Prensa local mojigata
A principios del siglo XIX la prensa se dividía entre el periodismo de ideas y el periodismo partidista.
Para los lectores de la época, en especial en Europa y Estados Unidos, era fácil distinguir entre uno y otro y, por tanto, elegir cuál era su periódico preferido.
¿Por qué era fácil distinguir entre uno y otro?
Porque el periodismo de ideas no buscaba hacer negocios sino difundir los grandes debates sobre el humanismo, sobre la filosofía, sobre la religión, sobre la política, sobre la democracia, sobre qué sistema debían elegir los ciudadanos como el más idóneo para sus sociedades.
El periodismo partidista (mal llamado así porque no se refiere a partidos políticos, sino a tomar partido) era sincero: se habían reunido capitales para financiar el diario, se planteaba con claridad la opción de que la inversión debía rendir sus utilidades y se invitaba a todos quienes tenían negocios a poner anuncios en las páginas.
El uno servía para la reflexión. El otro, para la venta y compra de productos.
No había problema para los lectores por eso, porque aunque suene absurdo decirlo, ambos tipos de periódicos eran transparentes. El uno decía yo soy esto y el otro decía yo soy esto otro.
Incluso, si algún lector que prefería el periódico de ideas algún rato necesitaba adquirir algún bien o montar un negocio, complementaba su lectura con el periódico mercantil.
Casi dos siglos después, sin embargo, el paisaje ideológico y útil o de servicio de la prensa, en especial de los periódicos, ha retrocedido hasta épocas medievales.
La “gran prensa quiteña” (no lo tomen como un piropo, sino como una responsabilidad incumplida) debería decirnos que está a favor de las causas que promueven los opositores al actual gobierno y ningún lector se engañaría.
Sería muy sencillo: si el lector es anticorreísta compraría “la gran prensa” para que esta le refuerce sus conceptos contrarios al régimen.
Y si el ciudadano es correísta y cree en la revolución ciudadana tampoco tendría problema: no compraría “la gran prensa” porque tuviese la seguridad de que esta no le informaría acerca de las acciones del oficialismo.
Hasta en Estados Unidos, país modelo de muchos empresarios locales, se sabe con claridad que los dos periódicos más poderosos responden a líneas políticas muy claras: The Washington Post es conservador o pro-republicano y The New York Times es pro-demócrata.
En España se sabe con certeza que El Mundo defiende al Partido Popular (en el gobierno), que El País protege a los del PSOE y que el ABC es la palabra de la caduca y corrupta monarquía.
Acá, por ejemplo, los periódicos se disfrazan. Y en los casos en los que se involucran sus socios políticos o sus protegidos, no dicen nada.
El famoso pero susurrante caso Rodas-Muñoz es un clarísimo ejemplo del silencio de la “gran prensa” que, al menos, debería explicar a los lectores por qué no dice nada acerca de eso. Y otro es la crítica a todas las rectificaciones y retros que ha dado el alcalde. Ni una palabra.
Más fácil sería que dijeran, con transparencia, que tienen sus candidatos, sus líneas editoriales y sus ideologías. Y punto. Pero no lo hacen.
Más fácil sería que dijeran, en portada, “estamos con Rodas y no publicaremos absolutamente nada que pudiera perjudicarlo”. Pero no lo hacen.
La pregunta es de sentido común: ¿por qué la prensa local es tan mojigata? O, yendo más allá, ¿qué intereses le atan a este tipo de periodismo para ser, en el lenguaje antiguo, tan “partidista”?
No me digan que la prensa privada no es aliada de Rodas. Solo pregunten de qué medios vienen los actuales asesores, directores y jefes de comunicación del Municipio.
________________________________
Ilustración del artista Gilbert Garcin