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“Queridos compatriotas, todos. Yo les tengo que agradecer infinitamente. Soy un paisano medio aterrorizado. Y el único mérito que tengo es ser un poco vasco, terco, duro, seguidor, constante.
Y por eso aguanté la cana. Pero no soy un fenómeno: en realidad, los años de cárcel que me comí fue porque me agarraron, me faltó velocidad.
No tengo vocación de héroe. Tengo, eso sí, una especie de fuego adentro contra la injusticia social, contra las diferencias de clase.
Creo que el hombre es un animal gregario que ha vivido el 90 por ciento de su historia en familia, en grupos familiares. Es un mono raro que no puede vivir solo: necesita de los demás y ese es su disco duro, su disco duro social.
Por eso tiene razón Aristóteles cuando dice que el hombre es un animal político. Necesita de la sociedad, se dé cuenta o no se dé cuenta.
Pero la historia, el devenir, ese 10 por ciento arriba de la Tierra, no el 90 por ciento, es responsable de nuestra civilización.
Nuestra civilización, que nos dio cosas hermosas, como por ejemplo el hecho de que en este siglo vivimos cuarenta años más de lo que vivían en promedio hace cien años.
Al fin y al cabo, yo sé que hay hambre en el mundo. Que hay el doble de población, pero el doble de cantidad de alimento. Lástima que tiramos por lo menos el 30 por ciento de la comida que producimos y ni siquiera se la damos a los perros, menos a la gente pobre. Esas son las contradicciones de nuestra civilización, que nos dan las razones para seguir luchando.
Nunca el hombre tuvo tanto como hoy. Nunca. Nunca tuvo tanto conocimiento. No me canso de repetir que en el mundo se gastan dos millones de dólares por minuto en presupuesto militar.
Decir que no hay plata en este mundo para un gigantesco plan Marshall que recorra toda la Tierra a favor de los pobres para integrarlos a la vida humana y agrandar la demanda… Decir que no hay recursos para eso es no tener vergüenza.
Cuando me dicen que la segunda fortuna del mundo, gastando un millón de dólares por día tendría que vivir 220 años para poder gastar lo que tiene, pero aun así tampoco podría porque con una tasa de interés del dos o el tres por ciento anual tiene cuatro millones de dólares por día.
Y si decimos que en este mundo no hay plata es porque tenemos la cobardía política de no cobrarles y meterles la mano en el bolsillo a los que pueden tener y deben dar. ¡Por eso estamos en la política!
Y por eso luchamos en la política porque al fin y al cabo, simplificando, es cortar el tocino en trozos más pequeños en favor de los más débiles. Porque la política es elegir, tomar decisiones, y elegir y tomar decisiones que favorecen a unos y perjudican a otros.
Y estás con la mayoría o estás con la minoría. Ahí no hay término medio. ¡No se puede ser neutral! ¡Hay que tomar partido!
Pero, aparte de esto, compañeros, hay otra cosa. Hay una cosa más importante que la justicia. A algunos de nosotros nos quisieron formar en un mundo convertido en un valle de lágrimas, para ir a un paraíso.
No te la creo. El paraíso es este. O la condena es esta. Y es esta vida, y no otra, la que hay que pelearla para que la gente viva mejor. Y no hay término medio.
Yo no me chupo el dedo con este homenaje. De aquí voy a salir el mismo viejo.
Lo que tiene sentido es pensar. Porque hay mucha gente joven aquí en el mundo. Y si sos joven tenés que saber esto: la vida se te escapa, se te va minuto a minuto y no puedes ir al supermercado y comprar vida.
Lucha por vivirla. Por darle contenido a la vida. La diferencia entre la vida humana con las otras formas de vida es que tú puedes darle una orientación. Tú puedes ser el autor del camino de tu propia vida.
No eres como un vegetal que vives porque naciste. Después de haber nacido puedes darle un contenido a tu vida. O no. Depende de ti.
Porque también puedes enajenar tu vida para que te la compre el mercado. Y te pasás toda la vida pagando tarjetas de crédito y comprando cacharro. Y les das para adelante y luego estás como un viejo como yo, todo lleno de reumatismo, ¿y qué hiciste en este mundo?
Pero si tuviste un sueño y peleaste por una esperanza. Si intentaste transmitir eso a los que quedan, talvez quede un pequeño aliento soplando en las colinas, en los mares. Y serás un recuerdo que valdrá más que un monumento, que un libro, que una poesía. Serás la esperanza humana que se irá realizando en las nuevas generaciones.
Compañeros, ¡nada vale más que la vida, luchen por la felicidad! ¡La felicidad es darle contenido a la vida! ¡Dale rumbo a la vida y no dejes que te la roben!
Y para todo eso no hay receta. Está acá, en la cabeza, en tu cerebro, en tu conciencia. Si vas a usar la vida, úsala como la maravillosa oportunidad de haber nacido, casi milagrosa.
Por lo demás, un segundo consejo a los jóvenes: lo imposible cuesta un poco más y los derrotados solo son los que bajan los brazos y se entregan.
En la vida puedes darte mil tropezones en todos los órdenes: en el amor, en el trabajo, en la aventura de lo que estás pensando, en los sueños que pensás concretar. Pero una y mil veces estás hecho de ese fuego y de esa fuerza para volverte a levantar y volver a empezar.
Porque lo importante es el camino. No una meta. No hay un arco del triunfo. No hay un paraíso que nos recibe. No hay odaliscas que te recibirán porque volviste de la guerra. No. Lo caminaste y punto.
Lo que hay es otra cosa. Lo hermoso de vivir al tope, al filo. En cualquier circunstancia, queré la vida y luchá por ella e intentá transmitirla. Porque la vida no es solo recibir. Es, antes que nada, dar algo que de lo que tenés, por jodido que estés siempre tenés algo para dar a los demás.
Yo era un pibe en un país que lo llamaban “La Pequeña Suiza de América”. En la década del cuarenta, iban a estudiar a Uruguay de toda América Latina. Habíamos sido hijos privilegiados, bastardos del imperio inglés. Y nos fue bastante bien como la República de Argentina, que estaba orgullosa de estar entre los más poderosos del mundo.
El Río de la Plata era una cosa distinta al resto de América Latina. Parecíamos medio europeos y, hasta por momentos, nos pareció que éramos.
Pero eso fue un espejismo. Pasó. El mundo se reacomodó después de la Segunda Guerra Mundial. Vinieron los términos de intercambio y empezamos a deber al Fondo Monetario Internacional.
Esa fue mi juventud. Algo que era muy alto y hermoso empezaba a desmoronarse. Y no hay cosa más retobada de aquel que estando bien se viene abajo. El que está acostumbrado a estar mal se resigna. Pero el que estuvo bien, no.
Por eso pertenezco a un movimiento que se golpeó la boca y salió a intentar cambiar el mundo y nos molieron a palos.
Acariciamos nuestro sueño. Eran tiempos en que pensábamos que la dictadura del proletariado era una explicación importante de la lucha de clases. Y, naturalmente, cada generación, comete sus vicisitudes.
Pero aquel viejo fuego que llevábamos adentro era tan grande que nos permitió llegar hasta hoy, siendo conscientes de los errores que cometimos pero siendo conscientes, también, de la gigantesca generosidad con la que abrazamos la vida.
Y cuando vemos un mundo lleno de plata y de recursos… Parece que se les parte el alma por tener un auto viejo o por darle la mano a un pordiosero o acercarse a un perro y darle de comer…
Añoro aquella juventud de corazón abierto que lo entregaba y lo daba todo y no se guardaba nada para sí misma.
No reniego del pasado. No reniego de los errores. La vida es un aprendizaje continuo. Y está llena de caminos muertos y de pisotones.
Pero las viejas causas que nos empujaron, siguen presentes en el mundo en el que nos toca vivir.

