David Rathman I
Nos gusta saber del otro. Conocerlo. Especular acerca de su cotidianidad. Imaginarnos cómo es, qué hace, a qué se dedica, en qué estará pensando, cuánto de verdad y cuánto de mentira habrá en lo que nos dicen.
Nos gusta jugar a que somos dioses, que estamos en todas partes y que todo lo sabemos. Y, por tanto, que podemos juzgar de manera radical al otro por presunciones, por supuestos, por alguna percepción, porque llegamos a conclusiones absolutas, porque nos disgusta profundizar y preguntar.
El otro, en consecuencia, es una víctima de nuestros vicios, de nuestras mentiras, de nuestra manera de ver la vida, de nuestros prejuicios, de nuestros juicios de valor, de nuestra capacidad de poner adjetivos calificativos con una ligereza extremadamente irresponsable.
Cuando el periodista polaco Ridjard Kapuscinski decía que solo poniéndonos en los zapatos del otro es posible contar la vida del otro, lo que nos estaba diciendo es que no hagamos de la vida un acto voyerista, un acto donde prima la actitud del implacable juez y no la del imperfecto ser humano.
Condenar, por ejemplo, al estadounidense Edward Snowden, acusado por el gobierno norteamericano de revelar lo que este régimen hacía, hace y hará es condenar a quienes usaron a Snowden para espiar al mundo y es condenarnos a nosotros mismos.
Condenar al australiano Assange por revelar toda la hipocresía y toda la vileza diplomática de las grandes potencias mundiales es condenarnos a nosotros mismos.
Julian Paul Assange es un programador, periodista, hacker y activista de Internet, conocido por ser el fundador, editor y portavoz del sitio web WikiLeaks.
El poder mundial lo tiene encerrado en la embajada de Ecuador en Londres, donde se asiló, bajo la frágil acusación de la justicia sueca por delitos sexuales, aunque se sabe que si saliera de la sede diplomática su destino sería Estados Unidos, donde se lo condenaría a muerte o a cadena perpetua por destapar la mojigatería de las relaciones internacionales norteamericanas con el resto del mundo.
Cinismo y moral a la carta.
¿Quién no lo ha hecho alguna vez? ¿Cuántos de nosotros hurgamos en la vida de los otros, como la película alemana sobre la segunda guerra mundial? ¿Cuánto nos gusta, aunque no seamos capaces de admitirlo, mirar por la ventana virtual o real?
En la aldea global todos somos vecinos, pero asumimos esa vecindad no con espíritu de solidaridad sino con mirada perturbada, subjetiva, atravesada por nuestros deseos y nuestros miedos.
No ejercemos la compasión, en el sentido que da a esta palabra la filósofa y comunicadora Adela Cortina, es decir, padecer con el otro, padecer junto al otro, compartir con el otro. Por el contrario, nos asumimos inspectores de la existencia ajena.
Por eso nos gusta entrar al Facebook y mirar las historias personales que cada cual se cuenta, averiguar quién sigue a quién en sus cuentas de Twitter, leer blogs que casi son diarios íntimos de las personas, introducirnos en las cuentas de correos electrónicos privados, irrespetar la intimidad de los otros, llevar bitácoras imaginarias de lo que hacen los otros.
Hacemos el trabajo de Assange y Snowden, de los cientos y de los miles de Assange y Snowden que indagan las existencias de los demás y desenmascaran las actividades que hacen los demás y que en cierto momento pondrían en peligro al “establishment”.
Nosotros también espiamos todos los días, en cualquier momento y de forma gratuita.
Nos asombra, nos aterra, nos asusta, nos indigna lo que hace el otro al espiar nuestras vidas sin darnos cuenta de que somos víctimas y victimarios de una doble moral basada, justamente, en la doble moral de juzgar y acusar al vecino, al amigo, al colega, al compañero, al familiar, justamente por hacer lo que nosotros también hacemos.
Convertidos en pequeñas caricaturas de agentes secretos o de brillantes hackeadores, manejamos la distorsionada información con el propósito de construir al enemigo, como sostiene Umberto Eco.
Nos gusta saber del otro, de los otros. Conocerlos. Especular acerca de sus cotidianidades. Imaginarnos cómo son, qué hacen, a qué se dedican.
Y juzgarlos con rigor y ceguera, por supuesto, por el delito de parecerse tanto a nosotros mismos.
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Dibujo de David Rathman