Pawel Kuczynski
El auto ya no estaba en el lugar que le dejé parqueado. ¿Me equivoqué de calle? Pero no. Ella la misma calle secundaria donde lo estacioné, pero ya no estaba.
Recordé la calle porque en la esquina contraria al lugar donde estacioné había un taller mecánico con un árbol navideño demasiado grande, descomunal, absurdo. ¿Un árbol de navidad en la entrada de una mecánica?
Me atemorizó la idea de que por fin se haya cumplido mi pesadilla recurrente: cada dos o tres noches vivo, desde hace años, me despertaba asustado porque me imaginaba que me robaban el carro y no volvería a encontrarlo. Quizás esos malos sueños eran el reflejo de la ciudad violenta, insegura, cruel, donde cada uno desconfiaba del otro.
Traté de calmarme. Tragué saliva. Un extraño individuo, que llevaba sobre los ojos unos enormes lentes de plástico transparente, con la mirada perdida y que hablaba de una manera casi incomprensible, logró darme una pista, pero equivocada: alguien había abierto la puerta y se había llevado el auto.
Perdí la serenidad. Debo haberle hecho decenas de preguntas. Cómo. A qué hora. Quién era. Qué rumbo tomó. Él solamente me decía que no, que no sabía nada más, que siempre hay “esas cosas en esa esquina”.
Me di cuenta de que era inútil seguir con el interrogatorio, aunque por un momento se me cruzó la idea de que era cómplice cuando recordé que al dejar el auto y empezar a caminar rumbo al laboratorio donde me haría los exámenes de sangre, él estaba ahí, en la esquina del frente.
De repente, a su lado apareció un hombre negro, grande, musculoso. Estaba con el cabello y el rostro lleno de grasa, como si hubiera salido de la parte inferior de un automóvil, arreglándolo quizás, o robando algunas piezas o haciendo algo que yo sospechaba pero no alcanzaba a comprender debido a mi ignorancia respecto de qué tipo de componentes mecánicos existen allí abajo.
Se miraron. No eran aún ni las nueve de la mañana y yo me sentía un estúpido, culpable de haber dejado el vehículo en un lugar poco transitado y donde no apareció ningún empleado del Municipio que me diera la certeza de que a cambio de 40 centavos de dólar él me daría un comprobante o un recibo y que con eso todo quedaba seguro.
“Cinco”, dijo el hombre negro. El otro, el extraño, también pronunció algo como “cinco”. ¿Cinco qué?
Repitieron cuatro veces la palabra, que incluso empezó a parecerme absurda. Me dije “cinco” y me repetí y la cifra perdió su sentido de número. Se volvió un término bobo, misterioso, raro.
Cinco, cinco, cinco, cinco, cinco. Yo miraba a la esquina donde dejé el auto con la estúpida esperanza de que reapareciera, como si en realidad todo eso no estaba sucediendo.
Vi de nuevo a los dos hombres, una pareja insólita: el discapacitado, que lo era en realidad o fingía, y el hombre negro, que talvez llevaba toda esa grasa plomiza, gruesa, para evitar que lo identificara.
“Cinco mil, hijo de puta”. Esta vez el hombre oscuro fue explícito. ¿Estaba pidiéndome cinco mil dólares a cambio de devolverme el carro? Era lo más probable. En medio diciembre la gente que tiene trabajo anda con plata. Le pagan el salario mensual adelantado. Le dan otro sueldo, llamado décimo tercero, o sea una suerte de bonificación del mismo monto de su sueldo si ha trabajado todo el año. Los gastos son demenciales. Se endeudan con tarjetas de crédito. Compran cosas inútiles. Abarrotan los centros comerciales con brutalidad compulsiva.
Pero yo no recibía ese bono ni me adelantaban el salario. Mi trabajo era contra factura y el pago, aunque fuera diciembre, me lo hacían en la última semana o en la primera del siguiente mes. Tampoco me interesaba entrar en la vorágine de comprar por comprar. De ser parte de una masa informe que vacía sus bolsillos para quedar bien o complacer o fingir cariño.
