Foto del Plan Cóndor

El Plan Cóndor
Por Jon Lee Anderson*
(Tomado de la revista colombiana El Malpensante)

Editorial Blume acaba de publicar Cóndor, un extraordinario libro de fotos de João Pina, que reúne la memoria de las víctimas del Plan Cóndor. En este prólogo, Jon Lee Anderson rescata del olvido los crímenes de este escuadrón de la muerte, y narra la complicidad de los verdugos con ex nazis, con el gobierno estadounidense y los regímenes militares latinoamericanos.

El Plan Cóndor llevaba activo casi cuatro años en secreto cuando en 1979 se filtró a la prensa la noticia de su existencia.
El famoso columnista norteamericano Jack Anderson, que obtuvo una copia del informe secreto de manos del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, escribió que el Cóndor funcionaba principalmente como “una organización que recaba información para seguir la pista a los exiliados ‘de izquierda’ y otros oponentes de las juntas en el poder” en el Cono Sur.
Pero el Cóndor tenía también escuadrones de la muerte, “equipos especiales de los países miembros cuya misión consistía en viajar a cualquier parte del mundo, inclusive a países no miembros, para ejecutar sanciones, entre ellas el asesinato, a los enemigos del Cóndor”. Lo terrorífico es que el informe explicaba así mismo que los verdugos latinoamericanos del Plan Cóndor recibían apoyo de criminales de guerra nazis.
“Antiguos oficiales de la Gestapo y las SS”, escribía, “les han enseñado técnicas de tortura e incluso participan en su aplicación”.
En aquel entonces, la idea de una alianza forjada entre los regímenes militares de derecha de América Latina, con el objetivo expreso de asesinar comunistas en sus respectivos países, sonaba a teoría de la conspiración, mientras que lo de los criminales de guerra nazis parecía algo casi fantástico, surgido de la imaginación febril de los guionistas de Hollywood. Pero todo era cierto, y a principios de los ochenta, cuando empezaron a disminuir los asesinatos del Plan Cóndor, la operación se había cobrado ya unas 60.000 vidas.
Los años setenta fueron una época perturbadora en América Latina. Gran parte de la región estaba gobernada por una sucesión de regímenes militares de derecha, y constituía un puerto seguro para fugitivos internacionales de todo tipo, así como un reducto de filosofías repudiadas hacía mucho en otros lugares.
Solo habían transcurrido tres décadas desde el final de la Segunda Guerra Mundial y muchos ex nazis habían encontrado refugio en la región. Había colonias de emigrantes alemanes exclusivistas en los países del Cono Sur y una red de personas, entre las que se contaban funcionarios del gobierno, que todavía comulgaba con los ideales del Tercer Reich.
En 1960, un equipo del Mossad localizó y secuestró a Adolf Eichmann en Argentina. Lo llevaron ilegalmente a Israel, donde fue juzgado y condenado a la horca, pero otros criminales de guerra siguen en libertad.
Uno de los peores monstruos de la historia, Josef Mengele, “el ángel de la muerte”, vivió feliz y en el anonimato en Brasil hasta su muerte en 1979 a causa de un accidente de natación.
En 1983, el infame oficial de la Gestapo, Klaus Barbie, también conocido como “el carnicero de Lyon”, que había vivido en Bolivia durante años sin ocultarse, fue arrestado y extraditado a Francia por órdenes de un presidente reformista.
Anteriormente, Barbie había trabajado como asesor de la policía secreta boliviana y, por tanto, gozado de la protección de toda una serie de dictadores militares de ultraderecha (en 1977, durante un viaje que hice a La Paz, un veterano conocedor de Bolivia me llevó al Café La Paz, al que Barbie acudía a diario, y me lo señaló.)
En 1984, Walter Rauff murió en libertad, en el vecino Chile, a causa de una enfermedad. Como oficial de las SS, Rauff supervisó la producción y utilización de camiones de gas móviles en los que habían sido asesinados al menos a 100.000 judíos, entre otros, en las zonas ocupadas por los nazis en la Unión Soviética y Polonia. Rauff nunca tuvo remordimientos por sus actos y tampoco hizo ningún esfuerzo por ocultar su identidad.
