reciben y que no declaran al fisco les permitirían remunerar muchísimo mejor).
¿Impuntualidad en el pago? Ja, ja, ja, ríen los altísimos. Si un día nos atrasamos 24 horas fue porque la ayudante de la gerencia general, experta en hacer trampa con los roles, no armó a tiempo los listados (con las respectivas multas y sanciones económicas y supuestos pagos de impuestos que se esfuman y nunca llegarán al fisco).
¿Olvido en cancelar las horas extras? Ja, ja, ja, ríen los altísimos. De ninguna manera. El tradicional reglamento de la entidad precisa que se cancelen todas las horas extras siempre y cuando los altísimos o la gerencia general obliguen explícitamente a los empleados a quedarse con otro tipo de tareas que no les atañen y que los sumisos hacen sin quejarse jamás.
¿Recarga de trabajo? Se mofan los altísimos. Si la institución le pide al empleado que haga la labor del colega que está de vacaciones o de quien dejó una vacante que no se llenará nunca más, lo que está haciendo en realidad es darle al empleado la posibilidad de que se capacite en segmentos laborales que él no domina y que, algún día, sea fuera o dentro de la empresa, le servirán de mucho.
¿Malos tratos o mala vibra de la gerencia general? Ja, ja, ja, repiten los altísimos. En esta empresa se hace honor a la meritocracia y, por tanto, quien llega a ocupar una gerencia, incluida la general, o dirección pasa por rigurosos exámenes patológicos, peripatéticos, bipolares, paranoiquicos y psicóticos, además de someterse a un polígrafo sobre su lealtad con el Patriarca, con los altísimos y con la entidad.
Entonces llegan los aplausos del Patriarca y los altísimos a la gerencia general.
Descartada la penosa coyuntura de que las empresas, el Patriarca o los altísimos tengan la mínima culpa en torno al pésimo clima laboral, no falta el ejecutivo protector, quien, para evitar la desesperación de que a la gerencia general le pregunten “si nosotros no tenemos la culpa, ¿qué podemos hacer con esta pobre gente?”, propone la idea más genial que se haya escuchado durante el medio siglo que ha cumplido la empresa:
-¡¡¡¡¡Un curso de motivación!!!!!
La intensidad de los aplausos que recibe a la gerencia general se duplica, como se duplican los bonos mensuales extras que la gerencia general se paga sin que nadie lo sepa.
Pero, claro, dice el Patriarca, ¿cómo no se nos ocurrió antes?
Los altísimos integran una comisión bipartita, integrada por el Patriarca y la gerencia general, para que presenten, en la reunión del próximo lunes, tres nombres de posibles motivadores.
Cuando llega la sesión anunciada, la comisión bipartita pone sobre la mesa los tres candidatos:
Juan. Mountain climber. Experto en llegar a las más altas cumbres sin oxígeno ni hidrógeno (?).
Gervasio. Chess Player. Experto en ganar partidas que en apariencia las tiene perdidas, porque su estrategia es parecer débil y dejarse atacar.
Antonio. Puenting man. Experto en amarrarse a los parantes de hierro de un puente, sea urbano o rural, colocarse sobre los ojos una cinta negra y gruesa que no le permite ver nada, lanzarse al vacío, aterrizar ileso en un lugar cualquiera y trepar el precipicio contiguo.
El Patriarca, los altísimos y la gerencia general resuelven sin dudarlo: Antonio será el motivador de todos los trabajadores y empleados (excluidos los altísimos y la gerencia general que, por supuesto, no lo necesitan porque están siempre motivados con las ganancias que ocultan a los empleados).
Antonio representará, para los empleados, la esencia de la misión y la visión de la empresa, una institución que –según lo admiten en voz baja- desde hace muchos años se ha puesto una cinta negra, muy negra sobre los ojos, que le ha impedido mirar el futuro y que un día hizo que se lanzara al vacío sin medir las consecuencias de su fallida intuición metafísica-laboral.
Sííííííí, corean todos. De hoy en adelante, todo aquel que entre a la empresa deberá compartir la nueva filosofía.
Así, la próxima vez que se detecte un mal clima laboral o rumores de pasillo, o si las ganancias anuales o las utilidades o los aportes al seguro social desaparecen, ningún empleado o trabajador podrá culpar por las malas cifras al Patriarca, a los altísimos o la gerencia general.
Será, a partir de los cursos de motivación de Antonio, una responsabilidad solo de los empleados y se les ofrecerá lo que les corresponda, o sea, bastantísimo para los altísimos y poquísimo para los trabajadores.
Será, además, una innovación digna de pasar a la historia, pues, por primera vez, el empleado compartirá la ceguera empresarial y, al igual que ellos, se lanzará al vacío con la promesa de volver a su puesto lleno de valor y sabiduría, dispuesto a cualquier sacrificio que le soliciten.
El Patriarca, los altísimos y la gerencia general, que no seguirán el curso, conocen, por supuesto, el secreto de Antonio: en su exclusivo traje aerodinámico lleva un paracaídas oculto bajo su pechera, una brújula táctil y un minúsculo GPS de altísima precisión.
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Ilustración de Sarah Lee