Nunca se ha visto tanta concentración de la riqueza. Nunca se ha visto tanta desigualdad en un mundo con tantas posibilidades.
Sin embargo, estoy convencido de que el hombre es capaz de construir sociedades infinitamente mejores que las de hoy si tiene el coraje de mirar el rumbo de las sociedades más viejas de la humanidad, que están en el fondo de la historia.
No para volver al hombre de las cavernas sino para entender la generosidad que implica la defensa de la vida, para entender lo elemental y lo más simple: para ser felices necesitamos de los otros. Los individuos solos no somos nada.
Por lo tanto, las causas colectivas hay que levantarlas y en este momento eso tiene un nombre: la lucha por integrarnos, la lucha por unirnos, la lucha por una cultura que respete la diversidad pero que exprese ese “nosotros” profundo y oculto que viene de la formación de nuestra propia historia.
Podemos y debemos, pero solo si hay voluntad política, si hay compromiso. Jóvenes, si quieren vivir felices, levanten una idea en la que crean, vivan para servir a esa idea, no se dejen esclavizar por el mercado.
El mundo que tendremos será el que seamos capaces de lograr. Y los latinoamericanos tenemos que ser, por haber llegado tarde y de atrás, un reservorio de la civilización humana, un continente de paz, un continente de justicia, un continente de solidaridad, un continente donde sea hermoso nacer y hermoso morir, un continente que dignifique la existencia del hombre arriba de la Tierra, que cuide lo portentoso de la creación que es nuestro planeta.
Porque si no lo hacen, jóvenes, el continente que tendrán será la cuota que paguen a fin de mes por el nuevo cacharro que tienen que comprar. Y así sucesivamente hasta que un día los huesos no se levanten y adiós, no queda de ti ni el recuerdo ni el aliento.
Comprométanse con la realidad. No dividan el mundo entre negros, blancos y amarillos. No. La única división es entre los que se comprometen y los que no se comprometen.
No creo en Dios, no creo en las religiones, pero las respeto y no me burlo de ellas porque a lo largo de la historia han sabido hacer algo muy bien: ayudar a bien morir.
Por eso mismo, porque es capaz de crear un Más Allá, sé que no hay bicho más utópico que el hombre.
Pero sé que uno de estos días seré menos que polvo. Talvez quede una paloma dando vueltas en la cabeza de uno.

Gracias, Ecuador. Un abrazo a todos”.

José Mujica, presidente de Uruguay.
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Discurso en Guayaquil, 5 de diciembre de 2014, luego del homenaje del gobierno ecuatoriano y la Unasur por su trascendencia histórica.
Transcrito por Rubén Darío Buitrón