Había otros como él, por supuesto, muchos otros. El hecho de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de ellos pudiese continuar su vida en América Latina sin miedo o castigo da fe del tipo de entornos políticos que allí encontraron.
Esos entornos, en concomitancia con las desigualdades sociales y económicas, hicieron de gran parte del hemisferio un caldo de cultivo a partir de los años sesenta. El éxito de la revolución de Fidel Castro en 1959 en Cuba inspiró a toda una generación de jóvenes latinoamericanos a seguir su ejemplo y a tomar el poder en sus propios países. Con la ayuda de Cuba, los radicales políticos de izquierda de la región, desde Nicaragua hasta Bolivia, empezaron a llevar a cabo sus propias revueltas armadas.
Estados Unidos, la superpotencia regional, respondió a aquellas amenazas con una lógica de guerra fría, incluso más amoral a partir de la entrada en escena de Fidel Castro y de Ernesto “el Che” Guevara.
Temeroso de “otra Cuba”, especialmente después de la Crisis de los Misiles de 1962, el gobierno de Estados Unidos luchó para aislar a Cuba y dio apoyo a prácticamente cualquier régimen que abrazase principios anticomunistas.
En términos prácticos, esto supuso a menudo la ayuda y la complicidad con los déspotas más asesinos.
De manera perversa, algunos de ellos abrazaron ideologías políticas que se acercaban más a las de los fascistas que Estados Unidos había luchado por derrotar durante la Segunda Guerra Mundial que a los principios democráticos que esta nación decía defender.
Al aumentar la represión política en América Latina, el Estado de derecho se perdió en favor de los intereses del momento. En un país tras otro, la inteligencia militar y las unidades de policía especiales crearon discretamente escuadrones de la muerte para barrer a la izquierda y a sus simpatizantes.
Los sospechosos eran detenidos, torturados y a menudo asesinados; sus cuerpos abandonados en lugares públicos para que sirviesen de advertencia a otros, o bien, a fin de crear otro tipo de terror existencial, se les “hacía desaparecer”. Las políticas antiterroristas escalaron de forma sostenida, especialmente en lugares en los que las guerrillas habían tratado de iniciar rebeliones armadas al estilo de la cubana.
No obstante, fue con el espectacularmente violento golpe de Estado en Chile, contra el gobierno electo del presidente Salvador Allende, cuando se acabaron los miramientos en todo el hemisferio y el Cóndor empezó a mostrar sus garras.
Resultaba evidente que el nuevo hombre fuerte de Chile, el general Augusto Pinochet, no solo había recibido la bendición política del gobierno de Estados Unidos, sino también su apoyo encubierto.
Con esta señal, los regímenes emparentados del Cono Sur se apresuraron a seguir el ejemplo chileno. En un plazo de dos años, los jefes de la inteligencia militar de Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Brasil se reunían para coordinar sus acciones bajo el mando del verdugo número uno de Pinochet, el coronel Manuel Contreras, jefe de la Dina (Dirección de Inteligencia Nacional). Durante esa reunión, celebrada en noviembre de 1975, nació el Plan Cóndor.
Cinco días más tarde, el 21 de septiembre, estallaba en Washington D.C. un coche bomba, matando al exiliado diplomático chileno Orlando Letelier y a su secretaria estadounidense Ronnie Moffitt.
El ataque había sido organizado por el jefe de inteligencia del ejército chileno y padrino del Cóndor, Manuel Contreras; sus operativos incluían a agentes chilenos y cubano-estadounidenses vinculados con anteriores misiones anticastristas de la CIA.
Dos semanas más tarde, el 6 de octubre, un avión de la compañía Cubana de Aviación que volaba de Barbados a Jamaica explotó en pleno vuelo, matando a los 78 pasajeros y tripulantes que llevaba a bordo, entre los que se contaban los 24 miembros del equipo nacional cubano de esgrima.
