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Mi “Black Friday” favorito no ocurrió en un centro comercial de Miami ni en algún lujoso almacén de Quito o Guayaquil.
Ocurrió el viernes 16 de enero de 1987, cuando un grupo de comandos secuestró en la base aérea de Taura al presidente León Febres Cordero.
Para entonces, el autoritario y déspota Febres Cordero se jactaba de haber “exterminado” a los nacientes grupos guerrilleros, en especial Alfaro Vive Carajo (AVC).
Los había “exterminado” usando los más viles recursos inhumanos de las dictaduras nefastas de América Latina, como la de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina.
Su guerra sucia contra los jóvenes rebeldes que se le oponían incluyó el espionaje, el terror mediático, la tortura, el abuso sexual a las personas detenidas, el asesinato a sus líderes como Arturo Jarrín, Fausto Bazantes, Hameth Vásconez, Consuelo Benavídez y el acoso permanente a sus familiares.
Mientras Febres Cordero mantenía en tremenda tensión y miedo al país con sus criminales acciones de guerra no convencional contra la subversión, el general Frank Vargas Pazzos, comandante de la Fuerza Aérea y carismático líder de sus tropas, denunciaba actos de corrupción gubernamental, como la irregular compra de un avión Fokker, un caso que nunca se aclaró.
Vargas Pazzos, quien era muy amigo de Febres Cordero y de su esposa María Eugenia Cordovez, se convirtió, de pronto, en el hombre que reveló la podredumbre del sistema y el grave deterioro de los valores éticos en los más altos funcionarios civiles y militares del régimen.
Meses atrás, el comandante se sublevó contra el mandatario en la misma base de Taura y amenazó bombardear el palacio de Carondelet con sus aviones de guerra si Febres Cordero no renunciaba.
Pero Vargas Pazzos no cumplió su palabra en ningún sentido. Sus ultimátums fueron de humo y terminó en la cárcel cuando vino a Quito y se tomó la estratégica base aérea Mariscal Sucre.
Vargas pudo derrocar al presidente tirano, pero fue una enorme frustración para cientos de miles de ciudadanos que vivían cada día la pesadilla de uno de los gobiernos más tenebrosos y corruptos de la historia contemporánea en el Ecuador.
Esa frustración, sin embargo, maduró en un grupo de temerarios soldados de la FAE, conocidos después como “los comandos de Taura”.
El país nunca olvidará el rostro de un nervioso y acobardado mandatario. “Dónde tengo que firmar” y “qué más quieren que firme” fueron dos frases que durante mucho tiempo los ecuatorianos recordaron.
Y aunque al quedar libre retomó el poder, recuperó su talante dictatorial y tomó las represalias que había prometido no tomarlas, al país le quedó claro que los socialcristianos sembraron la nación de odio, de revancha, de regionalismo, de represión, de violación a los derechos humanos y de cobardes asesinatos políticos contra los jóvenes que, fuera de prejuicios y condenas, resolvieron combatirlo por las armas.
Los periodistas que muy jovencitos empezábamos nuestra carrera vivimos aquellos episodios, primero con pasión militante y luego con desencanto político.
Empezamos a percibir desde entonces que la “gran prensa” siempre fue y siempre sería aliada de los poderes más corruptos y antidemocráticos y, a pesar de todo, mantuvimos la ilusa esperanza de que algo podríamos cambiar desde adentro. Nada más lejos de ser cierto: los medios controlaban al poder político y económico desde la sombra y nunca dejarían que el país se transformara.
Supimos también que el cambio profundo de un país inequitativo, de estructuras sociales injustas, no se lo haría desde la temeridad demagógica o la amenaza inútil, sino desde la convicción más profunda a favor del bien común.
Vargas Pazzos, retirado de las Fuerzas Armadas, intentó dos veces ser presidente en las urnas. No ganó porque frustró al pueblo y porque su aparente lucha por el país solo fue personal.
Febres Cordero terminó su periodo el 10 de agosto de 1988 y volvió a Guayaquil tras un masivo repudio colectivo en Quito, al que se sumaron cientos de personas que empezaban a sospechar que la desaparición y muerte de los hermanos Restrepo también fueron parte de los crímenes de Estado del mandatario saliente.
https://www.youtube.com/watch?v=lXDGHMyqA0A
Pero algo hay que agradecer a Vargas Pazzos: que, al menos por un día, sus soldados le hicieran sentir a Febres Cordero una pizca de lo que él hiciera, sin ninguna compasión y con enorme crueldad, con los jóvenes guerrilleros.
Aquel día fue bautizado como “Viernes Negro” por el pusilánime vicepresidente de entonces, Blasco Peñaherrera, en un libro donde cuenta quienes estaban entre los más preocupados por Febres Cordero.
Junto a Peñaherrera llegaron a Carondelet los dueños de los medios, como José Thome, director de El Comercio, cuñado de Guadalupe Mantilla y ministro de Salud del régimen; Alfonso Espinosa de los Monteros, de Ecuavisa y Vistazo; y el multimillonario Antonio Granda Centeno, dueño de Teleamazonas. He ahí la directa complicidad de la prensa con el poder político más nefasto.
Ese “Black Friday”, que nada tiene que ver con el consumismo que tanto se alienta ahora desde los medios de comunicación y desde los chips culturales globalizadores simplemente fue y es, hasta ahora, el mejor de mi vida.
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Foto de archivo: Diario La Verdad de Esmeraldas