El riesgo y la soledad me abrumaron. Volví a otra reflexión estúpida: ¿por qué a mí? Y fue en ese momento en el que el extraño de las gafas de plástico me espetó algo incomprensible pero con un gesto contundente: un puñal que acercó a mi estómago mientras el hombre negro lo cubría en caso de que alguien nos estuviera observando.
Era obvio que estaban pidiéndome cinco mil dólares para devolverme el auto. ¿O no? Por un momento se me ocurrió que unos robaron mi carro y otros (estos) me asaltaban.
El hombre negro me explicó rápido lo que querían. Que fuéramos al banco que estaba en la avenida principal, que sacara cinco mil dólares y que me devolverían el auto.
Demasiado claro. Y el hombre extraño dejó de ser extraño. Se sacó las gafas, empezó a hablar con soltura y normalidad y me advirtió que si yo tratara de hacer algo (gritar, denunciarlos, escapar, no sé) él tenía el puñal y su compañero una pistola. Me miró, hizo un gesto con los ojos en dirección a su cómplice. Le seguí la mirada, el hombre negro sacó la pistola del bolsillo de su mameluco sucio y se la guardó.
Les dije de frente: no tengo esa cantidad. No soy de los que reciben sueldos extras y ni siquiera el salario adelantado. Simplemente, no tengo.
Desperté en una cama de hospital. Un poco atontado, confundido, como si me hubieran dado sedantes para dormir un año. Me dolían las piernas, el estómago.
Muchos minutos después vinieron una enfermera y un médico. Me preguntaron si yo era el señor Jorge Washington Mendieta y les dije que sí.
Me explicaron que no podría caminar con la pierna izquierda por “un largo tiempo, quizás el resto de mi vida”, pese a que me habían extraído la bala apenas llegué al centro médico, “aunque todo depende de que siga la terapia con disciplina”. No les creí. Ya estaba muy despierto y no sentía la pierna.
Dijeron también que la puñalada en el estómago era profunda, aunque ya me habían operado y cerrado la herida. Que también tendría problemas digestivos “durante un tiempo”.
Entró una monja a la que solo se le veía el rostro. Estaba con toca sobre la cabeza, unas telas celestes que le cubrían el cuerpo hasta el piso. Me pidió que rezáramos juntos, me dijo que mi familia vendría mañana a visitarme porque esta noche era la última del año y que esperaron muchas horas que despertara pero que no fue posible y se fueron. Seguro estarán cenando y rezando por ti, dijo como una frase hueca.
¿Qué familia? Le pregunté a la monja. Yo no tengo familia. Me está mintiendo.
“Soy la hermana Concepción y las madres no mentimos”, dijo, tratando de atenuar mi molestia. Le pregunté: “Señora, ¿usted vino a darme la extremaución? No la necesito.”
La monja sonrió con un gesto compasivo. “No, hijo. Las monjas no damos la extremaución, solo los sacerdotes. Además, no te vas a morir. La Providencia te ha concedido el don de que te quede una pierna sana y los órganos en buen estado, excepto el estómago, que requerirá un largo tratamiento, un poco complicado. Pudiste morir, pero los médicos te salvaron”, me dijo con ternura de abuela.
Recordé a los delincuentes. Su estratagema para chantajearme y robarme. Su agresividad. Hasta me reproché no haber tenido aquellos cinco mil dólares en el banco para darles, recuperar el auto y que todo volviera a la normalidad.
Pero después lo pensé bien. Yo, Jorge Washington Mendieta, me prometí que los encontraría donde fuera y que, en adelante, me dedicaría con exclusividad a buscarlos. Que compraría una pistola y aprendería a disparar a quemarropa. Y que antes de la próxima navidad los dos estarían muertos.
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Ilustración de Pawel Kuczinski
Este relato solo puede reproducirse con permiso escrito del autor.