La operación, la primera bomba terrorista que estallaba en una aeronave en el hemisferio occidental, fue organizada y llevada a cabo por varios exiliados cubano-estadounidenses y agentes de inteligencia venezolanos vinculados con la CIA, y muchos creen que fue una operación asociada al Plan Cóndor.
En marzo de 1983 conocí a un hombre en Honduras, al que me dio por llamar “el Lobo”. Había pertenecido a un escuadrón de la muerte anticomunista en ese país.
Me explicó que su grupo se reunía e intercambiaba información con grupos de la misma ideología de toda América Latina y que operaban bajo el amparo de una organización llamada CAL, sigla de Confederación Anticomunista Latinoamericana.
Al investigar el tema confirmé que la CAL, a su vez, era la rama latinoamericana de otra organización, la WACL, sigla de World Anti-Communist League (Liga Anticomunista Mundial), un lugar de encuentro internacional para ultraderechistas, fascistas y ex nazis de todo el mundo.
Floreció durante la guerra fría y su red proporcionaba al Plan Cóndor una coartada conveniente de cara al público.
En 1977, la CAL celebró su reunión anual en Asunción, a la que asistieron los diferentes líderes del Plan Cóndor, y en ella se adoptó una resolución para una cooperación transfronteriza en América Latina con el objetivo de controlar la actividad de “monjas y sacerdotes subversivos” e intercambiar información sobre ellos.
Algunos de los verdugos de Pinochet, incluido Contreras, fueron juzgados y sentenciados a penas de prisión por sus crímenes, pero el propio dictador negó su culpa hasta la tumba. No obstante, poco después de haber abandonado su último puesto oficial como jefe del ejército chileno, en 1998, tuve la oportunidad de entrevistarle en varias ocasiones y descubrí que temía el castigo por sus actos.
En nuestro último encuentro, en referencia a las acciones de un juez que empezaba a abrir causas en su contra, en nombre de algunas de sus víctimas, Pinochet gritó abruptamente: “Quiero que acaben esos juicios”, mientras daba un puñetazo en la mesa a la que nos sentábamos. “Quiero que acaben”.
Por supuesto, la mayor parte de las víctimas del Cóndor fueron asesinadas discretamente, solas o de dos en dos, sin bombo, y sus cuerpos fueron enterrados sin dejar rastro, o se los hizo desaparecer para siempre.
Con el apaciguamiento de la guerra fría, el legado de la mayoría de las víctimas quedó en el limbo mientras muchos regímenes y sus oponentes optaban por amnistías del tipo “mirar a otro lado” para poner fin a sus conflictos. En su gran mayoría, los asesinos quedaron libres, y sus crímenes impunes, igual que algunos de los ex nazis que, en ocasiones, los habían apadrinado o se habían convertido en sus modelos.
Es la cualidad de “olvidado” de este episodio la que el magnífico e inquietante libro de João Pina trata de evocar.
En las fotografías de familiares, lugares de ejecución y cámaras de tortura, o en los emplazamientos en los que fueron vistos los desaparecidos por última vez (en los rostros llenos de emoción de sus madres, padres, hijos y amantes), Pina compone un sentido epitafio para esas personas, cuyas vidas fueron borradas en secreto, cuyos cuerpos se hicieron desaparecer y, en ocasiones, cuya misma existencia fue puesta en duda.
También encontramos a algunos de los asesinos del Cóndor, hombres antaño poderosos que miran fijamente a sus manos, o al suelo, en vez de mirar al fotógrafo. Otros ocultan sus rostros para no ser vistos, pero es el suyo un propósito vano, puesto que los crímenes que alguna vez trataron de ocultar los conoce hoy todo el mundo, del mismo modo que se conoce su identidad de torturadores y asesinos.
En estas imágenes uno siente la victoria definitiva del concepto de memoria histórica, que es no obstante una victoria pírrica, ya que nada devolverá la vida a aquellos que la perdieron.
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Jon Lee Anderson
California, 1957
Escritor y periodista
Especializado en zonas de conflicto.
Trabaja como escritor de planta en The New Yorker.

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Fotografías del libro “Cóndor”
© João Pina

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